Opinión El Mercurio Jueves 25 de junio de 2020

Lecciones socráticas

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

En Chile qué bien nos haría recordar al viejo Sócrates y sus lecciones. Este es el momento para la acción colectiva, para la conversación.

Desde niños aprendemos la historia de Sócrates, el gran filósofo que no escribió nada y conversó mucho. Gracias a la pluma de su discípulo, Platón, conocemos su pensamiento. En sus famosos Diálogos, Sócrates es el protagonista. Y si recordamos que Aristóteles, discípulo de Platón, también escribió Diálogos, la tríada de estos tres grandes filósofos es una larga y fecunda conversación que marcó y alimentó la historia de Occidente.

Hay dos lecciones socráticas que sirven para reflexionar sobre un par de asuntos. Sabemos por el “Critón” que Sócrates no aceptó escapar y bebió la cicuta. O sea, entregó su vida por respetar las leyes. La importancia del estado de derecho es sagrada. Algunos, movidos por ese impulso que nos lleva a tener la razón, ignoran lo que significan nuestra Constitución y nuestras leyes.

Y para los que creen tener siempre la razón, conocer la certeza o saber lo que hay que hacer, el diálogo socrático más conocido —la Apología— viene como anillo al dedo. En una conversación Sócrates nos dice algo como: “Este hombre cree saber algo, pero no sabe nada. En cambio, yo, que tampoco sé nada, no creo saber algo” (Apología 21d). Con esta ironía, apela a la humildad y critica a los que se aferran a alguna certeza propia. Es una invitación para cuestionarnos cuando creemos estar muy seguros. Una reflexión muy necesaria para los inciertos tiempos que hoy vivimos.

El coronavirus nos ha traído de vuelta esa ineludible incertidumbre. En los comienzos del liberalismo, cuando la certeza del fanatismo religioso traía guerras y muertes, la tolerancia y la moderación surgieron como la manera de enfrentar los horrores del dogmatismo. Pero esa peligrosa certidumbre no es solo patrimonio de las religiones. En momentos de crisis, surgen, en las más diversas áreas, profetas dueños de la verdad que olvidan la posibilidad de la duda y el valor de la conversación.

Para el liberalismo, la incertidumbre es una parte esencial de la vida humana. La idea de la naturaleza humana, de la libertad y del progreso, va acompañada de un proceso de aprendizaje, de un caminar a tientas mirando, conversando, escuchando, aprendiendo y descubriendo. Por eso los grandes pensadores liberales manifestaban cierto temor ante aquellos que creían tener la razón con R mayúscula. En definitiva, cierto escepticismo ante los que tienen la última palabra, su propia palabra. En la frenética búsqueda de certezas, las complejidades del coronavirus exigen una cuota de humildad.

Partamos por las ciencias. The Lancet y The New England Journal of Medicine (NEJM) son de las revistas científicas más influyentes. Tienen elevadísimos factores de impacto. Y sus estándares de publicación son extremadamente rigurosos y competitivos. Pero bajo la presión y la ansiedad de la incertidumbre, ambas revistas han debido retractarse de algunas publicaciones. Ni siquiera estos estandartes de la certeza científica han quedado incólumes ante la confusión del coronavirus.

En Chile qué bien nos haría recordar al viejo Sócrates y sus lecciones. Este es el momento para la acción colectiva, para la conversación. Esto nos exige dejar de lado la arrogancia y la intransigencia, esa falsa ilusión de “saberlas todas”. Por eso el acuerdo económico que alcanzó un grupo de 16 economistas es notable. A partir de esos simples valores socráticos que aprendimos de niños, nos dieron una lección socrática.

Si bien los economistas generalmente no se caracterizan por su humildad, con sentido republicano dejaron de lado tener la razón para llegar a algo razonable. Negociaron. Conversaron con parlamentarios. Finalmente, la economía se dio la mano con la política, inyectando una pequeña dosis de confianza y esperanza. Y de cierta certeza ante la inevitable incertidumbre.

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