Opinión La Segunda, 12 de noviembre de 2013

La fiesta de los votos

Leonidas Montes |

El domingo es la fiesta electoral. Ese día, todos somos iguales. En un país que ha privilegiado y abusado del discurso de la desigualdad, es sano volver a ese espíritu liberal donde todos somos iguales ante ley y la República.

La historia política occidental ha sido una historia de diferencias y desigualdades. Marx percibió esta dialéctica histórica y predijo un promisorio desenlace que nunca ocurrió. O simplemente fracasó. En pleno Renacimiento, con el auge y desarrollo del comercio, incluso los vasallos dejaron de ser vasallos. Y en ese largo camino de progreso económico y social, la inclinación humana por la libertad fue derivando en derechos y deberes ciudadanos. El Leviatán de Hobbes es quizá la mejor expresión de este fenómeno político. La democracia representativa y constitucional de la cual hoy gozamos, vale la pena recordarlo, tuvo un largo y tortuoso camino.

En términos de la historia de las ideas, el voto es un gran logro del pensamiento político. Promueve la democracia. Y ésta, bien administrada, asegura la libertad. En esta fiesta cívica donde todos elegimos, todos valemos lo mismo. Durante las elecciones, el pobre es igual al rico, el ignorante al más culto, y el más insignificante al más poderoso. Esa es la belleza de este acto cívico que nos congrega y nos une. Aquí florece el respeto y la tolerancia. Porque si hay algo excepcional de nuestra democracia, es el ejemplo de un Chile que valora este rito democrático. Pero también es una fiesta que nos invita a reflexionar.

La democracia es frágil y hay que cuidarla. Venezuela solía ser un ejemplo dentro de Latinoamérica. Hoy lo es, pero por otras razones. Nicolás Maduro detuvo a cinco ejecutivos de grandes tiendas por no cobrar el precio justo y lucrar a costa de los más necesitados. Esta persecución política buscaría “proteger el poder adquisitivo del pueblo”. Estamos lejos de las excentricidades de Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia o Argentina, pero el lenguaje y su sentido es crucial. Aunque ya perdimos la batalla con el lucro, no sacamos nada con sembrar una campaña del terror. Pero tampoco logramos nada con la indiferencia. Chile ha avanzado a pasos agigantados. Ha crecido y se ha desarrollado económica y socialmente a un ritmo que no tiene precedentes en nuestra historia. Pero hay algo en el ambiente que perturba, que confunde. Un fantasma recorre nuestra sociedad: la desconfianza.

Es curioso que cuando se le pregunta a los ciudadanos por la Iglesia, ésta genera desconfianza. Pero confían en su parroquia o en su curita. Cuando se habla del retail o las grandes tiendas, todo esto parece ser sinónimo de abuso. Pero los ciudadanos disfrutan en el mall de agradables y seguras tardes de familia. Y también celebran la variedad de productos y ofertas de las grandes tiendas. Si se trata de la banca, todos son unos usureros. Pero valoran el uso del Redbanc —hoy no pagamos por transacción— y de su tarjeta de crédito. Las empresas de telefonía son un desastre, pero casi todos tenemos celular. Y nos comunicamos a bajo costo con mensajes, Twitter y WhatsApp. En general, esta aparente paradoja coincide con la conclusión de la última encuesta del PNUD: los chilenos estamos contentos con nuestras vidas privadas, pero no estamos satisfechos en la sociedad en la cual vivimos. ¿Obedecerá todo esto sólo a la desigualdad? Me temo que los fenómenos sociales son más complejos. Y que la desconfianza tiene muchas otras aristas.

Este domingo se juega si hay segunda vuelta o sólo una vuelta. La encuesta CEP, analizada correctamente, le da un poco más de un 20% a la candidata Matthei. Agregando a estas elecciones la incertidumbre del voto voluntario, lo único predecible es que los dos escenarios son muy posibles. Sin embargo, lo que ocurra exigirá un gran esfuerzo de la sociedad para canalizar las demandas (expectativas) y encauzar las ofertas (promesas). Este es el gran desafío. Pero una fiesta masiva y civilizada que demuestre que a los chilenos, pese a la desconfianza, les importa votar, sería una buena señal. El que vota mira al futuro con responsabilidad. Es un símbolo republicano. Y, no lo olvidemos, es también un acto de igualdad.

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