Opinión La Segunda, 26 de noviembre de 2013

La borrachera contra el poder

Leonidas Montes |

El aire está enrarecido en Chile. Algunos se aventuran a pregonar el fin del modelo. Estaríamos en un país que ha traspasado sus propios límites, claman los más entusiasmados. Bachelet sería sólo un analgésico frente a las fuerzas latentes de un río que se desborda. La Asamblea Constituyente ya es un candidato (vote AC). La educación gratuita universal sería casi un hecho. La reforma tributaria es un llamado a distribuir. El simbólico “por las buenas o por las malas” enciende las luces de alerta. Cunde el desconcierto ante un fantasma de incertidumbre. Anarquistas, comunistas e idealistas esparcen sus sueños adornados por un discurso bien preparado. Muchos caen sedados ante los sofismas de un mundo mejor. Estamos inundados de atractivas figuras y lindas palabras. La retórica, hay que reconocerlo, es efectiva. En este paraíso de los eslóganes, ya cayó el lucro. Y en esta nueva cultura de los relatos —o de los antirrelatos— esa demonizada palabra convirtió la ganancia en abuso. Y la riqueza comienza a dar espacio al odio. Todo esto, reclaman, sería culpa de la brutal desigualdad. De los mismos de siempre: los que ostentan el poder.

Los vendedores de sueños quieren convertirse en dueños de la verdad. Las grandes alamedas —esa avenida de románticas palabras y rancias ideas— encantan y seducen. La narrativa sesentera parece ser más importante que la opinión de los economistas, esos tecnócratas que nos condujeron a esta realidad insostenible. El Banco Central —el más emblemático y simbólico bastión de nuestra institucionalidad— tampoco se escapa. Algunos miembros del comando de Bachelet ya cuestionan su autonomía e independencia. Se preguntan si no habrá espacio legal para articular acusaciones constitucionales contras los consejeros. Así los hombres nuevos, soñando con una sociedad más justa, avanzan para horadar nuestra institucionalidad. Borremos con un codo lo que Chile ha construido con tanto esfuerzo.

Aunque Alicia vive feliz, sueña con el país de las maravillas. No importa lo que tenemos o lo que hemos logrado. Sólo parece importar lo que podríamos tener o lo que podríamos lograr. Los sueños, las emociones y el discurso crítico parecen empinarse por sobre lo razonable. En este Chile que cuestiona al modelo, a las élites, a los ricos, a la iglesia, a la política, al mercado, todo parece ser desconfianza. El rico es rico porque abusa. El político se aprovecha y se reelige. El cura es pedófilo. Ya nadie quiere ser llamado empresario. Ahora hay que definirse como emprendedor. Los empresarios lucran y abusan. Los emprendedores, en cambio, deben luchar contras las fuerzas del poder. Y en este ambiente, el poder de los ricos y poderosos es cuestionado y vilipendiado.

Parisi realizó una campaña atacando a los poderosos. Partió contra los Luksic. Canal 13 y Antofagasta Minerals eran sus favoritos. Afortunadamente, su cuestionada aventura fracasó. Pero se preocupó de atacar a los ricos como si fueran los responsables de nuestras cuitas. Y la verdad es que los grandes grupos económicos hacen mucho más de lo que se sabe por el país. ¿No están acaso los Matte detrás de las escuelas que dan educación a cerca de 20.000 alumnos? (el mismo senador Navarro, leí por ahí, se educó en una escuela de la SIP). ¿No están los Luksic detrás de una serie de becas y convenios con las mejores universidades del mundo? ¿No está el Grupo Angelini muy involucrado con la innovación? ¿No es el Teatro del Lago en Frutillar —un proyecto maravilloso— fruto de la generosidad y entrega de la familia Schiess? ¿No son muchos más los ricos de este país que contribuyen de manera discreta y silenciosa a una serie de iniciativas que no conocemos? Pero todo esto parece ser motivo de suspicacia, burla o incluso odio. Y esto último —esa odiosidad soterrada cuyas consecuencias ya conocemos— es preocupante. En definitiva, sembrar el odio y la sorna no es la mejor estrategia para promover la filantropía.

Existe en Chile una cultura filantrópica de bajo perfil. Personalmente soy de los que admiran ese compromiso bien intencionado y sin aspavientos. Otros, legítimamente, preferirían que toda ayuda se hiciera con jarana y publicidad.