Opinión La Tercera, 16 de noviembre de 2014

¿Trabajo o empleo?

Leonidas Montes |

Desde una perspectiva histórica, las relaciones laborales son un fenómeno moderno. Durante la revolución industrial era común que los niños trabajaran. De hecho el progreso económico se medía en función del crecimiento la población. En ese entonces la subsistencia era la clave. Las jornadas laborales promediaban unas 14 horas al día. Y esto incluía, por cierto, el día sábado. Menos horas de trabajo y mejores condiciones fueron la cruzada inicial. Y recién en la segunda mitad del siglo XX, cuando los derechos humanos y la dignidad de las personas adquirieron relevancia, los derechos de los trabajadores y las condiciones laborales fueron gradualmente mejorando.

En este proceso histórico, la concepción del trabajo ha cambiado. Y mucho. También ha evolucionado el contexto de la creación de valor. En el siglo XXI ya no es tan determinante la “fuerza de trabajo” o la “mano de obra”. En la sociedad de la información y el conocimiento, las empresas tradicionales están siendo desplazadas por el cambio. Un ejemplo emblemático lo proporciona el mercado. Esta semana Alibaba, la empresa de e-commerce china, desplazó a Wal Mart. Su valor de mercado, según la última cotización bursátil, sobrepasó al gigante de los retailers. La emergencia y el éxito de Google, Facebook, Twitter o Amazon, son sólo algunos ejemplos que nos indican hacia donde avanza la sociedad del conocimiento. ¿Es sólo un sueño pensar que a futuro un dron de Amazon dejará su pedido en la puerta de su casa?

Mientras se discute una eventual reforma laboral, conviene reflexionar antes sobre algunos aspectos socio-culturales del trabajo. Si usted camina por una calle con comercio en cualquier ciudad de Estados Unidos, es bastante común ver en alguna vitrina de una tienda o un local comercial un letrero que diga “Help wanted”. Cualquier ciudadano puede entrar, consultar las condiciones y, de ser aceptados después de un proceso bastante expedito y simple, ser contratado. Incluso por algunas horas, durante algunos días. Así, los jóvenes, por ejemplo, tienen muchas oportunidades para combinar sus estudios con algún trabajo. Pueden trabajar los domingos, algo que a algunos políticos en Chile les irrita. O incluso pueden trabajar de noche. En este esquema, muchas personas de la tercera edad también acceden a diversas posibilidades laborales compatibles con su situación. Hay bastante libertad tanto en la oferta, como en la demanda.

En Chile, un empleo flexible, por horas, es prácticamente imposible. Además, en nuestro país no se ve colgado un “Help wanted” cuando se necesitan trabajadores. En una construcción, por ejemplo, puede aparecer el clásico cartel de cholguán con un escueto y frío ‘Hay vacantes’ escrito a mano. Este simple ejemplo también nos dice algo de nuestra noción del trabajo.

Pese a todos los cambios tecnológicos y sociales, en Chile todavía parece primar la lógica del “recurso humano”. Esa mirada donde la “mano de obra” o las “horas-hombre” son sólo un factor en la ecuación de la función de producción. Incluso algunos hablan de “fuerza de trabajo”, un concepto que fue clave para Karl Marx. Pero el mundo ha cambiado. Y las empresas, también. En cambio, el Estado mantiene ciertos códigos. Y cierta cultura. El sentido o la idea de un Ministerio del “Trabajo” es la mejor evidencia. En efecto, el nombre del Ministerio sigue la lógica de la economía clásica donde el valor de un bien estaba determinado por la cantidad de trabajo.

La paradoja del valor de Adam Smith – ¿por qué el valor de cambio de un diamante es tan alto, y su valor de uso es tan bajo, en cambio el valor de cambio del agua es tan bajo, y su valor de uso es tan alto? – no era de fácil solución. Pero el padre de la economía pensaba que el valor de un bien estaba determinado por la cantidad de trabajo. Karl Marx siguió esta tradición. Y además discurrió que si el trabajo o la mano de obra es un bien, entonces debería tener su precio. De ahí era simple concluir que el capitalista se quedaba con el excedente que pertenecía al trabajador. Ante esta apropiación injusta, el llamado a la revolución del proletariado caía en tierra fértil. Pero los tiempos han cambiado. La teoría del valor en base al trabajo, fundamental para el marxismo, hace ya tiempo que está obsoleta.

Por todo esto, antes de entrar a discutir posibles mejoras al Código del Trabajo, una primera señal potente sería cambiar el nombre del Ministerio del Trabajo por Ministerio del Empleo. Parece evidente que el foco principal del ministerio debería ser promover el empleo en general y no sólo el trabajo en particular. Ciertamente debe velar por los que ya tienen trabajo. Pero también debería preocuparse por los que no tienen empleo, ni las condiciones legales mínimas. Unos tres millones de chilenos están desempleados o son trabajadores informales sin beneficios legales. Ese es el gran desafío de cualquier sociedad moderna.

Así como algunos prefieren hablar de persona en vez de individuo, comencemos a hablar de empleo en vez de trabajo. En Australia, Suecia y Dinamarca, por ejemplo, existe un Ministerio del Empleo. Y en Nueva Zelandia, un país avanzado en estas materias, se llama Ministerio de Negocios, Innovación y Empleo. Cambiar el nombre del Ministerio del Trabajo por Ministerio del Empleo definiría el noble objetivo que debería tener esta repartición. Sería un cambio histórico, necesario y simbólico. Y quizá también el comienzo de un cambio socio-cultural que contribuiría a cambiar el foco y la narrativa de la discusión laboral. Un desafío para la Ministra Blanco. Al menos, pasaría a la historia.

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