Opinión El Mercurio Martes 16 de abril de 2019

Duración de las carreras en Chile

Loreto Cox A. |

Lo cierto es que la duración efectiva de las carreras en el sistema terciario (incluye carreras técnicas) es de 5,2 años en Chile, comparada con un promedio de 3,7 en los países de la OCDE.

En su edición de ayer, el vicerrector académico de la Pontificia Universidad de Chile, Juan Larraín, hace notar la diferencia entre la duración nominal y efectiva de las carreras. Argumenta que la nominal no es mayor que en otros países, considerando que en Chile las universidades entregan títulos profesionales y no solo grados académicos. Luego, explica que en Chile sí habría un problema con la duración efectiva, y ofrece como razón principal una deficiente formación escolar.

La distinción entre duración nominal y efectiva es, sin duda, un aporte a la discusión. Pero en mi opinión, el problema en Chile atañe a ambas definiciones de duración de carrera. Es cierto que, a diferencia de otros lugares, nuestras universidades entregan títulos profesionales, sin requerirse una posterior certificación. Pero son pocas las disciplinas donde en otras partes esa certificación existe, y en Chile prácticamente todas las carreras universitarias tienen una duración promedio superior a la de la OCDE. En todo caso, no es evidente que la entrega de títulos profesionales por parte de las universidades chilenas conlleve una formación que habilite de mejor manera para el mundo del trabajo (que es lo que busca la certificación profesional) y que, por tanto, justifique carreras más largas.

Lo cierto es que la duración efectiva de las carreras en el sistema terciario (incluye carreras técnicas) es de 5,2 años en Chile, comparada con un promedio de 3,7 en los países de la OCDE; es decir, aquí se estudia un año y medio más (OCDE 2017). En este grupo de países, las carreras solo son más largas en Eslovenia.

Es cierto que nuestra formación escolar dista de ser una buena preparación para la educación superior. Pero países con resultados escolares peores o similares a los nuestros, como México o República Eslovaca, tienen, respectivamente, una duración promedio de carreras de 1,1 y 2,9 años por debajo de las nuestras. Nuestro problema va más allá de una deficiente formación escolar.

Las carreras largas son costosas para los estudiantes, incluso en un mundo de gratuidad, pues implican extensos -y a veces desmotivantes- esfuerzos y una postergación de la inserción laboral. Por supuesto, son también costosas para quien paga los estudios, sea el Estado o las familias. Por esto, la política pública y, también, las universidades, deben buscar reducir tanto la duración nominal como la efectiva.

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