Opinión El Mercurio Jueves 11 de junio de 2020

Reflexiones para los en-redados

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

El verdadero peligro para una sociedad liberal no es la epidemia. Es el dogmatismo de los que se creen dueños de la verdad.

En la comodidad y tranquilidad mental de los que no estamos en las redes sociales, me pregunto lo que significa participar en el debate público a través de ese medio. Sin desconocer las ventajas y virtudes de estas herramientas formidables, es evidente que acarrean riesgos y peligros para el ethos. Y también para una sociedad libre.

Partamos por el ethos. Los griegos entendían esta palabra como carácter y disposición, o bien, como hábito y costumbre. Entonces la primera pregunta sería: ¿se necesita tener cierto carácter y disposición para desenvolverse en las redes? Pareciera que para participar activamente hay que ser valiente como un guerrero. Paciente como un cirujano o arrojado como un carnicero. Y, a veces, tan seguro y convencido como un profeta. En cuanto a la costumbre y el hábito que generan las redes, ciertamente no es un espacio para la reflexión. Es una excepcional fuente de información rápida, a la mano. Pero es también una arena apta para los que quieren defender sus razones o imponer sus puntos de vista.

Las redes estimulan un ejercicio ético más bien subjetivo. Y en esa confusa subjetividad, los juicios al voleo se refugian bajo peligrosas premisas. “Solo digo lo que pienso o siento. Total, lo que es cierto o correcto para mí, puede no serlo para ti”. Con esta lógica, todo se reduciría a un oscuro subjetivismo moral. Afortunadamente, la ética no es un asunto privado o personal. Su esencia y naturaleza es social y racional. Por eso la ética obedece a buenas razones, no a juicios o caprichos individuales.

Ahora veamos algunos ejemplos recientes. Cristián Warnken entrevistó al ministro Mañalich descubriendo al hombre detrás del ministro. Inmediatamente se desató la furia de las redes. Incluso un destacado académico se sumó al coro refiriéndose a “la lamentable degradación de Cristián Warnken, a quien no logro descifrar ni comprender”. Esa reacción encierra una áspera descalificación, develando, además, ese impulso tribal y dogmático de un sector de la izquierda.

Iván Poduje escribió: “Nunca más se supo del hambre. Qué curioso”. Para un neófito en redes, esta inofensiva frase solo sería una invitación a reflexionar. Sin embargo, desató la hoguera. Y en una reacción casi comparable al efecto que produjo una columna reciente en el New York Times, la cuenta de la Pontificia Universidad Católica hizo un “llamado a la empatía y al respeto por las miles de familias que están pasando por momentos muy difíciles en medio de esta pandemia”. Una linda frase que apareció como caída del cielo.

Las redes estimulan cierta necesidad o ansiedad de reconocimiento. Se valoran los likes, los seguidores, los apoyos instantáneos a alguna idea u ocurrencia personal. En ese diverso y amplio espacio, algunos buscan figuración. Otros se esconden detrás de un seudónimo. Por cierto, es un mercado muy abierto y dinámico. De hecho, se ha creado toda una industria publicitaria a su alrededor, donde los que lucran se cuidan. ¡Cómo no va a ser notable que el denostado lucro sea un antídoto contra el fanatismo o un sedante para la moderación!

En las redes también se aprecia la diversidad, pero a menudo se olvida que la tolerancia no es una indiferencia egoísta. La tolerancia nos exige un esfuerzo para reconocer al otro. No se trata de ignorarlo. Menos aún de descalificarlo o despreciarlo con algún insulto gratuito. Pero a ratos los comentarios y opiniones en las redes se elevan hacia un ethos que desprecia las reglas más básicas de la razón, la moral y la prudencia.

El verdadero peligro para una sociedad liberal no es la epidemia. Es el dogmatismo de los que se creen dueños de la verdad y rasgan vestiduras con su propia moral subjetiva. No podemos someter la sana deliberación pública al fanatismo individualista de los que quieren tener la razón, aunque sea por segundos.

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