Opinión La Tercera, 8 de abril de 2018

Guerra comercial

Rodrigo Vergara M. |

Trump apela al electorado que se ha sentido perjudicado con la irrupción de China, mientras este último país responde con tarifas que dañan a regiones cuyo electorado es cercano a Trump y a los republicanos...

Todo parecía ir tan bien en la economía mundial. Las proyecciones para este y el próximo año se acercan a 4% de crecimiento y, más aún, este repunte, a diferencia de años pasados, es sincronizado, en el sentido que abarca a prácticamente todo el globo. Todo bien, hasta que hace unas semanas empezó a aparecer la sombra de una guerra comercial que tiene como protagonistas a Estados Unidos y China.

La disputa económica entre estos dos colosos no es nueva. Ya por varios años los norteamericanos acusan a los chinos de prácticas comerciales desleales, que incluyen restricciones a exportaciones de ciertos bienes. Además de poner trabas a la inversión de extranjeros en China, de dificultar el control de empresas en ese país y de robo de propiedad intelectual. Hasta hace poco, también la acusaba de manipulación de su moneda para hacer sus exportaciones más competitivas en los mercados mundiales. Cuando China era una economía pequeña, todo esto no pasaba de discusiones más o menos agresivas con una que otra medida, pero hoy la situación es distinta. China es la segunda economía mundial y se espera que en unos 15 años supere a Estados Unidos y pase a ser la primera (de hecho, medida a paridad del poder de compra ya es la número uno). Además la potencia asiática ha anunciado su plan China 2025, que ya se está haciendo realidad y que los norteamericanos ven como una gran amenaza a su hasta ahora indisputada supremacía en materias tecnológicas.

Todo esto se condimenta con las cifras del comercio entre ambos países. Las exportaciones de bienes de Estados Unidos a China el año pasado totalizaron US$ 131 mil millones, mientras que las importaciones fueron de US$ 506 mil millones, lo que significa que el déficit comercial bilateral para la primera economía es de US$ 375 mil millones. Si además de los bienes se le incluyen servicios, la cifra baja a US$ 340 mil millones. En ambos casos, un monto muy significativo.

Trump supo aprovechar esta coyuntura con una fuerte retórica anti China en su campaña. Ahora decidió tomar medidas y el mes pasado anunció un arancel especial al acero y aluminio, del que rápidamente excluyó a los europeos y al Nafta (en este último caso como un arma de negociación de dicho tratado). China respondió con tarifas a 128 productos que representan importaciones desde Estados Unidos por US$ 3 mil millones, lo que fue interpretado como una respuesta más bien conciliadora en busca de acuerdos. Trump no se quedó atrás y durante la semana pasada anunció tarifas de hasta 25% para más de mil productos chinos, incluidos televisores, aviones y partes de autos y aviones, por un total de US$ 50 mil millones. China contestó de inmediato con un anuncio de tarifas a 106 productos que representan US$ 50 mil millones, que incluyen soya, autos y químicos. El jueves, ambos lados dieron declaraciones más templadas y los mercados reaccionaron positivamente, pero el viernes las cosas nuevamente se tensionaron.

La lectura favorable es que todo esto finalmente se arreglará en la mesa de negociaciones y que estas son solo bravatas previas a una dura negociación. China, se sostiene, tendrá que aceptar que debe abrir más su economía. Así lo sugirió recientemente el número dos del FMI. Pero la incertidumbre está instalada. En estas materias se sabe cómo empieza la confrontación, pero no cómo termina. Los riesgos son grandes, porque las personalidades son impulsivas y hay réditos políticos, al menos en el corto plazo. Trump apela al electorado que se ha sentido perjudicado con la irrupción de China, mientras este último país responde con tarifas que dañan a regiones cuyo electorado es cercano a Trump y a los republicanos, pero que son más proclives a cambiarse de bando si su economía se resiente.

Trump, por su parte, tendrá que convencerse de que si su objetivo es reducir su déficit externo, no lo resolverá poniendo restricciones al comercio a uno o más países. Lo que determina el balance externo de un país es la relación entre ingresos y gastos (o entre el ahorro y la inversión). Y que si hoy Estados Unidos tiene un déficit en cuenta corriente elevado es porque gasta más que su ingreso. Si quiere revertirlo tendrá que incrementar su ahorro. Y eso requiere tanto ahorro privado como público. La política fiscal actual del gobierno norteamericano, de menores impuestos y mayores gastos, es más bien contraria al mayor ahorro público.

Mientras tanto, en Chile surgen voces diciendo que esta guerra podría beneficiarnos, en cuanto habrá productos chilenos que compiten con exportaciones chinas o norteamericanas que, al encarecerse en el país de destino, se harían más competitivas. No obstante, no se menciona que el exceso de oferta podría bajar los precios en otros mercados. Pero, más allá de eso, hay una cosa que debemos tener claro: una guerra comercial a la larga es perjudicial. Tiene un efecto negativo sobre la economía mundial y ello afecta a nuestro país y a los mercados a los cuales exportamos.

En fin, hay nubes negras en el horizonte. Es de esperar que el cielo se despeje a la brevedad, porque de no hacerlo, todos perderemos y la recuperación que hoy se ve sólida podría frenarse e incluso revertirse.