Opinión La Segunda, 17 de julio de 2012

En busca del sentido republicano

Leonidas Montes |

Un concepto muy importante en la tradición republicana clásica es la idea de corrupción. Este término, que los humanistas clásicos tomaron de los antiguos romanos, se refería al hecho de que una persona antepusiera sus intereses privados por sobre los públicos. Para un destacado republicano, como Maquiavelo, la idea de corruzione tenía este amplio sentido. De hecho, el gran Maquiavelo, desterrado y alejado del servicio público, incluso llegó a decir que estaría dispuesto a dar su alma por su patria. En otras palabras, no sólo daría su vida por su querida Florencia, sino que también estaría dispuesto a entregar su alma por regresar al servicio público. Este glorioso concepto republicano de corrupción se mantuvo, pero gradualmente se fue restringiendo a lo material, ya sea a la coima, la estafa o el aprovechamiento económico a costa del Estado. Así, poco a poco nos fuimos olvidando del sentido republicano que alguna vez tuvo la corrupción en la historia política de occidente.

Andrés Velasco hizo un valiente llamado a erradicar las malas prácticas y el clientelismo de la política. Al margen de que apuntó a un brillante felino de nuestra fauna política que tiene siete vidas —ojo, que aún le quedan varias—, su llamado es esencialmente republicano. No se refirió a coimas ni robos, sino simplemente a aquellos que olvidan la dignidad de lo público, priorizando el interés personal por sobre el interés público. O sea, la corrupción.

Pero la corrupción también es un asunto moral. Al final, todo es tan simple —y a la vez tan complejo— como distinguir lo correcto de lo incorrecto. Por eso, cuando presenciamos los funerales de un radical republicano como Enrique Silva Cimma, o recordamos a figuras emblemáticas de la DC, como el Presidente Patricio Aylwin, Edgardo Boeninger o Alejandro Foxley, sólo podemos rememorar con cierta nostalgia ese perdido sentido republicano. Como protagonistas de la transición a la democracia, ellos no mantuvieron el poder ni lo aprovecharon, pero sí alcanzaron la gloria. Estos hombres sencillos —vale la pena recordarlo— promovieron el cambio con dignidad republicana. Y también con un sentido moral ajeno a la corrupción.

En la épica y larga cruzada democrática de la Concertación, no todos pueden decir lo mismo. Pero, para no pecar de mezquinos, también debemos sumar al Presidente Eduardo Frei —muchas veces, contra viento y marea, supo hacer lo correcto— o el pasado glorioso del PPD, con nuestro republicano Presidente Lagos. Y aunque ella hoy se debate entre la gloria republicana y la ansiedad del poder, no olvidemos a la bien intencionada Michelle Bachelet, quien, al iniciar el último período de la Concertación, hizo un infructuoso llamado a no repetirse el plato.

Después de tanta nostalgia republicana, terminemos con una nota positiva. Durante estos 26 meses de gobierno hemos olvidado lo que realmente significaba la alternancia en el poder. Una de las promesas del cambio era erradicar las malas prácticas. Y se ha cumplido. En efecto, en este período se ha hecho un trabajo discreto y silencioso para eliminar una serie de malas prácticas que, natural e inevitablemente, se fueron enquistando durante los 20 años de poder de la Concertación. En distintas instituciones y reparticiones públicas se ha vuelto a poner por delante el sentido de lo público. Ya no somos testigos de asesorías truchas, de honorarios inmerecidos o de tanto gato de campo acechando la teta del Estado. En general, debemos reconocer que el uso y abuso del Estado como botín de un sector ha disminuido. Es algo de lo cual este gobierno no se puede jactar —sería políticamente incorrecto—, pero de lo cual debe sentirse orgulloso.

Así, Andrés Velasco también nos recordó que durante este gobierno, por lo menos a nivel del Estado, hemos recuperado cierto sentido republicano.

La política moderna se mueve en esa frágil línea entre el interés propio y el interés público. El mismo Maquiavelo nos decía que, para estar en la política, había que aprender a ser «no bueno». Y si bien en muchos casos a partir del interés propio se logra el beneficio público —sólo recuerde el sentido de la famosa mano invisible—, en otros algunos iluminados inspirados por el interés público han perpetrado terribles males. Por esto último, no debemos olvidar el sabio dicho popular: “El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”.

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