Opinión El Mercurio Jueves 26 de mayo de 2022

Don Segundo

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

Se esgrimieron múltiples razones, olvidando lo más fundamental: la violencia no tiene justificaciones.

Segundo Catril Neculqueo era padre de familia. Tenía cuatro hijos. Vivía en la comunidad mapuche Humberto Millahual, en Tirúa. Anteayer se levantó temprano para ir a trabajar junto a su hijo. No cuesta mucho imaginarlo tomando una taza de café junto a un pan caliente antes de partir. Hacía frío. El minibús los recogió como todos los días. Su trabajo tenía sentido para su tierra, para ese sano “buen vivir”. Iban a plantar bosque nativo en una ribera. Pero ese día todo cambió. Un disparo en la cabeza lo hizo caer al lado de su hijo Héctor.

Nada bueno nace a partir de la violencia, menos aún cuando nos acostumbramos a ella. La Araucanía es un buen ejemplo. Pero hay algo más. El estallido social generó una oleada de destrucción, fuego e inseguridad. Aunque hubo violencia pura y dura, se esgrimieron múltiples razones, olvidando lo más fundamental: la violencia no tiene justificaciones. Se derramaron miles de palabras buscando causas. También culpables. Si no era el Presidente Piñera, serían la élite, los empresarios, los imperialistas o incluso los conquistadores que alteraron ese “buen vivir” originario. En nombre del pueblo o de alguna causa particular, todo valía a la hora de asignar responsabilidades. Hermosas palabras como dignidad y empatía, que curiosamente han desaparecido del lenguaje cotidiano, iluminaron el debate. Y fueron muy pocos los que condenaron la violencia. Era más fácil y cómodo subirse al carro ganador, al coro de las milicias cibernéticas.

El estallido social dio origen al “Acuerdo por la Paz y una nueva Constitución”. No es casual el orden. Primero la paz y en seguida la nueva Constitución. La “casa de todos” fue también una salida institucional para recuperar la paz. Con el histórico acuerdo, la política salió al rescate promoviendo una nueva Constitución. El borrador ya está listo. Solo quedan cuarenta días para que se disuelva la Convención Constitucional. Entonces se entregará el texto final y se iniciará una polarizada campaña que nos llevará a las urnas. La gran pregunta es si el nuevo texto ayudará a recuperar la paz. Algo que, por lo visto, el proceso ya no logró.

La sociedad, entendida como la vida en común, descansa sobre la convivencia pacífica. El edificio social se construye sobre ciertos principios básicos. Ya en 1651 Thomas Hobbes adelantaba que sin leyes ni reglas la vida del hombre sería “solitaria, pobre, terrible, brutal y corta”. Por eso la necesidad de un Estado que garantice la vida en común. En definitiva, esa paz que es cada vez más esquiva. Poco después John Locke definía la sagrada trilogía de “la vida, la libertad y la propiedad privada”. Lo propio es lo que tenemos, lo que es nuestro en un sentido amplio, más allá de lo material. Nada de eso se respeta en La Araucanía. La propiedad privada es atacada e incendiada. La libertad vive bajo el miedo. Y la vida peligra.

Ya son muchas las muertes como la de Segundo Catril o la pareja Luchsinger que fue incinerada en su hogar hace ya casi diez años. La violencia no amaina. Sabemos que hay narcotráfico. Solo recuerde el macabro caso de los secuestrados y mutilados en Collipulli. Y también hay un suculento negocio con el robo de madera. Pero son muchos los atentados que día a día azotan a la ciudadanía. El narcotráfico amenaza a todo Chile. Disparos, balas locas y vistosos funerales ya son parte del paisaje. Y el Instituto Nacional vuelve a ser un campo de batalla, con escuadrones de overoles blancos y buses en llamas.

La gran preocupación es la seguridad. Basta ver las noticias llenas de asaltos, robos y vandalismo. La ley y el orden vuelven a ser el tema. Sin embargo, lo más preocupante es que el Gobierno no quiere ver esta dura y cruda realidad. Claramente el plan “buen vivir” del Ministerio del Interior no ayudó a don Segundo. También fue víctima de otro asesinato “terrible y brutal”.

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