Opinión La Tercera, 17 de noviembre de 2013

Reflexiones electorales

Leonidas Montes |

Hoy domingo es el gran día. Algunos, como usted, leen el diario. Otros siguen durmiendo. Pero a medida que el país despierta, muchos chilenos se levantarán para cumplir con su deber cívico. Como dijo Friedman “somos libres para elegir”. Pero para elegir, necesitamos la libertad. Y ese principio tan fundamental y preciado, hay que cuidarlo. Porque la libertad es frágil. Basta repasar nuestra historia o mirar lo que sucede en algunos países del vecindario. La libertad no acepta ni exceso, ni carencia. Está en un virtuoso equilibrio entre derechos y deberes. Y ya que en Chile se resucitó incluso el anarquismo, siempre existe el riesgo de que la libertad pueda incluso llegar a anularse a sí misma. Dicho en términos republicanos, una sociedad que sólo privilegia los derechos e ignora los deberes, finalmente termina perdiendo sus derechos.

El voto voluntario es un acto de libertad. Pero ese derecho también encierra un deber. Si apoyamos esta postura liberal – voto voluntario - no debemos olvidar que este acto republicano nos exige cierta responsabilidad. Porque finalmente la libertad sin responsabilidad es vacía. Por eso hablamos de libertad y responsabilidad. Para entenderlo en la jerga de Chicago, así como Friedman también sostenía que “there is no such a thing as a free lunch”, la libertad tampoco es gratis. En definitiva, hay buenas razones para levantarse e ir a votar.

Mirado desde afuera, Chile ha sido y sigue siendo una estrella que brilla en el firmamento Latinoamericano. Nuestro país es hoy respetado y admirado a nivel mundial. Ante cualquier desafío institucional o de políticas públicas, los países que más avanzan en el vecindario – me refiero principalmente a Perú y Colombia – no dudan, antes que nada, en consultar lo que se hizo en Chile. Y esos países que nos han emulado han realizado, basados en nuestra experiencia, importantes cambios que han contribuido enormemente al progreso. Los resultados y las cifras no mienten: Chile ha crecido sostenidamente durante los últimos veintisiete años a un ritmo y tasas que no tienen parangón en nuestra historia nacional. Pero todo lo maravilloso que parece ser Chile mirado desde afuera - con sus éxitos, logros, desafíos y problemas – se desvanece al escuchar el discurso y el debate interno. Para cualquier extranjero, seguir el actual debate político puede resultarle sorprendente. Y a ratos, inquietante. Para un espectador imparcial entender lo que está sucediendo en Chile debe ser, que duda cabe, un verdadero desafío.

Naturalmente en períodos electorales los temas se radicalizan, cunden las críticas y pululan las rencillas propias del fervor electoral. Pero hay algo en el ambiente que ha ido gradualmente cambiando nuestro ánimo. Puede ser la desconfianza. De hecho la desconfianza frente a las instituciones y lo que es aún peor, la desconfianza interpersonal, han llegado a tal nivel que tendemos a exagerar lo negativo e ignorar lo positivo. Y no sólo eso: caemos en la trampa de generalizar lo particular. Un escándalo financiero es evidencia del fracaso del mercado y del capitalismo. Un político corrupto implica que en la política son todos ladrones. Y un error del gobierno, quiere decir que todo se hace mal. Evidentemente no es fácil explicar este complejo fenómeno social y político que no coincide o, mejor dicho, se contradice con el innegable éxito económico. Es cierto que los abusos han contribuido a agudizar esta sensación. Pero en este ambiente enrarecido cunde el inconformismo. Y así surgen esos grandes sueños de un mundo mejor. En suma, nuestro animal spirits está confundido.

Las finanzas del país están envidiablemente sanas. Nuestra política fiscal sigue siendo ejemplar a nivel mundial. Somos acreedores netos que administramos nuestros recursos públicos con prudencia. Durante este gobierno se ha recuperado la productividad. Chile crecerá a una tasa promedio cercana al 5.5%, muy por sobre el crecimiento mundial. La inflación está controlada. Nuestro PIB per cápita se empina a los 20.000 dólares. Y ahí estamos, sólo a un paso del salto al desarrollo.

En el año 2007, bajo el liderazgo y empuje de Andrés Velasco, Chile inició su camino para convertirse en miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Formalmente ingresamos al exclusivo club de 34 países en mayo del 2010. Un gran logro. Ser miembro de la OCDE nos permite ser evaluados y comparados de acuerdo a los mejores estándares. En su reciente visita el secretario general de la OCDE, Angel Gurría, entregó el Informe de la OCDE acerca de Chile. Alabó nuestra economía y la sorprendente creación de empleos en Chile. De hecho estamos con tasas de desempleo bajo el 5.7%. Y se han creado más de 800.00 empleos. Las cifras son realmente sorprendentes. Y este informe lo reconoce. Pero en el debate actual todo lo que se ha logrado, parece que hubiera caído del cielo. Desgraciadamente damos por sentado lo que con tanto esfuerzo hemos construido.

El índice de libertad económica nos sitúa en un privilegiado lugar 7. En el índice de competitividad del WEF y en el Doing Business del Banco Mundial seguimos liderando Latinoamérica. Según la encuesta CEP, un 75% de la población aprueba la situación económica y un contundente 47% piensa que el país progresa. Y algo muy alentador es que según esta misma encuesta, Chile sigue siendo un país de centro. Es precisamente esa moderación la que nos ha permitido avanzar. Y esto es precisamente lo que se pone a prueba hoy domingo.