Opinión El Mercurio Jueves 4 de marzo de 2021

Enigmas de la violencia

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

¿No habrá llegado el momento de enfrentar con empatía y sentido republicano el drama de la violencia? ¿No será el momento de decir basta ya?

Tres muertes, similares y distintas a la vez, remecieron al país. Tomasito, un niño de tres años, desapareció. El país estuvo en vilo siguiendo la larga búsqueda. Su cuerpo sin vida fue encontrado este viernes. Todavía no sabemos lo que sucedió. Tampoco cómo pasó. Continuamos intrigados, absorbidos por la duda. En definitiva, la búsqueda continúa.

Tamara, una hermosa niña de 5 años, volvía a su hogar en la comuna de Huechuraba. Conducía su madre. Tras una encerrona, y pese a las súplicas de la madre mientras entregaba su auto a los delincuentes, a la niña le dispararon. Murió baleada. Sus ojos azules, su mirada estelar, ya no están. Casi al mismo tiempo, en la comuna de Maipú, Itan, un niño de seis años, volvía a casa con su familia. Habían visitado a su abuela. Pero en medio de una persecución, se le cruzó una bala. Su sonrisa y su alegría desaparecieron. El domingo en la noche, Tamara e Itan cerraron los ojos para siempre. No hubo necesidad de buscarlos. Fue pura y simple violencia.

En el caso de Tomasito, la atención parece centrarse en la incertidumbre, en la búsqueda de explicaciones. El enigma que rodea esta tragedia captura nuestra atención. En cambio, lo que pasó con Itan y Tamara fue distinto. Sabemos y vimos todo lo que pasó. Fue todo rápido y real. La certeza no dio espacio para dudas o especulaciones. Simplemente murieron víctimas de la delincuencia.

Y para qué hablar de la violencia en La Araucanía, donde la destrucción, los incendios y las balas están a la orden del día. Ya olvidamos que hace ocho años una indefensa pareja de ancianos —Werner Luchsinger y Vivianne Mackay— murieron calcinados. Todos fuimos testigos. Lo vimos. Y seguimos viendo casos similares. En efecto, muchos chilenos son y han sido víctimas del terror, del fuego y del crimen en esa región donde el Estado de Derecho es una grieta.

La violencia se ha convertido en algo habitual en la Araucanía. Tal vez por eso hablamos de “violencia rural”, como si fuera solo una amenaza arraigada y fugaz que queremos alejar de nuestra propia realidad. Lo cierto es que la violencia es una. Sin apellidos. Sea donde sea. Y venga de donde venga.

La pregunta de fondo es ¿qué nos está pasando? Parece que nos hemos ido acostumbrando a la violencia y a la delincuencia. Ya no nos impresiona. A ratos la ignoramos. Tampoco nos conmueve tanto. Es solo otra noticia. Algunas imágenes nos impactan, pero no dejan huellas. Es una amenaza latente y frecuente que está ahí, afuera. Es el miedo que nos acecha, pero ya no sorprende. Es el temor que se siente, pero enciende alarmas cada vez más tenues. Vemos, sentimos e imaginamos la violencia. Pero todo sigue igual. Tan cerca, pero también tan lejos.

Lo cierto es que la violencia realmente golpea cuando se vive. Solo podemos imaginar la violación, el desgarro y la pérdida que sufren las víctimas. La empatía, la capacidad de ponerse en la situación del otro, tiene sus límites. La dura y cruda realidad es muy distinta en carne propia. ¿No habrá llegado el momento de enfrentar con empatía y sentido republicano el drama de la violencia? ¿No será el momento de decir basta ya?

Hace ya mucho tiempo la seguridad es una prioridad para los chilenos. Pero seguimos dormidos, contemplando e ignorando una realidad ineludible: no hay libertad sin ley, tampoco sociedad donde hay violencia.

Recordando al gran Esquilo, fueron Bía y Kratos los que enceguecieron y encadenaron a Prometeo. El poder (Kratos) y la violencia (Bía), para bien y para mal, han estado desde los orígenes en la naturaleza humana. Es tarea y deber de los tres poderes del Estado —Ejecutivo, Judicial y Legislativo— enfrentar la violencia y la delincuencia, ese coro trágico que avanza lenta e implacablemente. Llegó la hora de despertar a nuestro Leviatán.

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