Opinión OPINIÓN / El Mercurio Jueves 19 de marzo de 2020

Una nueva excepción

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

En medio de esa depresión bipolar atizada por la violencia, aparece el covid-19. Pero nosotros estábamos en nuestra isla.

Chile es un país de contrastes, de extremos. También un país bipolar. Nuestra geografía va desde el desierto más seco del mundo hasta ese Cabo de Hornos que intimidaba e impresionaba a los navegantes. Y al este y oeste tenemos esa majestuosa cordillera de los Andes que, según María Graham, “cuelga sobre el océano”. Vivimos en una geografía que nos marca. En cierto sentido, somos una isla, un país “excepcional”.

Esta idea de nuestro “excepcionalismo” es recurrente. Ha rondado por nuestra historia. Y también por nuestra psiquis. A veces nos sentimos superiores, distintos y, en algunos casos, únicos. Domingo Faustino Sarmiento promovió esta idea de un Chile excepcional, donde el orden, la libertad y el progreso nos diferenciaban de nuestros vecinos. Y hay algo de cierto en todo eso. Mal que mal la Constitución de 1833 duró casi cien años.

La “vía chilena al socialismo” es un buen ejemplo de esa excepcionalidad. No solo éramos los primeros, sino también los únicos que habíamos elegido democráticamente a un Presidente socialista y marxista. Alcanzaríamos el sueño socialista no con las armas, sino con los votos. Y seríamos los únicos en el mundo que implementaríamos el verdadero socialismo siguiendo un camino institucional. La economía, que debía cambiarse y someterse a la construcción del socialismo, quedó en ruinas.

Pero del socialismo caímos a la dictadura y nos fuimos al otro extremo. Ahora la preeminencia de la economía dejaba de lado o, mejor dicho, enterraba a la política. Invertimos el orden y nos movimos, como en un péndulo, de un extremo a otro.

Con el triunfo del “No”, se recuperó la democracia y ese esquivo equilibrio entre economía y política. Crecimos como nunca. Y con mayor equidad. A todas luces logramos los mejores años de nuestra historia republicana. Pero de pronto, un 18 de octubre, amanecimos con la idea de que todo estaba mal. El ánimo cambió. Nuestra psiquis se vio afectada. Y pasamos, nuevamente, de un extremo a otro. En un abrir y cerrar de ojos, de ser los jaguares de Latinoamérica, nos convertimos en unos gatitos culpables. De ser los campeones, pasamos a ser perdedores. Del orden, pasamos al caos. Y de las alturas, bajamos a las profundidades.

En medio de esa depresión bipolar atizada por la violencia, aparece el covid-19. Pero nosotros estábamos en nuestra isla, discutiendo acerca de la nueva Constitución, que sería la solución para todos nuestros males. Los chilenos partiríamos con una hoja en blanco y una asamblea constituyente paritaria. Nuevamente seríamos los primeros, los únicos, los pioneros.

Tímidamente aparecieron los primeros contagiados. Y en otro abrir y cerrar de ojos, pasamos de la fase 1 a la fase 4. Del solipsismo en el cual estábamos inmersos, caímos a la cruda y dura realidad que hoy nos tiene en estado de excepción constitucional de catástrofe.

Chile, ya lo sabemos, tiene una sorprendente capacidad para enfrentar desastres naturales. Esta crisis será muy grande y larga. Habrá una recesión. Será un camino difícil. Pero en estas circunstancias de adversidad, surge lo mejor de nuestro carácter, de nuestros líderes y representantes. El mundo político ya ha dado señales alentadoras. Y pese a todas las críticas, hay que reconocer que tenemos un Presidente con la experiencia, energía y capacidad para hacer frente a estos duros momentos.

Cuando nos jugamos la salud de los ciudadanos y la vida de seres queridos, bien vale la pena unirse y postergar lo que parecía urgente y necesario, para combatir al verdadero enemigo. Si una especie de depresión endógena nos tenía sumidos en múltiples demandas y exigencias individuales, esta crisis es la oportunidad para conectarnos, recuperar la confianza y dejar de ser ese paisaje triste.

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