Opinión El Mercurio Domingo 9 de junio de 2019

El presidencialismo perfecto

Isabel Aninat S. | Lucas Sierra I. |
Foto: Biblioteca Congreso Nacional

Uno esperaría que al menos los parlamentarios fuesen defensores del Congreso. Pero parece que son más presidencialistas que el Presidente.

En su Cuenta Pública, el Presidente anunció, aduciendo la necesidad de un mejor funcionamiento, dos reformas al Congreso: la rebaja del número de parlamentarios y el límite a su reelección. No es sorprendente que un Presidente anuncie medidas como estas. Sí lo es que parlamentarios de los distintos sectores las promuevan y sumen propuestas para rebajar la dieta. Porque, miradas en su conjunto, esas medidas no hacen otra cosa que incrementar aún más el poder del Presidente de la República, creando un presidencialismo perfecto: uno que es reforzado por sus propios competidores.

El anuncio de la rebaja en el número de parlamentarios ha generado especulación sobre la fórmula de reemplazo. Es curioso un anuncio así de importante sin mayor contenido, especialmente cuando hemos tenido una sola elección parlamentaria con el nuevo sistema proporcional, que implicó aumentar el número de congresistas. Difícil tener una evaluación válida. Además, comparado con la población, hoy tenemos el número de parlamentarios más bajo de la historia de Chile. Si el objetivo es lograr mayor colaboración entre los poderes, entonces la discusión tiene que ver con el régimen político, y no con sacrificar el espacio donde se representa la diversidad política y el pluralismo.

El límite a la reelección de los parlamentarios parece la solución ideal para oxigenar la política. Pero es una solución con problemas, nuevamente para el Congreso. Hay estudios comparados que demuestran el efecto que estas medidas tienen en la calidad de la legislación, especialmente al crear congresistas dedicados a buscar su próximo trabajo al aproximarse el fin de su período. Si lo que se busca es mayor renovación, entonces la discusión pasa por mejorar el sistema electoral, el financiamiento de las campañas y por ponerle restricciones serias al uso de las asignaciones parlamentarias. Distinto es el caso de las autoridades con atribución de gasto, como los alcaldes y el propio Presidente de la República, respecto de las cuales hay razones claras para limitar su reelección.

La rebaja de la dieta parlamentaria es propuesta por los mismos parlamentarios, quienes parecen olvidar que su sueldo se fija dentro de un sistema. Existe una relación entre los sueldos de las distintas autoridades: parlamentarios, ministros de Estado, ministros de la Corte Suprema. Los propios congresistas parecen sugerir que su trabajo vale menos que el de otras autoridades. Sueldos que a principios de los años 2000 fueron aumentados después de la crisis del MOP Gate, porque los sueldos son una manera de disminuir la corrupción. Pero también son una manera de profesionalizar la política y abrirla a la diversidad del mérito. 

Aisladamente, cada propuesta puede parecer conveniente. El problema es que miradas en conjunto, de manera sistémica, implican el riesgo de seguir debilitando la posición relativa del Congreso al interior de nuestro régimen tan presidencial. Uno esperaría que al menos los parlamentarios fuesen defensores del Congreso. Pero parece que son más presidencialistas que el Presidente.

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