Opinión Diario Financiero , martes 20 de marzo de 2007.

¿Empresas públicas independientes?

Leonidas Montes |

Existe una famosa anécdota de una conversación entre Margaret Thatcher y Mijail Gorbachov. Este último estaba exhausto. Se quejaba por la cantidad de trabajo que tenía como presidente de la Unión Soviética. Margaret Thatcher, como tuna, le dijo que lo compadecía. Ella no tenía tanto trabajo. Le confesó que después de privatizar tenía menos cosas de las que preocuparse. En cambio el pobre Gorbachov estaba abrumado: no sólo sufría con los problemas políticos, sino que debía administrar grandes empresas públicas. La Dama de Hierro, implacable, le dijo que era su culpa. Simple: si las privatizaba, tendría mucho menos trabajo y preocupaciones. Por si fuera poco, le argumentó, a estas empresas les iría mucho mejor. Imagínese, continuó, ¡no tendrían pérdidas! La razón es simple: los privados saben administrar y gestionar mejor los negocios.

El Estado, y esto ya no es una cuestión ideológica, sino de sentido común, no siempre es eficiente en temas de gestión. Pero como en Chile fuimos pioneros en el tema de privatizaciones, parece que hoy hablar del tema es blasfemia. Muchas de nuestras empresas públicas, como Ferrocarriles, siguen acumulando pérdidas. Los chilenos seguimos financiándolas. Nuestra estrella estatal Codelco sigue brillando. Pero con sus costos crecientes, esta fiesta seguirá sólo mientras el precio del cobre esté en las nubes. La exitosa experiencia de Vale do Rio Doce y su privatización en 1997, no es un ejemplo para Chile. Nosotros ya fuimos pioneros. Los suizos de Latinoamérica vamos de vuelta, los brasileros vienen recién partiendo. No comparemos, por favor. Ni la exitosa experiencia de Aguas Andinas, administrada eficientemente por privados con una importante participación del estado, parece ser un buen argumento.

Ya que no se puede mencionar la palabra privatización, al menos hablemos de accountability. A algunos funcionarios públicos les cuesta entender la sencilla ecuación transparencia más fiscalización pública igual a mejor gestión. Esto se parece al caso de Thatcher. Para que no trabajen tanto los directores de nuestras empresas públicas, está la opinión pública para velar por la administración y gestión de las empresas de todos los chilenos. ¡Y esto es gratis! Abran las ventanas de las empresas públicas y en trará la luz en este feudo que se ha mantenido cerrado. Afortunadamente hoy existen aires de apertura.

Una de las recientes iniciativas del ministro Velasco es un proyecto de ley sobre gobiernos corporativos de empresas estatales que incluya directores independientes. Esto es un reconocimiento implícito de que en las empresas de todos los chilenos ha primado lo político por sobre el mérito. Hay que celebrar esta inicivativa, ya que reme morando la inolvidable descripción del Felipe Lamarca, a la gran familia de la Concertación también le cuesta soltar la teta.

Hace un par de semanas el presidente del Sistema de Empresas Públicas (SEP), doctor Patricio Rojas, se adelantó declarando la necesidad de nombrar directores independientes para el grupo de empresas públicas asociadas a este organismo. Es evidente que en la asignación de dichos cargos han primado criterios políticos. Pero en este aparente caso de apertura, existen dudas que aclarar.

Las declaraciones de Patricio Rojas, ex ministro de Defensa del Presidente Aylwin, quien está ahí por razones políticas, me sorprendieron. En su propuesta el SEP seguiría eligiendo a los directores, pero ahora serían independientes. El doctor Rojas fue enfático en declarar que no sería el consejo de Alta Dirección Pública, si no el propio SEP quien tiene esta facultad. Pero como buen economista, escéptico y desconfiado, la pregunta obvia es ¿quién, y por qué razón, elige al presidente y a los miembros del SEP que finalmente administran un grupo importante de nuestras empresas públicas? Dado que el SEP es político, sin aclarar esta pregunta sólo estaríamos aceptando que siga siendo político.

Nuestro presidente del SEP me recordó a Fabrizio, ese notable Príncipe de Salina que en el Gatopardo declara que ‘es necesario que todo cambie para que todo permanezca igual’.

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