Opinión El Mercurio Legal Miércoles 25 de noviembre de 2020

Bestiario regulatorio

Pablo Fuenzalida |
Foto: William Rojas

Una de las preguntas más tradicionales respecto a la profesión jurídica (extensiva a las demás profesiones) indaga respecto a quién debe regular a los abogados (Wilkins 1992). Para responderla distinguía entre cuatro mecanismos posibles: mecanismos disciplinarios ejercidos por las barras de abogados; mecanismos legislativos consistentes en deberes legales sujetos a sanciones por ciertas agencias reguladoras; mecanismos de control judicial, incluyendo la descalificación de abogados o sus estudios de continuar con la representación en un asunto por encontrarse afectos a un conflicto de intereses; y mecanismos de responsabilidad civil relativos a incumplimientos contractuales y daños causados. Más allá de estas posibilidades, el criterio para evaluar su idoneidad proponía analizar cómo balanceaban los valores de autonomía (en beneficio de la profesión) y rendición de cuentas (en beneficio del público).

Una respuesta interesante a esta interrogante la ofrece el sociólogo Mike Saks (2014), elaborada empíricamente a partir de la evolución regulatoria de las profesiones de la salud. Saks plantea la existencia de tres modelos de regulación profesional, recurriendo a metáforas provenientes de los mecanismos de domesticación animal desarrollados a partir del siglo XVIII con miras a la observación de diversas bestias en atracciones recreativas.

El modelo más tradicional para que hombres y mujeres puedan aproximarse al conocimiento de diversos animales es el zoológico. Las distintas especies se encuentran reunidas entre pares y separadas del resto, bajo la mirada atenta de guardias a cargo de evitar que excedan ese espacio propio. Ante el sentimiento de culpa generado por los espacios reducidos, con los años estas jaulas se han ido agrandando. El zoológico de las profesiones consistiría en que cada profesión ocupación autorregula un espacio exclusivo y excluyente para disfrute de quienes visitantes el mercado de estas ocupaciones.

Un segundo modelo se asimila a un circo, donde los animales son dirigidos por un solo actor, el maestro de ceremonias, compartiendo una pista en común, pero en la cual cada especie cuenta con espacios especializados para desplegar su performance bajo la guía de entrenadores especialistas. Ese mayor espacio requiere de una malla de seguridad, para que las audiencias puedan disfrutar del espectáculo sin riesgos.

Modelos de corregulación profesional como los existentes en Australia y Reino Unido se asemejan en cierta medida a esta idea circense. Estos se caracterizan por crear órganos integrados tanto por miembros de la profesión como ajenos a los mismos a cargo de supervisar que la normativa que cada profesión se autoimpone vele por el interés público. Este interés público suele estar definido por la ley en forma de principios generales, bajo los cuales toda autorregulación debe ser visada por estos entes correguladores. En caso de no satisfacer su adecuación con esos principios, el corregulador puede regular directamente a la profesión.  

Un tercer modelo surge con la búsqueda de mayor bienestar de los animales presionada desde el público. Es el caso de los safaris, cuyos controles hacia las especies se enfocan desde la libertad de sus ocupantes, generando condiciones lo más cercanas al hábitat natural de las especies. En un safari, la fauna que la habita debe convivir en un espacio común, muchas veces dando rienda suelta a la competencia por el territorio.

En el caso de las profesiones, un modelo de safari se traduce en menor regulación sobre su actividad, la cual se desarrolla en condiciones de consumo masivo. Esto se concreta eliminado ciertos privilegios profesionales que impidan la competencia por ciertos espacios comunes, bajo limitaciones más bien generales.

Nuestro bestiario profesional, si bien ha ganado en diversidad de especies con la apertura de nuevos zoológicos destinados al período de crianza, da la impresión de seguir atrapado en la lógica de las jaulas de hierro y espacios cerrados. Sin embargo, como espero mostrar en una siguiente columna, existe una interesante tendencia en aumento por parte del público usuario, consistente en recurrir al Servicio Nacional del Consumidor por sus diversas insatisfacciones. En otras palabras, en busca de mayor rendición de cuentas, el público consumidor estaría concibiendo al otrora profesional exótico y de saberes esotéricos, en calidad de un proveedor de servicios expertos más, sujeto a limitaciones generales y comunes en condiciones de mercado.

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