Opinión El Mercurio, 25 de noviembre de 2012

Francisco Díaz (Cieplan) y Lucas Sierra (CEP) dan sus recetas para revitalizar a los partidos

Lucas Sierra I. |

La reciente elección municipal estrenó el voto voluntario. La abstención producida ha generado alarma en la clase política. ¿Se afecta la legitimidad de las autoridades electas cuando vota menos de la mitad de la población? ¿Es la alta abstención la antesala de una crisis en el sistema?

Somos partidarios del voto voluntario. La legitimidad, por definición, no puede ser impuesta a la fuerza. El voto obligatorio aumenta la participación electoral, qué duda puede caber. Pero el descrédito de la política sigue presente y, en cierta forma, el voto obligatorio sólo ayuda a esconder, transitoriamente, la falta de sintonía con la sociedad que genera ese descrédito.

Para que el voto voluntario funcione bien, se requieren partidos fuertes, con instituciones que aseguren la democracia y competencia interna, que propongan distintas visiones de sociedad, que seleccionen candidatos idóneos y colaboren bien con el proceso legislativo. Así, ayudan a los ciudadanos a deliberar libremente y votar a conciencia.

El problema no es de voto voluntario, sino de la combinación con partidos políticos débiles, como parecen estar en Chile. Con partidos débiles, el voto voluntario arriesga caer en un clientelismo más desatado y en el acarreo masivo de votantes por caudillos locales.

Los partidos pueden desaparece

Durante casi dos años, en el CEP y Cieplan realizamos una investigación sobre los partidos políticos chilenos. Cuando comenzamos en 2010, los partidos no se encontraban en la lista de temas prioritarios ni para la clase política, ni para la opinión pública. Por el contrario, la alternancia en el poder que se había producido pocos meses antes en el país generaba altas expectativas sobre el rol que jugarían los partidos en sus nuevos papeles de gobierno y oposición. Sólo existía la voz de alerta de algunos académicos, preocupados de su estado.

Meses más tarde, en 2011, se sucedieron en el país diversas movilizaciones sociales. Sus motivos fueron múltiples -medioambiente, educación, reivindicaciones regionales-, pero el telón de fondo fue siempre el mismo: las instituciones supuestamente encargadas de dar cauce político a las demandas de la gente, esto es, los partidos políticos y sus representantes en el gobierno y el parlamento, se hacían insuficientes para contener el fervor ciudadano. Una consigna se hizo popular en la calle: "El pueblo, unido, avanza sin partidos". La experiencia internacional al respecto es clara: los partidos no son organizaciones perennes, capaces de soportar cualquier embate. Cuando pasan un cierto umbral de descrédito, pueden desaparecer.

Democracia con partidos

La democracia representativa requiere de buenas instituciones políticas y, entre estas, los partidos son fundamentales. Los partidos deben ser democráticaos, competitivos, transparentes y programáticos. Deben promover ideas generales. Deben suscribir alguna visión de sociedad que permita distinguirlos de una simple acumulación de intereses privados.

Los partidos chilenos han vivido en un contexto constitucional y legal que no colabora a su propio fortalecimiento. Abundan las malas prácticas en los partidos, que atentan contra su democracia interna. Esto trae desprestigio. La ciudadanía hoy demanda estándares más altos en materia de transparencia, participación y eficacia. Los partidos chilenos todavía no se adaptan bien a estos estándares. Sin embargo, como lo enseña la experiencia internacional, hay cambios institucionales que se pueden hacer para alcanzarlos.

El informe que el CEP y Cieplan publican mañana busca aportar al debate para esos cambios. Para esto hace una serie de propuestas de reforma. Algunas son específicas -referidas a la ley de partidos-, y otras más generales -referidas al escenario político en el que los partidos operan.

Las propuestas

La inscripción automática y el voto voluntario fueron reformas necesarias, y la ley de primarias puede tener efectos interesantes, pero no son suficientes: faltan los partidos. La democracia no puede funcionar bien si ellos no son instituciones vigorosas y correctas. Es necesario preocuparse de ellos y fortalecerlos. En caso contrario, se aumenta el riesgo de que esas reformas tengan efectos no deseados.

Una primera reforma indispensable es un cambio al sistema binominal. Este no sólo atenta contra la representatividad de los resultados, sino que promueve una práctica nociva que es disminuir la competencia. Incentiva el "blindaje" de candidatos, lo que ahuyenta a la ciudadanía.

Un segundo grupo de reformas se refiere al financiamiento de la política. Aquí hay una decisión impopular que tomar: financiamiento público permanente para los partidos. Se debe dar a cambio de contraprestaciones sensatas, como normas de democracia interna, de transparencia y rendición de cuentas, formación de nuevos liderazgos y participación política femenina.

También se debe abordar el tema del financiamiento electoral. Hay que mejorar el sistema de rendición de gastos de campaña y aumentar las sanciones en caso de incumplimiento. Deben hacerse fiscalizaciones en terreno al gasto declarado por los partidos y candidatos, a la vez que urge la aprobación de una efectiva ley de lobby, complementada por un eficiente sistema de declaración patrimonial e inhabilidades por conflictos de intereses de parte de las autoridades. También se debe mejorar la forma en que los privados colaboran con el financiamiento de la política. Creemos que la mezcla de financiamiento público y privado de la política le hace bien a la democracia.

Las propuestas más específicas se refieren a la Ley 18.603 Orgánica Constitucional de Partidos Políticos. Nuestro diagnóstico es que los partidos tienen hoy un déficit institucional: tienen gobiernos corporativos opacos y poco formales, los derechos de los militantes minoritarios no están suficientemente resguardados (más lo están los de un accionista minoritario), tienen una baja democracia interna. Aspectos tan básicos como los padrones de militantes son fuente de oscuras disputas internas. El estado de derecho dentro de la organización no está asegurado en sus estatutos. Es indispensable corregir esto, ya que el riesgo es claro: el partido puede ser cooptado por mecenas de dudosa vocación de servicio público, por intereses privados, o por federaciones de caudillos locales.

Una tradición valiosa

En síntesis, Chile ha poseído históricamente un razonable sistema de partidos que ha ayudado a construir instituciones políticas. Esta matriz parece hoy debilitada, en parte por la irrupción de una nueva y masiva ciudadanía y, en parte, pero de modo muy significativo, por la precariedad institucional. Es indispensable acometer reformas para rescatar la valiosa tradición partidista de nuestra democracia.

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