Opinión La Segunda, 17 de septiembre de 2013

El mes de la Patria

Leonidas Montes |

Como Chile es un país bipolar, ya pasamos del 11 al 18. Del Golpe a las fondas. Y ya decantada la sana catarsis de los 40 años, conviene repensar algunos temas. Por un lado está el difícil, desordenado y políticamente caótico gobierno de Salvador Allende. Por otro, el esperado y brutal Golpe de Estado que en ese entonces contaba con amplio apoyo. Ambos eventos son consecuencia de un largo y complejo entramado político, social y económico. Estos procesos, hay que repetirlo hasta el cansancio, son lentos y graduales. Y también complejos. Los giros de la historia no siempre son sólo el fruto de un capricho de la fortuna. Como nos decía el gran Maquiavelo, la diosa fortuna puede ser “árbitro de la mitad de las acciones nuestras, pero la otra mitad, o casi, nos es dejada, incluso por ella, a nuestro control”. Y ese control político, claramente, se perdió durante el gobierno de Allende.

Hace 40 años en Chile prácticamente no había diálogo. Se escuchaban más gritos e insultos. Estábamos severamente divididos. Casi no había respeto, ni tolerancia. El país se movía entre el odio y el amor, entre la fiesta y la escasez. Chile estaba fracturado entre el sueño socialista y la desesperanza. El peso de las ideologías sometía la razón a la fuerza de las pasiones. Y ese nivel de fanatismo ideológico proyectaba su sombra: muchos estaban dispuestos a dar su vida por la causa. El discurso de la lucha de clases y la promesa de un mundo nuevo siempre han sido un hervidero de emociones desatadas. Y de intransigencia, odio y locura. En el año 1973 arreciaba el desabastecimiento, la hiperinflación alcanzaba niveles del 600% y el país estaba literalmente en la ruina. La crisis económica era de tal envergadura, que después del Golpe se hablaba, con justificadas razones, de reconstrucción nacional.

En perspectiva, Chile fue un conejillo de Indias. El prototipo de un experimento social. Muchos países desarrollados, en medio de la tensión ideológica de la guerra fría, miraban con atención este laboratorio político. El mundo observaba la evolución e imposición de un modelo que pretendía implementar el socialismo dentro de un marco institucional. No eran los tanques soviéticos que invadieron Checoslovaquia. En Chile se ensayaba una posibilidad “democrática”. Era el sueño de una nueva sociedad “por las buenas”. Pero el sueño fracasó.

Este año hemos escuchado perdones y reflexiones. No obstante, los derechos humanos siguen siendo un tema curioso en Chile. Hay que repetir hasta el cansancio que no son monopolio o patrimonio de ningún sector. Tampoco son la bandera de un partido o un grupo. Los derechos humanos son un principio moral universal que aplica, como diría Kant, siempre y en todo lugar.

En medio de nuestra catarsis colectiva se ha cuestionado moralmente la complicidad pasiva de quienes participaron en la dictadura. Pero resulta una ironía éticamente cuestionable la actitud recriminatoria de aquellos adalides que promovían el fin de la dictadura de Pinochet y el regreso a la democracia en Chile desde países como Alemania Oriental o Cuba. Acogidos por estas dictaduras socialistas, que también fueron brutales, no miran más allá de nuestras fronteras. ¿Debemos, por eso, evitar un juicio moral sobre Erich Honecker o Fidel Castro y sus cómplices?

Pareciera que las atrocidades de esas dictaduras no serían comparables a lo que sucedió en Chile. La Stasi no sería igual a la DINA. Y Fidel sólo sería el héroe senil de una revolución fallida. Claro, él dejó, aunque sea sólo en apariencia, el poder a su hermano Raúl. Ciertamente en nada se parece a Pinochet, un dictador que aceptó y acató, aunque a regañadientes, un plebiscito. Fidel Castro, al igual que esa anacrónica dictadura comunista que ya lleva tres generaciones en Corea del Norte, parece creer que Cuba es una dinastía castrista. Pero Pinochet no confundió a Chile con una dinastía. Finalmente entregó el poder, y se dio paso a la democracia. Castro sólo espera, bien atendido, el final de ese sueño que convirtió a Cuba en una isla que lleva más de 50 años sin democracia ni libertad.

Si bien cayó el Muro de Berlín, en la ética de los derechos humanos campea el doble estándar. Chile es un país bipolar. Y bastante egocéntrico. En cuestiones de derechos humanos nos miramos demasiado el ombligo. Pero finalmente volvemos a disfrutar de las empanadas y el vino tinto. Y también algo de cueca.

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