Opinión OPINIÓN / El Mercurio Jueves 5 de marzo de 2020

La civilidad perdida

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

Vivimos una espiral peligrosa, donde a ratos lo social se confunde con lo delictual y la tolerancia se convierte en indiferencia.

Aristóteles comienza su “Ética a Nicómaco” afirmando que cada persona persigue la eudaimonía, lo que generalmente se traduce como felicidad. La ética se refiere al individuo, pero está muy relacionada con la política, con la polis (ciudad), con los demás. Según Aristóteles, el bien de una persona es deseable, pero lo realmente importante es el bien de la ciudad. Y la “civilidad” es el cemento que une el círculo virtuoso entre el ciudadano y la sociedad. El hombre es un zoon politikón, un animal social. Es la vida social la que nos enseña a ser buenos y virtuosos. Y si hay virtudes que son personales, también existen las virtudes cívicas y ciertas normas de convivencia que nos permiten tener una vida mejor. Un simple buenos días, una mirada alegre, dar las gracias mirando a los ojos o permitir que el otro pase, son palabras y gestos de civilidad que nos ayudan a ser más felices. Hace ya tiempo vivimos, qué duda cabe, una escasez de este tipo de actitudes.

Cada uno puede buscar su propia felicidad, pero sin olvidar que somos parte de una comunidad. No estamos solos. Tampoco somos individuos aislados ni átomos dispersos. Lo que hacemos, como personas libres, puede afectar a otros. Y este principio tan básico, que es el fundamento moral del liberalismo clásico, se ha diluido. Parece que la idea de que nuestra libertad termina donde comienza la del otro ya no existe, que la virtud cívica es solo un recuerdo del pasado distante y que los deberes son responsabilidad de otros, nunca de uno.

Los griegos tenían un elevado concepto del ciudadano. Tanto es así que todos los demás eran bárbaros, extranjeros que balbuceaban. Y los que no eran ciudadanos eran “idiotas” que no participaban de lo público. El sentido de lo cívico, de la convivencia y la participación dentro de las leyes y normas de buen comportamiento social, era fundamental para la vida en comunidad. Lo público estaba muy por sobre lo privado. Esa hermosa tradición, que se recupera con el humanismo cívico y el republicanismo clásico que sienta las bases del liberalismo clásico, parece hoy lejana. La deliberación es amenazada por la funa. Y la palabra, por la descalificación y la inquisición de las redes sociales. Incluso la barbaridad pretende tomarse la ciudad. Duele ver en lo que se ha convertido Plaza Italia, el punto neurálgico de nuestra capital.

Si para Aristóteles y toda la tradición política moderna lo público es lo más importante y la ética es solo un paso necesario para alcanzar la buena política, la justicia y las leyes son los cimientos de la sociedad. Después del estallido, las leyes tampoco se respetan. En su “Política”, Aristóteles nos dice que “el hombre es el mejor de los animales cuando alcanza su desarrollo, pero también es el peor de ellos cuando se aleja de las leyes y la justicia”. Vivimos una espiral peligrosa, donde a ratos lo social se confunde con lo delictual y la tolerancia se convierte en indiferencia.

Muchas demandas se expresan con daño a los demás. Si está en contra de la prueba de ingreso a la universidad, hay que impedir que los demás la hagan. Si hay problemas con el agua en un balneario, hay que salir a protestar a la carretera e impedir el tránsito de otros veraneantes. Si no le gusta pagar el peaje, hay que aferrarse a la bocina hasta ensordecer a las cajeras y al vecino. En Chile no vivimos el individualismo posesivo, sino un individualismo solipsista que nos ha llevado a confundir derechos con anhelos y deseos personales. En definitiva, a imaginar lo propio desde un altar que mira a los demás de reojo.

Hoy dormimos con el zumbido de los helicópteros y la imagen de las llamas. Y nos levantamos añorando esa civilidad perdida.

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