Opinión Capital , 7 de mayo de 2004.

¿Matrimonio en retirada?

Harald Beyer |

El matrimonio pareciera haber perdido valor para las mujeres en Chile. Quizás se ha alterado el balance entre beneficios y costos. Los primeros parecen haber caído mientras que los segundos parecen haberse mantenido.

El matrimonio parece estar sufriendo cambios profundos. El año 1982 por cada 100 mujeres mayores de 15 años un poco más de 49 estaba casada. Dos décadas después algo menos de 45 lo estaba, registrándose una caída de 9% en la proporción de mujeres casadas. Por razones relativamente obvias la población masculina presenta tendencias similares. Pero quiero mirar estos cambios desde la perspectiva de la mujer porque probablemente sea ella la que esté liderando estas tendencias que son algo más profundas de lo que estos números pueden revelar a primera vista.

Las tendencias efectivas quedan algo ocultas porque en los 20 últimos años la población envejeció y así, por ejemplo, entre las mujeres de más de 15 años la proporción que tiene menos de 40 años cayó desde un 47 a un 38%. Los cambios principales están ocurriendo en las mujeres más jóvenes. Por ejemplo, en las mujeres de 20 a 24 años la proporción de casadas en los últimos 20 años cayó desde un 38 a un 19%. En el grupo de edad de 25 a 29 años esa caída fue desde un 62 a un 44%, e incluso en el grupo de 30 a 34 se observó el mismo fenómeno al caer en las últimas dos décadas de 71 a 58%. Todas estas variaciones superan largamente el 9% señalado al inicio.

¿Qué hay detrás de estas tendencias? Desde luego un aumento importante en las oportunidades educacionales que seguramente invitan a una postergación del matrimonio entre las más jóvenes, pero, claro, este fenómeno no ayuda demasiado a explicar la caída en los matrimonios a edades en que los estudios universitarios han quedado hace rato atrás. Por cierto, que el matrimonio haya retrocedido no significa necesariamente que ocurra lo mismo con la vida en pareja.

Por ejemplo, la proporción de mujeres de 25 a 29 años que vive en pareja sin estar casada ha subido desde un 4,5 en 1982 a un 14,3% el 2002. Variaciones similares han ocurrido entre las mujeres de 20 a 24 años y de 30 a 34 años. Es difícil pensar, especialmente en los dos grupos más jóvenes, que esta tendencia sea en lo principal la consecuencia de rompimientos matrimoniales prematuros. Más bien parece responder a un menor apego al matrimonio que también se refleja en que la soltería entre las mujeres más jóvenes ha crecido en forma importante en las dos últimas décadas: 8 y 5 puntos porcentuales en las mujeres de 25 a 29 años y 30 a 34, respectivamente.

El matrimonio, entonces, parece haber perdido valor para las mujeres en Chile. Si se quiere esto es el resultado de que se ha alterado el balance entre beneficios y costos. Los primeros parecen haber caído mientras que los segundos parecen haberse mantenido. No es fácil establecer los factores que explican este hecho, pero sabemos que las mujeres han ganado en independencia económica. Se han ido incorporando cada vez con más intensidad a la fuerza de trabajo y en ámbitos cada vez más diversos. El matrimonio, como refugio y protección, ha ido quedando en el pasado. Por consiguiente, las dimensiones económicas, e incluso sociales, del matrimonio han perdido aceleradamente importancia. En esta nueva realidad adquieren vigencia otras dimensiones del matrimonio. Estas tienen mucho que ver con el papel central que juega esta institución en el ámbito de nuestra esfera privada, aquella en la que nos refugiamos para adquirir el poder de configurar un mundo, no importa cuán pequeño, que refleje nuestras aspiraciones y dote de un sentido nuestras vidas, algo que el mundo moderno de seres anónimos que habitamos difícilmente nos permite hacer.

Claro que para que el matrimonio contribuya efectivamente a la construcción de un mundo propio se requiere una aceptación y validación del otro. En el caso de la mujer esa aceptación y validación está lejos de conseguirse. Desde luego estamos entre los países más convencidos de que la vida familiar se resiente cuando la mujer trabaja o que una mujer que trabaja no puede establecer una relación tan cálida y sólida con sus hijos como una madre que no trabaja. Lo creemos a pesar de que la evidencia empírica internacional es poco conclusiva. Estas actitudes le abren poco espacio a la mujer y claramente no contribuyen a aceptarlas y validarlas en toda su complejidad.

Otro botón de muestra: en la discusión reciente sobre el divorcio ¡qué poco se habló sobre los efectos en el bienestar de las mujeres! Sólo había espacio para los efectos sobre los niños, empleándose además estadísticas de dudosa calidad. Realmente muy pocos se preguntaron por qué en el mundo son las mujeres las principales defensoras del divorcio. ¿Tiene sentido? Aquí la evidencia empírica parece darles la razón. Algunos datos de estudios recientes sugieren que la introducción del divorcio unilateral en Estados Unidos redujo la tasa de suicidios de las mujeres en alrededor de 20% y la tasa de violencia doméstica hacia mujeres en un 6%, entre otros datos significativos. Si sumamos todos estos factores no resulta tan extraño que la mujer haya tomado alguna distancia del matrimonio. Curiosamente la ley de divorcio, al facilitarle a la mujer la salida del matrimonio y por tanto reducir los eventuales costos del mismo, puede convertirse en una promotora inesperada del matrimonio entre las más jóvenes. Por cierto, también se requiere una renovación profunda de la visión del trabajo de la mujer.

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