Opinión La Segunda, 16 de octubre de 2012

Los grandes cambios

Leonidas Montes |

Nuestro país ha vivido, en los últimos treinta años, cambios sustantivos. El histórico progreso económico ha cambiado nuestra fisionomía en lo político, social y cultural. Chile ha multiplicado su ingreso per cápita por cuatro. Como consecuencia de este sostenido crecimiento, hemos reducido la pobreza a un ritmo sorprendente y con una admirable focalización en los grupos más necesitados. Al margen de los eslóganes contra el mercado y el lucro, los chilenos hemos mejorado nuestra calidad de vida material. Pero todo esto no ha sido en vano: en nuestro país algunos principios liberales ya se encuentran bien arraigados.

En este contexto, nuestra Iglesia Católica no supo leer los cambios que se han producido. A juzgar por el contenido de la reciente Carta Pastoral, pareciera que nuestros obispos pretendieran criticar las causas de esta nueva sociedad que dejó ciertos espacios que no supieron llenar. Acompañar con la vida espiritual los avatares de la vida material es la misión de cualquier religión. En este sentido, debemos reconocer que, a diferencia del quejumbroso llamado de la Iglesia Católica contra el mercado, el lucro y el crecimiento económico, los evangélicos sí que han sabido leer estos cambios y llenar esos vacíos. Para comprobarlo, sólo basta con observar la evolución del mercado de los fieles, feligreses y seguidores. En esto último, no cabe duda de que los evangélicos han sido exitosos.

En Chile hemos logrado consensuar y promover cambios institucionales que nos han permitido avanzar como nunca en nuestra historia. Los Chicago boys, pese a todas las críticas, hicieron la pega. Exitosamente abrieron el mercado, ordenaron, privatizaron y promovieron la competencia cuando Chile era sólo otro país sud o sub-americano. Fue una corriente avasalladora que, con su dictumutilitarista, implementó cambios fundamentales. No obstante, en nuestra actual etapa de desarrollo, el dogmatismo de Chicago y también el rol preponderante de los economistas perderán protagonismo. En el Chile del futuro, las ideas, y no sólo la economía y las cifras, volverán a jugar un rol fundamental.

El reciente Informe de Desarrollo Humano del PNUD es importante en este sentido. Reconociendo que la felicidad es subjetiva, desarrolla un índice de subjetividad individual y otro social. Y el resultado es que los chilenos están contentos con sus propias vidas, pero no están satisfechos con la sociedad en la cual viven. Siguiendo la línea de loscapabilities de Amartya Sen, el informe se concentra en las libertades reales para definir y realizar nuestros proyectos de vida deseados. De las cinco “capacidades” analizadas, destacan la seguridad y el respeto. La seguridad se entiende en el sentido amplio de trabajo, salud, previsión y seguridad ciudadana. Y el respeto, como derechos individuales y dignidad, que son precisamente las carencias que perciben los ciudadanos. El malestar latente se refleja en esta aparente paradoja entre satisfacción personal y el descontento ante nuestra sociedad. En definitiva, las aspiraciones individuales se encuentran con barreras sociales y culturales.

Por otro lado, según la última encuesta CEP, el 78% de los chilenos piensa que el Estado debe apoyar a los más pobres “a través de programas que mejoren sus capacidades (como educación o capacitación)”, y sólo el 18% que esto debiera ser “a través de transferencias de dinero (bonos)”. Esta tendencia creciente a confiar cada vez más en las capacidades de las personas y no en un Estado benefactor es, a la vez, causa y efecto de este gobierno (fue con el eslogan de “más Estado” que perdió Frei ante Piñera), el cual ha logrado impulsarla y ampliarla. Hoy la mayoría de los chilenos ya no quieren más Estado, sino un mejor Estado y más oportunidades.

La libertad individual sumada a los desafíos sociales en cuanto a derechos y dignidad constituyen los ejes para el nuevo Chile liberal. Pero este desafío será inútil si no promovemos los valores de la responsabilidad y la tolerancia. Porque, al final, la libertad individual sin responsabilidad es ciega, y una sociedad que sólo promueve derechos y dignidad, sin tolerancia, es vacía.

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