Opinión La Segunda, 1 de octubre de 2013

El peso del pasado

Leonidas Montes |

El próximo sábado se cumplirá un nuevo aniversario del histórico plebiscito de 1988. Serán 25 años desde que el 56% de los chilenos votaron a favor del “No” y el 44% quería seguir bajo Pinochet. Desde ese entonces las cosas han cambiado. Sólo basta recordar ese resultado. La figura de Pinochet, que durante muchos años mantuvo una cuota de apoyo y poder, fue decreciendo. El lento y gradual esclarecimiento y concientización del país acerca de los DD.HH., el affaire Garzón en Londres, el caso Riggs y la actitud final de Pinochet sepultaron su reputación. En cambio, la figura de Patricio Aylwin, líder y artífice del retorno a la democracia, ha ido creciendo. Si usted lo piensa, así como en Chile existe un PC anclado en el pasado, ni siquiera existe un partido pinochetista. Claramente, el país cambió.

Evidentemente, la oposición aprovechará electoralmente esta nueva celebración. Es muy rentable para la izquierda restregarle a Pinochet a la derecha. Es un deporte que disfrutan. Pero en el contexto actual, es una táctica que no necesariamente es una buena estrategia política para el país. La democracia requiere de negociaciones y acuerdos. Necesita de los check and balances de una buena oposición. Imponer una sola voluntad —tenemos una larga y triste historia en estas materias— es inconveniente y riesgoso. En definitiva, crispar más los ánimos es no pensar en el futuro cercano.

Precisamente ésta fue la crítica que algunos sectores de la derecha le han hecho a Sebastián Piñera por el cierre de la cárcel militar Cordillera y el traslado de los nueve internos a Punta Peuco. La desafortunada entrevista a Manuel Contreras —el “patrón del mal” criollo— gatilló una condena generalizada. Después de escucharlo, uno quedaba consternado y estupefacto. Y en otra ironía de nuestra historia, el protagonismo de quien fuera la causa para el acuerdo político que permitió abrir el penal Cordillera terminó por cerrarlo. Realmente, es difícil especular lo que pasaba por su mente cuando accedió a dar esa entrevista.

En todo caso no sabemos si el Presidente Piñera reaccionó ante una oportunidad o era algo que venía masticando. Pero lo cierto es que, al desvincular a la centroderecha de Pinochet, políticamente está sembrando. Aunque claramente no ayuda a la candidata oficialista, a largo plazo parece necesario. Los gestos simbólicos en política pueden adquirir formas o resultados insospechados.

Inmediatamente vino el lamentable suicidio de Odlanier Mena. Su historia refleja la complejidad de la vida, sus circunstancias y nuestra historia reciente. Cuando en 1975 Pinochet nombra al coronel Contreras como su superior, el general Mena renuncia al ejército. Se fue como embajador en Panamá. Después del asesinato de Letelier, Pinochet disolvió la DINA y creó la CNI bajo el mando de Contreras. Las presiones obligaron a que el retirado Mena reemplazara a Contreras en la dirección de este nuevo organismo. En sus propias palabras, había heredado “cuatreros, ladrones y asesinos”. Una eximia columna de Ascanio Cavallo resume la trágica historia de este militar que, enfrentando su último dilema, se convirtió en otro mártir de nuestra accidentada bipolaridad histórica. Y del ejército.

Seguimos presos de lo peor. Y a juzgar por las reacciones de algunas personas vinculadas a los DD.HH. ante la tragedia del general Mena, pareciera que no hay ni perdón ni piedad. Sólo una frialdad férrea. Y aunque las atrocidades de los DD.HH. no son comparables, tampoco deben nublarnos la razón. Con todo lo que se logró construir sobre la base de las grandes reformas que se implementaron durante Pinochet, ¿llegará el día en que también reconozcamos lo valioso de la dictadura? Olvidar o desconocer lo positivo es miope. Negarlo es aún peor. Nos gusten o no nos gusten los Chicago Boys y muchos otros que colaboraron en lo público, lo cierto es que Chile también le debe mucho a ese período. No en vano la Concertación continuó y mejoró esas políticas económicas.

Quizá tenga que morir esa generación que quedó marcada a fuego por lo que fue esa fractura política y social que nosotros ni siquiera podemos imaginar. Un momento de nuestra historia donde los sueños y las pasiones de la revolución y del hombre nuevo nos llevaron del caos a la brutalidad. Pero si insistentemente recordamos lo peor, también debemos reconocer lo mejor. Si los DD.HH. fueron la cara oscura de la dictadura, lo positivo es la prosperidad que hoy disfrutamos.

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