Opinión El Mercurio, 7 de julio de 2012

Primarias

Lucas Sierra I. |

Hoy se habla harto de primarias. Hay un proyecto de ley que se está discutiendo en el Congreso para regularlas y, además, está la incógnita sobre ellas para la próxima carrera presidencial, en ambos bloques.

Las primarias no son fáciles de regular, pues se sitúan en una relación de precario equilibrio con los partidos políticos. Si se exagera con ellas, se debilitan orgánicamente los partidos. Las primarias privan a las autoridades del partido de una prerrogativa fundamental: definir los candidatos. Si se les priva de ella, ¿qué les queda a los partidos, en realidad?

¿Es el proyecto de ley en curso exagerado respecto de las primarias? En un sentido sí, en otros no. Es exagerado al contemplar primarias para todos los niveles de elección popular: presidencial, parlamentario y municipal en el caso de los alcaldes.

Además, si se exagera con las primarias, se entrará en contradicción con algunas causas que son valiosas. Por ejemplo, como lo sugiere la experiencia comparada, las primarias pueden ser disfuncionales al objetivo de tener más mujeres en cargos de elección popular o de introducir innovaciones al menú electoral clásico.

Esto no significa que las primarias deban ser prohibidas. Por ningún motivo: ellas son una manifestación de la autonomía de los propios partidos y, en determinadas circunstancias, pueden ser muy útiles. El punto es evitar que se transformen en una estructura paralela permanente a las autoridades del partido. Junto con evitar eso, hay que tratar que esas autoridades provengan del ejercicio de vías democráticas al interior de los partidos y que estén siempre desafiadas en sus cargos por esas mismas vías.

¿Es el proyecto de ley en curso exagerado respecto de las primarias? En un sentido sí, en otros no. Es exagerado al contemplar primarias para todos los niveles de elección popular: presidencial, parlamentario y municipal en el caso de los alcaldes. ¿Es razonable tener primarias para todos estos cargos?

A medida que el electorado del cargo a elegir disminuye y aumenta su carácter local, empieza crecer otro riesgo de las primarias: el caudillismo. El caudillismo es un riesgo siempre presente, con o sin primarias, pero un sistema bien organizado de partidos políticos tiene posibilidades de reducirlo. Pero si el caudillo local cuenta en el futuro con un mecanismo de primarias tan a la mano, se va a transformar en un actor político mucho menos controlable. O sea, en un verdadero caudillo. Por esto, quizás sería mejor regular las primarias para candidatos a elecciones presidenciales, únicamente, ya que, por la extensión de su electorado, son las menos proclives a caudillos y caciques. Y empezar por ellas, de a poco, aprendiendo de la experiencia, para ver si vale la pena que hasta los candidatos a alcalde se definan mediante primarias.

En otros aspectos, sin embargo, el proyecto de ley en el Congreso no es exagerado. Por ejemplo, al tratar la participación de los candidatos independientes en las primarias: sólo si cuentan con la venia de los partidos. Esto es razonable, porque de otra manera los partidos ya no sólo no pueden controlar la entrada a una elección, sino que, además, no pueden controlar la entrada a la correspondiente primaria. Un exceso.

La democracia chilena requiere mejoras institucionales. Buena parte de ellas pasan por el sistema de partidos políticos. Si queremos tener una buena democracia representativa, estable, predecible, refractaria al populismo y a los caudillos, necesitamos partidos fuertes, institucionalmente fuertes. En los partidos, entonces, deberían enfocarse los esfuerzos. Sin engañarse con el espejismo de que un conjunto de primarias, diseminadas en todos los niveles de la competencia política, van a corregir los problemas de representatividad y eficacia que está acusando el sistema político en Chile.

Por esto, vale más la pena mejorar primero la ley de partidos, reforzar el regulador electoral, mejorar las relaciones entre plata y política y tomar una decisión sobre el sistema electoral. Porque las primarias no son una panacea. A lo más un complemento, en la medida en que tengan un carácter más nacional que local (sólo para elecciones presidenciales) y que en ellas la opinión de los partidos sea ineludible.

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