Opinión El Mercurio, 27 de octubre de 2012

Las municipales como «alcotest»

Lucas Sierra I. |

Las elecciones de mañana tienen un interés especial: por primera vez desde 1988 se vota con inscripción automática y voto voluntario. Se especula sobre los posibles efectos que esto podría tener sobre la participación electoral y, en definitiva, la democracia.

Algunos auguran males. Incluso, algunos que aprobaron hace poco esta reforma hoy se confiesan arrepentidos. Se dicen que va a decaer la participación electoral y que esta decadencia va a favorecer, proporcionalmente, más a los ricos que a los pobres. Los pobres se levantarían a votar menos que los ricos, por lo que éstos tendrían mayor representación política. Otra vez la desigualdad, maldita sea, ahora de un modo especialmente perverso: se reproduce con la democracia.

Algo más que la elección de alcaldes y concejales se juega mañana. También la inscripción automática y el voto voluntario. ¿Qué se va a poder decir de esta reforma? Creo que no mucho, me temo.

Las elecciones de mañana no son el verdadero test de la reforma. Son muy interesantes por ser las primeras, que duda cabe, pero son un test incompleto. El verdadero test se irá completando sólo a partir de elecciones parlamentarias y presidenciales el próximo año. La política local puede no necesariamente coincidir con la política más nacional de estas últimas. Mejor andarse con calma, entonces, porque habrá que esperar un año para empezar a entender el efecto más general de la reforma.

¿Y la desigualdad, en virtud de la cual el voto voluntario entregaría mayor representación política a los más acomodados que a los menos? Sería terrible que pasara, sin duda, pero si pasa no se va a notar demasiado porque, como ya lo han apuntado algunos observadores, el padrón electoral actual ya tiene un cierto sesgo en tal sentido porque la inscripción es voluntaria.

Pero también tiene otros defectos, quizás más graves y urgentes, que la reforma remedia. El padrón actual se reduce en relación con la población, envejece y muere. Esta condena va a ser desafiada mañana por la posibilidad que van a tener de ir votar casi cinco millones de personas, si deciden hacerlo. Es mucha gente nueva. Algún efecto tendrán estos grandes números en frenar el paso que parecía inexorable del actual padrón al cementerio.

Pero, se podrá objetar, el efecto benéfico de detener la muerte por la expansión y rejuvenecimiento del padrón ¿no será neutralizado por la desigualdad estructural que generaría el voto voluntario? Hay un riesgo, por supuesto. Pero para evitarlo hay otras herramientas, mejores que recurrir al rudo expediente de convertir el voto en un deber, teniendo de pasada que echar mano de categorías confusas para justificarlo como, por ejemplo, que el voto es un "derecho/deber", las dos cosas juntas al mismo tiempo.

En lugar de eso, parece más razonable tratar que las personas voten porque han sido educadas en el sentido de que votar es, en principio, bueno para la democracia, y porque perciben cosas de interés en la política y en las campañas electorales. Pero para esto se necesitan reformas para incentivar la competencia en la política, tanto en el sistema electoral como al interior de los partidos. De este modo, se asegura la posibilidad de que los ciudadanos, titulares de un derecho a votar, encuentren buenas razones para ejercerlo en una elección. Libremente, sin que estén obligados por la ley.

En síntesis. Prudencia al evaluar la reforma a la luz de las elecciones de mañana, porque su verdadero test vendrá con el tiempo. Así, mañana las elecciones tendrán respecto de la inscripción automática y voto voluntario, el mismo valor que un "alcotest" respecto del estado de los conductores: "referencial".

Prudencia al evaluar la reforma a la luz de las elecciones de mañana, porque su verdadero test vendrá con el tiempo.