Opinión El Mercurio Jueves 12 de mayo de 2022

Sudamerican Rockers

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

Los que creíamos que España, Portugal y Alemania serían los modelos o la inspiración para el trabajo constitucional, nos equivocamos.

Chile es un país de extremos. No es solo su loca geografía, con la cordillera cayendo al mar, el desierto al norte y los hielos al sur. Es también esa tendencia a creernos excepcionales y únicos, a movernos de un extremo a otro. Cada cierto tiempo padecemos de esta patología que tiene mucho de “pathos”, esto es, de emociones y sentimientos. Nos creemos el cuento. Y nos tragamos alguna dosis de ensueños en cápsulas cubiertas de seriedad. El trabajo de la Convención Constitucional es otro ejemplo de este fenómeno. Como en la canción de los Prisioneros: “lo hacemos perfecto, lo hacemos fantástico”. Entonces nos miramos el ombligo, cerramos los ojos y escondemos la cabeza.

Si antes vivíamos bajo el discurso de la economía, hoy vivimos una nueva narrativa. Hasta hace poco respirábamos y caminábamos al ritmo de la economía. Las cifras y las planillas Excel inundaban al debate. Éramos los campeones del liberalismo económico, los adalides de los números. La inflación estaba bajo control, nuestra salud económica era envidiable y las leyes se sometían a la responsabilidad fiscal. Con el estallido social y el parlamentarismo de facto, todo eso cambió. La Constitución se tomó la agenda. Ahora vivimos discutiendo acerca de los nuevos artículos, de las leyes y las normas transitorias. La retórica constitucional es la reina de estos tiempos. Y la economía, cada vez más triste, dejó a Marcel en su trono.

El sistema electoral bajo el cual elegimos a los convencionales fue excepcional. Tuvimos paridad, escaños reservados y listas de independientes. Del estallido social surgieron varios candidatos y movimientos. Y se formaron los colectivos. Pero la magia y la influencia de los pueblos originarios se manifestaron con fuerza. Bajo la batuta del Partido Comunista, los pueblos originarios, junto a los movimientos del estallido, se unieron en esta cruzada política. Así nació nuestra izquierda decolonial. Hubo tropiezos, como el caso Rojas Vade, pero la redención contra la institucionalidad y contra la modernidad se plasmó en el texto. Ahora, una constitucionalitis aguda nos abruma.

Un nuevo mapa semántico dibujó la realidad. Fue un trabajo eficaz. De la diversidad saltamos a la disidencia, de lo indígena a lo originario, del bien común al buen vivir, de los recursos naturales a la madre tierra, y de un Estado nacional a un Estado plurinacional. La promesa del buen vivir, la recuperación y restitución de tierras ancestrales, así como las autonomías territoriales indígenas, son el triunfo constitucional de la izquierda decolonial.

Quedan pocos días. El próximo lunes se deben entregar todos los artículos a la comisión de Armonización (40 miembros). Al mismo tiempo comenzará la crucial labor de la comisión de Normas Transitorias (33 miembros). Algunos quieren apurar el tranco de la transición (el sueño no puede esperar). Otros prefieren darle más tiempo (la ley corregirá los desaciertos y ambigüedades).

Ya llevamos unos 450 artículos aprobados por el pleno y más de 42.000 palabras. Con esta cifra ya le ganamos a la Constitución de Bolivia en número de artículos y también en extensión. Y a Ecuador lo superamos en número de artículos. Pero esta comparación no es solo una cuestión de forma, sino también de fondo. El contenido del artículo 20 lo dice expresamente: “Chile declara a América Latina y el Caribe como zona prioritaria en sus relaciones internacionales”. Como puede ver, volvemos a Sudamérica.

Los chilenos, cuando nos creemos excepcionales y nos movemos a los extremos, nos mareamos. Ese vértigo pendular afectó a la Convención Constitucional. Al final no va a ser la casa de todos. Los que creíamos que España, Portugal y Alemania serían los modelos o la inspiración para el trabajo constitucional, nos equivocamos. La influencia de la izquierda decolonial fue mayor. Y más determinante.

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