Opinión La Tercera , sábado 14 de julio de 2007.

Desincentivando nuestro servicio público

Leonidas Montes |

John Maynard Keynes, recién graduado de Cambridge, fue sometido durante tres intensas semanas a los rigurosos exámenes para postular al servicio civil. Le interesaba una posición en el Treasury (equivalente a Hacienda). Sacó el segundo puntaje más alto. Pero un alumno de Oxford obtuvo el puntaje máximo y eligió ese puesto. Keynes tuvo que conformarse con iniciar su carrera pública en la oficina de la India.

En Francia los concursos para la alta dirección pública son muy exigentes. Y pese a los cambios que ha traído Sarkozy, la influencia de los énarques -esa elite de la Escuela Nacional de Administración (ENA)- sigue siendo importante. De sus graduados, sólo los mejores acceden al sector público. En nuestro país, en cambio, ocurre lo contrario.

Veamos algunas cifras. Entre 2000 y 2006, 162 funcionarios públicos recibieron la Beca Presidente de la República para seguir estudios de posgrado en el extranjero. Esta camada representa a la joven elite de nuestro sector público. Casi la mitad de los becados fueron a universidades españolas. Del total, 27 becados (16,6%) accedieron a una de las universidades top 50 y sólo nueve becados (5,5%) fueron a una universidad top 10. Para ponerlo en términos políticamente correctos, el sector público no está captando a los mejores.

El problema no está por el lado de la oferta, sino de la demanda. Quienes estamos en el mundo académico vemos cómo cada año se gradúan cientos de jóvenes bien capacitados. Pero muchos no optan por el sector público. Y no es por falta de interés, ni compromiso con lo público. Existen otros factores.

Imagínese a un joven egresado de ingeniería en transporte, ¿qué incentivo tiene para trabajar, por ejemplo, en Ferrocarriles de Chile? Olvidando el desastre actual, sus perspectivas futuras no parecen alentadoras. El presidente de EFE y la mayoría de sus directores y gerentes son elegidos a dedo. Una situación similar se repite en muchas de nuestras empresas públicas. Y por si fuera poco, el que administra el holding de las empresas públicas es un médico cirujano. Tiene bastante experiencia en política, pero poca experiencia en gestión.

Y si un joven tiene vocación por la educación pública, después de revisar el Estatuto Docente se da cuenta que se premian los años de servicio, no su potencial buena gestión.

Otro gran tema son las remuneraciones. Nuestros funcionarios públicos tienen sueldos similares al sector privado, pero muchos son inamovibles. Esto no estimula la competencia. Y me refiero a la competencia en los dos sentidos de la palabra. Este fenómeno no es casual. La Concertación ha cedido a las presiones de la Anef, de los empleados municipales y del Colegio de Profesores. Estos poderosos gremios han capturado al Estado.

Sin embargo, las remuneraciones de alta dirección pública son mucho más bajas que en el sector privado. Pero como estamos en un país donde el lucro esmalo, un buen gestor en el sector público no puede ganar mucho.

Y como lo público no atrae a los mejores, no debe sorprendernos la creciente cantidad de asesorías externas que demanda el sector público. Muchos colegas conocen las bondades de este mercado, pero ¿qué refleja tanto outsourcing? Esta externalización podría ser interpretada como si los funcionarios no tuvieran tiempo o, peor aún, capacidad para hacer algunos trabajos.

Un salario máximo por debajo del salario de mercado produce incentivos perversos. Sólo recuerde los sobresueldos (aunque puede imaginarse otros incentivos). Y si recuerda las curvas de oferta y demanda, este control de precios produce escasez de buenos profesionales. Esta debería ser otra de las lecciones de EFE: you get what you pay for.

Todos estos factores no son buenos incentivos. Agréguele la falta de carisma que irradia nuestro sector público, la descoordinación generalizada entre muchas reparticiones, y estamos listos para ahuyentar a los mejores.

Mario Waissbluth ha planteado que, a nivel del Estado, hay que “entrar a picar”. Ciertamente hoy el gran problema de nuestro Estado es la gestión. ¿Necesitamos un nuevo caso Transantiago o Ferrocarriles para darnos cuenta de esto? Este es nuestro gran desafío. Y mientras no existan los incentivos apropiados para atraer a los mejores, seguiremos estancados, flotando plácidamente sobre nuestros laureles.

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