Opinión La Tercera, 17 de agosto de 2014

La moderada realidad

Leonidas Montes |

La encuesta CEP debe tener literalmente “desconcertados” a los más radicales de la Nueva Mayoría, y “concertados” a quienes se sienten orgullosos de lo que Chile ha logrado. Los eslóganes sesenteros, los sueños refundacionales y las obcecadas negaciones como el “no a…” o “el fin de…” se encuentran con la moderada realidad de nuestro país. Después de casi 30 años de un sostenido progreso económico junto a una notable estabilidad política que incluso permitió un sano y necesario cambio, no debieran sorprender estos resultados. Los chilenos no se compran los cuentos con tanta facilidad. Y los malos cuentos, como los inicios de la reforma tributaria o de la reforma educacional, caen por su propio peso. Al final, los caprichos ideológicos aterrizan ante la realidad social, cultural y económica de un país que se encuentra a pasos del salto al desarrollo. Y ese salto no es un salto al vacío, como algunos han querido interpretar o pretendido imponer. Es un salto gradual que valora lo que se ha construido con esfuerzo, seriedad y dedicación.

Chile es un país de centroizquierda, qué duda cabe. Pero finalmente todo tiende al centro, a la poderosa clase media. En la escala 1 a 10 que utiliza la encuesta CEP, un 68% de los chilenos que definen su preferencia se ubican a la izquierda. Pero en los deciles 4, 5, 6 y 7, o sea al medio de la escala que va de 1 a 10, se concentra el 72% de los que asumen alguna posición. Los chilenos saben que Bachelet está más a la izquierda; un 85% así lo cree. Pero no ocurre lo mismo con la población. Y es precisamente esta disociación frente a la realidad política la que se refleja en la encuesta.

Frente al futuro económico, los ciudadanos tienen la película clara. Más personas creen que la situación económica empeorará (sube de 7% a 11%) y menos creen que mejorará (baja de 31% a 23%). Un 50% de los chilenos cree que Chile está estancado. Y es por esta simple razón que, no obstante salud, educación y delincuencia siguen siendo los grandes problemas, la mayor preocupación “marginal” de los chilenos son los sueldos (sube de un 26% a un 33%).

Dado que se ha pregonado con fuerza y convicción el fin de la era de los acuerdos, los conductores de retroexcavadoras junto a todos aquellos intelectuales que preferirían cambiar la pluma por una picota para demoler el “modelo”, deberían ver con atención estos resultados. Un 61% de los chilenos rechaza el debate marcado por las peleas y el conflicto. Y un notable 63%, pese al living room y a los inevitables afanes de protagonismo, valora los acuerdos entre coaliciones políticas antes de llegar al Congreso. Al final, pareciera que no importa tanto la paternidad de la guagua, sino su buena salud.

La mayoría de los chilenos no conversa ni con la familia ni con amigos sobre política. Nada nuevo con nuestra desafección política ycon el ranking de confianza en las instituciones. Aquí siguen punteando, de atrás para adelante, los partidos políticos, los tribunales y el Congreso. Y los partidos políticos vuelven a ocupar el top 1, con sólo un 6% de confianza (a estas alturas es posible pensar que este magro 6% proviene de los inscritos en algún partido político, sumando algunos familiares y amigos).

En temas laborales, viva la libertad individual. Un 55% apoya las huelgas y un 61% cree que es el trabajador quien debe decidir si se afilia al sindicato. Y un 77% está de acuerdo con pactar una jornada flexible o parcial. Respecto del aborto terapéutico, una gran mayoría considera necesaria su aprobación si el feto es inviable, si la vida de la madre corre peligro o si existe violación (a futuro este cambio, al romperse esta barrera valórica, podría propiciar un mayor acercamiento entre Andrés Velasco, el gran ganador de la encuesta CEP, y la DC).

El apartado sobre educación ha generado una previsible discusión, pero un abrumador 56% cree que el dinero de la reforma tributaria se debe gastar en salud y sólo un 22% estima que esos recursos deberían ser para la educación. En el mar de confusión que se ha creado en torno a la reforma educacional, no es de extrañar este resultado. Parece más fácil construir hospitales y dotarlos de médicos, que gastar en una revolucionaria e incierta reforma que pregona el “no” al copago, “no” a la selección y “no” al lucro. No obstante, un 52% apoya el copago y un 55% cree que éste genera mayor compromiso de los padres con la educación de sus hijos. Contrariando la tómbola y otros mecanismos para promover la misma patineta para todos, el 63% prefiere que sus hijos vayan a una escuela o colegio de un nivel socioeconómico similar al propio. Otro 63% estima que el Estado debería financiar tanto a las escuelas públicas como a los colegios subvencionados. Y un 49% está de acuerdo con que los dueños de los colegios subvencionados tengan ganancias si la calidad es buena y los padres están informados.

En educación superior, un 57% cree que la universidad debería ser gratuita sólo para las familias de menores recursos. Y en relación a los eventuales aportes del Estado para la educación superior, el 62% prefiere un voucher -para algunos, una palabra tan diabólica como el mismísimo lucro-, evitando así que las universidades estatales adquieran el monopolio de dichos aportes. Finalmente, un 51% valora la diversidad en la educación superior. Como puede ver, puro sentido común.

Bachelet mantiene su gran activo político generando un 56% de confianza. Un 49% de los chilenos la encuentra “cercana” y un mayoritario 65% cree que “tiene disposición a escuchar y llegar a acuerdos con la oposición”. No en vano un 50% de los chilenos aprueba la forma en que Bachelet está conduciendo su gobierno. Pero para mantener esta aprobación, Bachelet deberá, como dijo algún día Ricardo Lagos, escuchar más a la gente.