Opinión El Mercurio, 7/11/2010

Pasión de multitudes

Harald Beyer |

Los acontecimientos y opiniones que rodearon las elecciones del nuevo directorio del fútbol han sido quizás el mejor reflejo de la desvalorización que afecta a la política partidista. La renovación de los responsables de dirigir esta asociación gremial estuvo muy marcada por un debate que tradicionalmente ha sido terreno de la política. Se habló de los poderosos y de los débiles, de conspiraciones e intervenciones. Diversos actores fueron identificados con distintos grupos. Se han tejido historias y elaborado hipótesis que no tienen ninguna base. Se intentó, y ese esfuerzo no cejará en lo inmediato, trasladar la confrontación política al ámbito de la elección del fútbol profesional. Estas estrategias eran habituales en los tiempos de la Guerra Fría. En este episodio se ha insinuado, en particular, que el Gobierno usó su influencia para determinar el resultado de la elección. Convengamos en que el distanciamiento que se observó entre el Gobierno y el presidente de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional y el entrenador de la Selección de Chile salientes le otorga plausibilidad a este planteamiento. Pero además de este antecedente deberíamos ponderar si para el Gobierno resultaba razonable correr el riesgo de ser involucrado en una operación de esas características. Aquí es donde esta historia se resiente. El distanciamiento no parecía significarle mayores costos políticos al Gobierno. En cambio, la posibilidad de que se supiera que había operado para que se fueran Mayne-Nicholls y Bielsa podría tener costos inmensos. Este desbalance entre beneficios y costos es lo que torna altamente improbable la supuesta conspiración.

En cambio, el intento por darle esa connotación, aunque no esté apegada a la verdad, es muy rentable. Al igual que en la Guerra Fría, las posiciones de cada grupo ideológico o de cada sector político siempre se han querido fortalecer apelando a otras dimensiones alejadas del proceso de deliberación pública. Es muy probable que exista una tentación por utilizar esas estrategias más intensamente, toda vez que las personas están cada vez más alejadas de la política y sobre todo de los políticos. La posibilidad de estos de influir en la población parece estar pasando por un momento de debilidad extrema. Para defender sus posturas resulta atractivo tratar de digitar otros procesos o al menos tratar que de ellos emerjan interpretaciones distintas a las más probables. Por supuesto, ello no siempre rinde frutos, aunque la probabilidad de ocurrencia suele ser positiva. Después de todo, siempre habrá personas e instituciones disponibles para prestarse, tanto voluntaria como involuntariamente, a ese juego. Sobre todo, porque en política y no sólo en el fútbol hay hinchas, y al igual que en ese deporte una parte importante de esa condición parece ir acompañada de una sensación de desagrado, si no desprecio, al hincha del otro equipo. Más todavía en una sociedad como la nuestra, que muestra elevados niveles de desconfianza que, al igual que la desigualdad de ingresos, no han podido corregirse con la consolidación de nuestra democracia y la elevación de nuestros ingresos.

Por cierto, hay que reconocer que en este episodio no ha ayudado el hecho de que el Presidente se haya negado a vender sus acciones del club más popular del fútbol chileno, y que fue precisamente ese club uno de los articuladores de la derrota de Mayne-Nicholls y la consiguiente partida de Bielsa, que sin lugar a dudas merecen un justo reconocimiento por su labor. Su tozudez en este asunto no ha estado a la altura de lo que se espera de un Primer Mandatario. No sólo porque ese pequeño detalle puede poner en riesgo su propio capital político, sino que también a la imagen presidencial, que tiene el deber de cuidar mucho más que el primer atributo.

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