Opinión El Mercurio, 15/12/2008

La melancolía y el Huáscar

Lucas Sierra I. |

Jon Juaristi, ex miembro de la ETA, escribió hace unos años "El bucle melancólico". Es un libro sobre los nacionalistas vascos y una reflexión sobre el nacionalismo en general. Para Juaristi, el nacionalismo es una forma de melancolía, un difuso sentimiento de pérdida que se va traspasando de generación en generación. Mientras más difuso, más sobrevive. Mientras más sobrevive, más vida y poder para los nacionalistas.

A raíz de las palabras de un general peruano recién retirado, hemos visto otra vez la cara del nacionalismo peruano y el lugar que Chile tiene en éste. No quiero decir con esto que aquí estamos libres de nacionalismo. Lo hay, y Perú tiene que ver con él. Pero hay una diferencia crucial: el papel que juega en la política interna.

Mientras acá el nacionalismo respecto de Perú no parece tener un papel protagónico, allá sí lo tiene. Siempre latente, el nacionalismo peruano frente a Chile emerge en la política a la menor dificultad, a la menor pérdida de popularidad, a la menor aspiración. No sería raro ver en un tiempo más al retirado general Donayre convertido en líder político, aliándose o compitiendo con Ollanta Humala.

La constante función de fulminante que Chile cumple en la política peruana impone un desafío complejo a la diplomacia chilena. Ésta debe ser exageradamente inteligente, pues el agua con que pretenda apagar cualquier fuego arriesga siempre el peligro de convertirse en bencina.

Es difícil, pero el hecho es que la conciencia de pérdida que gatilla la melancolía nacionalista está obviamente allá, no acá. ¿Podemos hacer algo, además de tratar de tener una diplomacia inteligente, aunque siempre reactiva? También es difícil, pues la conciencia de pérdida propia de la melancolía nacionalista es difusa y, por lo mismo, es, en algún sentido, irreparable.

Pero éste es un terreno en que los símbolos son importantes y, quizás, esa pérdida difusa de la melancolía pueda hacerse más concreta en un símbolo: el Huáscar. Así, al tiempo que Chile defiende con convicción sus intereses frente a Perú en los foros internacionales, podría devolver el Huáscar.

Sería un símbolo concreto, que puede ayudar a levantar las barreras que por más de un siglo han trabado nuestras relaciones con ese país espléndido. No sé en qué estado está el Huáscar, pero imagino una ceremonia en que se entrega para que se lo lleven de Chile navegando, escoltado por buques chilenos, tras izarse una bandera peruana tejida en Doñihue.

Seguramente, esto no arrancará de raíz el bucle melancólico que, según Juaristi, los nacionalistas se empecinan en peinar generación tras generación. Pero lo puede recortar.

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