Opinión El Mercurio Jueves 17 de septiembre de 2020

Los nuevos zelotes universitarios

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

¿Hasta dónde llegarán los nuevos zelotes? ¿Tendremos que “cancelar” a Nietzsche, Wagner y Heidegger por “comentarios fascistas”, a Platón y Aristóteles por “comentarios infanticidas”?

Nació en Escocia en 1711. A los 11 años entró a la Universidad de Edimburgo. Su pasión por la lectura y el saber lo llevaron a sufrir una aguda depresión. Se recuperó después un inusual tratamiento con un sólido régimen alimenticio. A los 23 años escribe que pasó de ser un joven “alto, delgado y raquítico” al “más macizo, robusto y saludable hombre que hayan conocido, con tez rojiza y rostro alegre”. De hecho, sus retratos lo muestran como un gordo muy simpático, agudo y contento. En Francia era querido y admirado. Lo conocían como le bon David. En fin, fue un filósofo que nunca olvidó que también era un hombre.

Entre 1739 y 1740 publica su magnum opus “Tratado de la Naturaleza Humana”. Su obra no fue comprendida. Antes de morir dijo que su libro “nació muerto de la imprenta, sin alcanzar siquiera la distinción de provocar un murmullo en los zelotes”.  Usaba la palabra “zelotes” para referirse a los fanáticos religiosos. En una Escocia presbiteriana, muy estricta, era difícil y atrevido nadar contra la corriente. Más aún, siendo agnóstico (en 1697 un joven estudiante de la Universidad de Edimburgo había sido ahorcado públicamente por blasfemia).

Nuestro filósofo luchó contra la intolerancia y el fanatismo. Se atrevió a desafiar dogmas. Y se burló de los religiosos extremistas. Tanto que llegó a ser conocido como el “gran infiel”. Por esa razón, nunca pudo acceder a una cátedra en la Universidad de Edimburgo.

Sus “Ensayos” son simplemente brillantes. Sus dos “Investigaciones”, que resumen y aclaran el sentido de su “Tratado”, magistrales. Sus póstumos “Diálogos sobre la Religión Natural”, una delicia. Pero fue su monumental “Historia de Inglaterra” en ocho volúmenes (1754-1762) la que le permitió esa sana “independencia y opulencia” (en el siglo XVIII, un filósofo podía hacerse rico leyendo, pensando y escribiendo). Ante el éxito de ventas, su editor le pedía una y otra vez que escribiera otro volumen. Él se negaba. Pero ante la insistencia del editor, finalmente le respondió “tengo cuatro razones para no escribirlo: estoy muy viejo, muy gordo, muy flojo, y muy rico”.

Me refiero a David Hume, el filósofo escocés que esta semana fue “cancelado” de la Universidad de Edimburgo. Por decisión del “Comité de Igualdad y Diversidad” y el “Subcomité de Igualdad Racial y Antirracismo”, la famosa torre de Hume sobre la Universidad Edimburgo ahora se llamará “40 George Square”. Conmovidos y “energizados” por la muerte de George Floyd, la Universidad de Edimburgo se sumó al coro de los zelotes. Con una de esas sesudas declaraciones del tipo “si bien es cierto, no es menos cierto”, el filósofo de la Universidad de Edimburgo hoy vuelve a ser persona non grata por “algunos comentarios racistas”.

¿Hasta dónde llegarán los nuevos zelotes? ¿Tendremos que “cancelar” a Nietzsche, Wagner y Heidegger por “comentarios fascistas”, a Platón y Aristóteles por “comentarios infanticidas”? ¿Terminaremos convirtiendo nuestras universidades en claustros protegidos? Pareciera que transitamos de la libertad al tabú, de la espontaneidad académica al sumario administrativo. En definitiva, de la honestidad intelectual a la imposición de lo que hoy consideramos correcto. Quizá por eso ahora los profesores piensan cada palabra. Y miden cada gesto. Los atrevidos juicios y las salidas de libreto ya casi no existen. Esas conversaciones libres – con una cerveza o un asado al final del curso – son solo un recuerdo.

David Hume no se sorprendería con la decisión de la Universidad de Edimburgo. Tal vez sólo esbozaría una sonrisa recordando que nunca pudo ser Profesor. Si hasta su tumba tuvo que ser custodiada para protegerla de los zelotes. Quizá llegó el momento para resaltar su osadía y libertad intelectual. Mal que mal, fue un enemigo acérrimo de los zelotes. Pero también un gran amigo de la libertad. Y de una vida buena.

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