Opinión La Tercera, 19 de octubre de 2014

La «Nueva Mediocridad» socialista

Leonidas Montes |

El capitalismo ha sido histórica e injustamente criticado desde una perspectiva moral. Nada más terrible que la cruel competencia de mercado que promueve el individualismo y el lucro. El socialismo, en cambio, se ha vestido con la autoridad moral de los grandes ideales de la igualdad y la solidaridad. En definitiva, buenas intenciones que olvidan o ignoran la realidad y sus consecuencias. Un reciente estudio, usando metodología de la economía experimental, testeó la propensión al engaño para obtener una ganancia entre un grupo que nació y se educó en Alemania Oriental y otro en Alemana Occidental (*). El experimento pretende contrastar esta faceta moral entre ciudadanos que se formaron en una sociedad capitalista y en una socialista. La investigación concluye que los que fueron criados en Alemania Oriental tienden a engañar, en promedio, el doble que quienes vivieron bajo el capitalismo en Alemania Federal.

El resultado no debe sorprendernos. Es intuitivo. La cultura en un régimen socialista es más proclive al pituto, al amiguismo, al favor concedido por el funcionario que tiene el poder o, incluso, al trauma de la escasez. Una vez que el Estado se encuentra bajo control, lo que sigue es historia conocida. Por eso los liberales defienden la libertad de las personas y desconfían del abuso que puede generar el poder del Estado. Por ejemplo, cuando murió el dictador Kim Jong-il, Guillermo Teillier, presidente del PC, y Carlos Insunza, dirigente PC y actual presidente de la Asociación Nacional de Funcionarios del SII, enviaron una carta de condolencias apoyando la continuidad de la brutal dinastía norcoreana. Concluyen esa misiva manifestando su confianza en “quien lo reemplace en los cargos de la dirección del Partido y el Estado”. La conjunción final de “Partido y Estado”, con mayúsculas, no es casual. Es la síntesis que se logró en Corea del Norte, que existe en Cuba y a la cual aspiran algunos países del vecindario.

Afortunadamente, en Chile el abanico de socialistas es amplio. El “socialismo” criollo parte con los comunistas y aquellos socialistas de la vieja escuela que ven en Cuba, Venezuela o Argentina un modelo a seguir; pasa por los socialdemócratas y deriva en un grupo más pequeño y realista, que me atrevo a definir como socialistas liberales. A un extranjero le cuesta entender lo que es la izquierda en Latinoamérica, ya que en los países civilizados ésta corresponde a socialdemócratas y liberales. Al amigo forastero, el comunismo chileno le parecería algo anacrónico. Una lectura de sus estatutos le sorprendería. Quizá le divertiría. Nuestro comunismo sigue siendo una religión, y su militancia, un acto de fe. Y respecto de la variada gama local de castristas, chavistas o kirchneristas locales, esta fauna le parecería una rareza más propia de país subdesarrollado.

Pero el socialismo viejo y duro todavía tiene nostálgicos y activos seguidores en Chile. Esta es una de las razones de fondo por las cuales la “Nueva Mayoría” podría convertir a Chile, como lo sostuvo el Financial Times (FT), en la “Nueva Mediocridad”. No es el solo hecho de que para este año estemos raspando un magro 2% de crecimiento, que se haya disparado la inflación o que siga aumentando el desempleo. Esto es sólo una consecuencia. La causa es más profunda. La campaña ideológica contra el capitalismo y el lucro es la cruzada política de la vieja guardia socialista.

Permítame usar un ejemplo. Hace un año, la Presidenta Bachelet anunció la inyección de mil millones de dólares para el Transantiago. Lo interesante es que esa gigantesca inyección de recursos -el gobierno habló de inversión- pasó prácticamente desapercibida. A nadie le sorprendió. Ya nos acostumbramos a ese hoyo negro. Y esto, para la pléyade de socialistas de la vieja guardia, es un éxito. Otro motivo de orgullo para el socialismo duro que jala y tironea a la Nueva Mayoría. En el Transantiago ya no hay utilidades ni lucro. Sólo pérdidas. El mayor operador, Alsacia, ya declaró su quiebra. Ahora, por fin, el transporte público depende del Estado para subsistir. Desde la perspectiva ideológica socialista dura, todo un logro.

La campaña de demonización del lucro encierra, precisamente, ese objetivo ideológico subyacente. El fin del lucro, un fenómeno que surgió espontáneamente en las marchas estudiantiles, es la gran bandera en la lucha contra el maldito capitalismo. Abajo con la educación particular subvencionada y arriba con la educación superior gratuita. En esta impecable lógica socialista, las universidades y escuelas terminarán sin lucro, generando pérdidas. Finalmente, dependerán del Estado. Con el puntapié inicial de una AFP estatal, el camino podría ser similar. Y pareciera que en salud también avanzamos en esa dirección. Si hasta con el agua hay lucro, claman espantados algunos lobos disfrazados de ovejas.

Chile se ha convertido en un país donde campea la desconfianza en las instituciones y la desconfianza entre las personas. Hay buenas razones para ello. Pero en relación con el lucro, somos víctimas de un puritanismo inexplicable. El dogma contra el lucro se esparce, afectando a moros y cristianos. Este fantasma se extiende incluso al financiamiento de la política. Y aunque aquí nadie puede lanzar la primera piedra, parece librarse una soterrada batalla religiosa. En medio de esta cruzada, el lucro es el enemigo que algunos probos sacerdotes del nuevo orden puritano pretenden expurgar.

Mientras en el mundo la gran mayoría de los países socialistas han despertado del sueño dogmático, a ratos pareciera que en Chile abrazamos un socialismo trasnochado. A un paso del desarrollo, esto nos convierte, como observó el FT, en los protagonistas de la “Nueva Mediocridad”. Vaya ironía de nuestra historia.

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