Opinión El Mercurio Jueves 15 de abril de 2021

Dilema representativo

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

Pese a la creciente fragmentación política, pareciera que los chilenos valoramos el diálogo y los acuerdos.

En medio del encierro, cuando valoramos esos escasos espacios de libertad, hay tiempo para caminar y pensar. Alguien dijo que si partimos caminando con Adam Smith (1723-1790) y Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), ahora nos encontramos de vuelta con el viejo Thomas Hobbes (1588-1679). Frente a una pandemia que no da tregua, el Leviatán se pone más ágil y creativo. Si hasta la definición de un “bien esencial” pasó a depender de un órgano responsable de la prevención del delito.

Esto no es nada nuevo. Nuestra esquiva libertad se pone en riesgo en situaciones extremas. La incertidumbre y la amenaza entre la vida y la muerte son campos fértiles para activar nuestros miedos Hobbesianos. Esto da espacio y justificación al Leviatán.

Aunque Hobbes está de vuelta, todavía tenemos mucho que aprender de las diferencias entre Smith y Rousseau. Ambos pensaron sobre la naturaleza humana y la sociedad. También marcaron lo que serían nuestras democracias representativas. Si Adam Smith fue pragmático y realista, Rousseau, en cambio, fue más ingenuo e idealista.

Rousseau saltó a la fama con su ensayo “Discurso sobre las ciencias y las artes” (1750). Con su mágica pluma, plantea que el progreso corrompe al hombre y a la sociedad. En su segundo discurso, acerca del “Origen de la desigualdad” (1755), argumenta que los problemas de la sociedad comenzaron cuando alguien dijo “esto es mío”. Nos llama a recuperar al “buen salvaje”, ese estado donde todos somos iguales y, por cierto, felices. El gran Voltaire (1694-1778) le envía una carta mordaz. Le agradece su ensayo “contra la raza humana” y agrega que “jamás se desplegó tanta inteligencia para querer convertirnos en bestias”. Confiesa que al leerlo le dieron ganas de “volver a caminar en cuatro patas”, pero que ya estaba muy viejo para eso.

Adam Smith, en cambio, anticipa el progreso que traerá el comercio. Argumenta que el interés propio —que no es egoísmo— es éticamente justificable. Como vivimos en sociedad, existe la empatía (sympathy), esa capacidad para ponernos en los zapatos de los demás, entendiendo, eso sí, las circunstancias del otro. Este ejercicio moral combina sentimientos y razón, pasiones y deliberación. En otras palabras, cabeza y corazón.

La política vive y enfrenta este dilema. Las razones se confunden con las pasiones. Y las pasiones se mueven al ritmo de lo inmediato. En períodos electorales, el buen salvaje de Rousseau sueña y el interés propio de Adam Smith hace de las suyas. Se dibujan espejismos. Se venden ilusiones. Y las mareas se mueven al ritmo de los votos. Lo preocupante es que la ciudadanía permanece alejada del mundo político. Y el mundo político, desconectado de la ciudadanía. Hay distancia y tensión entre representantes y representados.

Pese a esta crisis de representación, parece que los valores, ideas y sentimientos de los chilenos reflejan una realidad distinta. Tal vez más auspiciosa. Hay ganas de participar, de conversar, de escuchar y de llegar a acuerdos. Hay espacios para la deliberación y los consensos. De hecho, existe una serie de iniciativas que dan cuenta de esto.

Por ejemplo, el proyecto “Tenemos que Hablar de Chile”, liderado por los rectores de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica, ha encontrado un ambiente distinto al que vemos a diario. Hay ánimo de diálogo. Hay incertidumbre, pero también esperanza en el futuro. Hay una crítica al Estado, pero también una valoración de lo “político”. En fin, hay sentimientos y buenas razones tras los anhelos de participación y empatía.

Pese a la creciente fragmentación política —basta contar el número de partidos o candidatos presidenciales—, pareciera que los chilenos valoramos el diálogo y los acuerdos. Quizá el dilema no está en los representados, sino en los representantes que sueñan con Jean-Jacques Rousseau.

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