Opinión El Mercurio, 1/8/2010

Ni tanto ni tan poco

Harald Beyer |

Esta frase de uso tan común en diversas naciones latinoamericanas resume mejor que otras la relación que deberían tener (y no necesariamente tienen) los políticos con las encuestas. Sin lugar a dudas, ellas son informativas y les permiten a éstos y, en general, a los líderes de opinión mantenerse conectados con las impresiones, las aspiraciones y las preocupaciones del ciudadano promedio. Al político típicamente se le acercan los incondicionales o las personas que tienen un problema. Ambos grupos deben ser cultivados, pero no necesariamente son los referentes más apropiados para configurar opiniones sobre asuntos de interés público. Pero, sin otros puntos de apoyo, es difícil que el político pueda matizar las reflexiones que emergen del contacto con esos grupos. Las encuestas son un vehículo, por cierto no el único, para empaparse de las miradas y visiones que tienen aquellos, que son la inmensa mayoría, que permanecen alejados de los políticos porque no tienen mucho que decirles.

Pero debería ser obvio que de los estudios de opinión pública emergen sólo orientaciones generales, incluso imprecisas, antes que mandatos demasiado específicos para los políticos. Así, por ejemplo, la última encuesta del CEP sugiere que la Concertación está debilitada y que sus figuras políticas, con la excepción de la ex Presidenta Bachelet, no son particularmente bien evaluadas por la población. Históricamente sus evaluaciones superaban a las obtenidas por las personalidades de la Alianza. Ahora no hay diferencias relevantes. Pero es poco más lo que se puede decir y menos definir una estrategia política a partir de dichos antecedentes. Si algo quizás es que una "Bachelet-dependencia" tiene riesgos. Ella es bien evaluada y genera poco rechazo, sin mayores diferencias, en todos los sectores políticos. Cuando ello ocurre es difícil anticipar la real fuerza electoral que tiene esa personalidad. Sobre todo, porque en campaña se hace muy difícil desligarse o dejar de reconocer la coalición política que la acompaña y esa definitivamente no está en buen pie.

Ir más allá de esas orientaciones, estableciendo incluso relaciones causales y precisas entre los números de las encuestas y otros fenómenos de la vida diaria, que luego definen las acciones de los gobiernos o los políticos, es hilar muy fino. Es un enfoque que sólo logra inmovilizar a estos actores, algo que no es particularmente positivo para ellos y menos para el país. Algo de esto ha estado ocurriendo a propósito de la diferencia en la aprobación del Gobierno que se constata en la Encuesta CEP (y seguramente en otros estudios) entre la Región Metropolitana y el resto del país. El menor apoyo en la primera de estas áreas geográficas ha sido atribuido a las alzas en los pasajes del Transantiago. Ello es una posibilidad, aunque no hay nada en la encuesta que permita avalar aquello. En política, como en muchos otros ámbitos, no hay una única explicación para los fenómenos que observamos.

De ahí que concluir que hay que poner freno a las alzas del Transantiago y elevar el subsidio que recibe el sistema, como parece estar inclinándose el Gobierno, sea una propuesta no sólo económica, sino que también políticamente riesgosa. ¿No será mejor enfrentar y explicar el problema y de ser necesario bonificar directamente a los más vulnerables? ¿No es acaso esa actitud, como han demostrado líderes políticos de diversas latitudes, las que producen dividendos políticos de más largo alcance que aquellas apuestas que aspiran a detener fluctuaciones coyunturales en la popularidad? El camino a seguir no puede ser respondido sobre la base de encuestas, pero lo que define a un gran político y a un buen Presidente no es optar por el camino fácil que pueda señalar una encuesta, sino que justamente evitar esa tentación optando por una vía que -en el corto plazo- puede ser impopular, pero -a la larga- rinde dividendos para el país y para su propia persona.

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