Opinión El Mercurio, 8 de diciembre de 2013

Nuestra torre de PISA

Sergio Urzúa |

Si bien los resultados de la prueba PISA 2012 ubicaron a Chile como líder en la región, una lectura desapasionada de sus cifras confirma los inmensos desafíos que el país enfrenta en educación.

En esta última medición, Chile se ubicó en la posición 50 entre 65 economías. Pero, más allá de este ranking, los resultados corroboran una preocupante realidad: uno de cada dos estudiantes de 15 años en Chile no alcanza las competencias mínimas (matemáticas) para participar de una sociedad moderna.

Adicionalmente, los resultados reafirman la alta correlación entre los niveles socioeconómicos de los jóvenes y su desempeño, una prueba fehaciente de que en nuestro país las desigualdades en materia educacional emergen mucho antes de los 15 años.

Algunos podrán matizar los negativos resultados levantando dudas respecto de la importancia real de esta prueba. Lamentablemente para Chile, la evidencia demuestra que aumentos en las habilidades medidas por PISA en la población tienen impacto sobre el crecimiento de las economías. Así, nuestro magro desempeño no es gratis: el país pierde puntos de crecimiento por su mala educación. La pregunta es, entonces: ¿cómo avanzar hacia un mejor sistema educativo? ¿Aumentos en el gasto público en el sector? Los esfuerzos del Estado en términos de recursos económicos dirigidos al sistema sin duda han sido necesarios y positivos, pero pocos pueden creer que el aseguramiento de la calidad pasa solamente por un tema financiero.

Tomemos por ejemplo el caso de los estudiantes de los colegios más aventajados del país, la gran mayoría privados y de alto costo para los hogares. Para este grupo, el informe de PISA muestra que solo 26,7% de sus estudiantes alcanza un desempeño alto (matemáticas). De hecho, al analizar el ranking de los establecimientos con mejores niveles socioeconómicos entre los países participantes, los chilenos se ubican solo en la posición 47. ¡Nada del otro mundo! A esto agreguemos el hecho de que los resultados promedio de nuestros colegios privados fueron 522 en lectura y 518 en matemáticas, niveles similares a los obtenidos por Polonia, un país con un ingreso per cápita de 12.000 dólares, muy por debajo del chileno. ¿Qué mejor ejemplo de que el problema no es solo de recursos?

Toda la evidencia internacional apunta a que para mejorar la educación es necesario innovar. Cambios curriculares y en los métodos de enseñanza que promuevan las habilidades blandas (disciplina y responsabilidad) deben ser los pilares de este proceso, lo mismo que docentes con vocación y mejor preparados. Padres y familias comprometidas con cada etapa formativa son también esenciales, porque —qué duda cabe— en Chile pagar un colegio caro no implica calidad. Debemos ser todos más exigentes si queremos que la estructura —como la famosa torre de Pisa en Italia— no continúe inclinándose.

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