Opinión La Segunda, 3 de septiembre de 2013

Recordando el Golpe

Leonidas Montes |

Mañana se cumplen 43 años desde aquella histórica votación donde Allende obtiene un 36,3%, Alessandri un 34,9% y Tomic un 27,8%. El apoyo que necesitaba de la DC fue condicionado a la firma de un Estatuto de Garantías Democráticas. Con esta votación, y en medio de una fuerte tensión política, Allende fue ratificado por el Congreso el 26 de octubre. También mañana todos los chilenos que votaron durante esas elecciones tendrán más de 61 años. Son sus nietos —muchos que reniegan de sus padres y vuelven la mirada a los abuelos— los que electoralmente llevan el pandero. Y aunque esto explicaría parte del interés político que ha gatillado el Golpe, siempre es sano y necesario revisar y repensar nuestra historia.

A una semana de los 40 años, el tema ha copado la agenda. El 11 de septiembre, TVN estrenará un programa titulado “1973: el año que cambió nuestras vidas”. Posiblemente será un gran documental. Pero el título es sugerente: el año 73 aparece como un punto de partida. Y la verdad es que esto no es así. El Golpe fue el resultado de un largo proceso. Los fenómenos políticos, sociales y culturales son complejos. Y generalmente se cuecen a fuego lento. Sería poco riguroso y banal ignorar el ambiente de los 60 y la polarización de la guerra fría. Y liviano ignorar la realidad.

Al final del gobierno de Frei Montalva la situación económica del país venía deteriorándose. Y bajo el gobierno de Allende, esta situación se agudizó. La inflación superó el 500% y el Banco Central ya no tenía reservas. Dicho de manera simple: el país estaba en bancarrota. La escasez, la odiosidad y la división política estaban a la orden del día. Chile se encontraba económica, social y políticamente fracturado. Ciertos grupos promovían la vía armada. En este contexto, el Golpe no fue sólo un capricho de Pinochet o un accidente histórico. Fue también la culminación de un proceso que puso fin a una situación que parecía insostenible. Después, bajo la dictadura de Pinochet, vino toda la brutalidad que conocemos. Y si bien en estas materias todos debemos ser kantianos —la vida es intransable y la dignidad de las personas es un fin en sí mismo—, lo cierto es que el Golpe contaba con gran apoyo.

En nuestra compleja y dura historia, algunos que hoy rasgan vestiduras ignoran o esconden la realidad. Se habla de un “golpe blanco” en el que Frei Montalva y algunos de sus ministros habrían intentado impedir que Allende asumiera el poder (ver Estudios Públicos N° 129). Y la mayoría de la DC terminó, tal como lo ha declarado Belisario Velasco, apoyando y avalando el Golpe. Basta escuchar las declaraciones de Patricio Aylwin en ese entonces o leer la correspondencia de Frei Montalva, especialmente su carta de noviembre a Mariano Rumor. Por lo tanto, ¿debemos ignorar las declaraciones del hijo de Arellano Stark donde asegura que le habrían avisado del Golpe a Frei Montalva y Genaro Arriagada? ¿U olvidar la donación que, en noviembre de 1973, realizó el después Presidente Eduardo Frei Ruiz- Tagle para la “reconstrucción nacional”? Si bien la memoria puede ser frágil, la historia no olvida.

Muchos protagonistas ya han muerto. Algunos mantienen silencio. Otros, con rostro compungido, piden perdón. En cambio, el general Cheyre enfrentó, con valentía y dignidad, los cuestionamientos por su pasado. Pero no fue suficiente. Por otro lado, Oscar Guillermo Garretón, un protagonista y líder de la época, fue valiente y ecuánime al declarar “todos fuimos responsables”. Esto último es una excepción. En la izquierda más dura han sido reacios a reconocer que también contribuyeron a ese clima que fue un caldo de cultivo para lo que sucedió. Y aunque nada repare el dolor, el miedo y la brutalidad de la dictadura, la historia no comienza el 73.

Aunque lo que Chile ha hecho en materia de DD.HH. es ejemplar, éstos no son el patrimonio o bandera de un sector. Son un principio moral universal. Por eso mismo, no debemos olvidar que Hönecker fue recibido y acogido por nuestra élite socialista. Tampoco podemos ignorar todo lo que ha sucedido en Cuba. Ni tolerar el coqueteo del PC con la brutal dinastía de Kim Il-sung en esa anacrónica Corea del Norte.

La verdad y la justicia son términos grandilocuentes ante los que hay que ser cuidadosos. Los cómplices pasivos, a los que se refirió el Presidente Piñera, no son sólo de un lado. Por eso hay que celebrar la franqueza y valentía de Cheyre y Garretón. Ambos hablaron. Y dieron la cara.

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