Opinión La Tercera, 20 de julio de 2014

El mundo es un polvorín

Sebastián Edwards |

En unos días -el 28 de julio- se cumplirán 100 años del inicio de la Primera Guerra Mundial, el conflicto que se suponía iba a terminar con todas las guerras. La devastación, el sufrimiento y las muertes fueron tales, que la gran mayoría de los analistas y de los expertos vaticinaron que nunca más habría conflagraciones de esa magnitud.

Pero, claro, se equivocaron.

Tan sólo 20 años después se iniciaban las hostilidades en una nueva guerra mundial, tan devastadora como la anterior. Al llegar la paz, en mayo de 1945, el mundo conoció, con incredulidad y espanto, la verdad sobre los campos de exterminio. Hannah Arendt habló de la banalidad del mal, y Curzio Malaparte consignó la frivolidad y la falta de sentido de humor de los alemanes. Pero lo que quedó -o lo que debió haber quedado- fue el horror de lo impensable, de lo que nunca debía repetirse.

Hace unos años, al terminar la Guerra Fría, Francis Fukuyama habló de “el fin de la historia”. Intimó que con la desaparición de la Unión Soviética, el mundo se liberaría de las profundas dicotomías ideológicas del siglo XX, y que ya no habría razones para grandes conflictos. La tinta no alcanzó a secarse sobre el papel cuando se produjo el ataque a las Torres Gemelas y se agudizaron los ataques islamistas sobre Occidente. Después de todo, la historia no había terminado; seguía un camino iniciado siglos atrás, camino con altos y bajos, y con episodios tan significativos como la conquista de España por los moros, las Cruzadas, y las tomas y retomas de Constantinopla. A partir de estos acontecimientos, muchos se burlaron de Fukuyama y de su tesis desgreñada.

Una complacencia peligrosa

Hoy, el mundo enfrenta uno de los momentos geopolíticos más peligrosos que se hayan vivido desde el asesinato del archiduque Francisco Fernando, 100 años atrás.

El mundo es un polvorín, y nadie, o casi nadie, quiere reconocerlo. No lo reconocen los mercados y no lo reconocen los políticos. El precio del oro apenas se empina por sobre los US$ 1.300 y la Bolsa de Nueva York continúa a niveles récord. Impera una complacencia ciega, sorda y peligrosa que sólo ha venido a quebrarse -y esto muy parcialmente- con el avión de Malaysia Airlines derribado sobre Ucrania el jueves recién pasado.

Desde hace 100 años que no había tantas disputas territoriales, conflictos armados, y reyertas étnicas desarrollándose simultáneamente en todos los rincones del mundo. Y lo que es peor, nunca había habido tantos poderes con capacidad nuclear comprometidos en estas contiendas. Las probabilidades de un accidente, de un genocidio, de migraciones masivas y forzadas, de hambrunas, y de bombazos suicidas y sucesivos son elevadísimas. Y a nadie parece importarle.

Las rebeliones en Siria, Kurdistán e Irak cobran día a día más víctimas. Familias completas abandonan sus hogares y emprenden largas marchas hacia campos de refugiados donde viven hacinadas, sin condiciones mínimas de salubridad, y donde pasan hambre, y en unos meses pasarán frío. Y en medio de estas guerras irregulares surgen grupos extremistas cuyas aspiraciones reivindicativas superan lo local y se proyectan en el universo. Talibanes de distinta estirpe, y yihadistas fanatizados que quieren subyugar a las mujeres y vengarse de ofensas que, según ellos, han persistido durante siglos.

Lo peor es que detrás de muchos de estos conflictos hay una enemistad tan profunda como antigua. Un odio sin remedio entre sunitas y chiitas. Odio de origen tribal que hoy día es alimentado por dos naciones-estados repletas de recursos para financiar y alentar el fanatismo: Arabia Saudita e Irán. Nadie en Occidente quiere enfrentarse a los saudís -después de todo, siguen controlando los mayores depósitos de petróleo-, y las sanciones a Irán no parecen hacer mayor mella.

El otro conflicto ancestral en la región -entre palestinos e israelíes- acaba de agudizarse, y ha entrado en un verdadero callejón sin salida. Mientras escribo este artículo, las Fuerzas de Defensa de Israel penetran en la zona de Gaza con sus tanques modernos, sus visores nocturnos, y sus botas firmes. ¿Dónde terminará todo esto? Es una guerra con sólo un ejército, y esa no es una verdadera guerra. Es una invasión unilateral, una ocupación de territorio por la fuerza. Es un conflicto motivado por la venganza, por el deseo de castigar a un pueblo completo por el secuestro y asesinato de tres adolescentes israelíes. Pero, ¿cuándo termina una venganza? El problema es que estos son procesos sin un fin natural o lógico. Ya han muerto cerca de 200 civiles en Gaza, y el conflicto no parece tener un desenlace. Y, claro, los ataques israelíes alimentan a otras conflagraciones, envalentona a yihadistas en otras partes del mundo, y hacen que sea mucho más difícil que Irán acceda a controlar su programa nuclear. Más invasiones, nuevas atrocidades, mayor peligro e inestabilidad. Y a nadie parece importarle.

Hace unas semanas manifesté en estas páginas que, a pesar de las declaraciones rimbombantes y de los discursos con voces graves, Occidente no haría nada contundente después de la invasión rusa a la península de Crimea. Y así ha sido. Ha habido unas minisanciones, es cierto, pero ni Putin ni el pueblo ruso lo han sentido. El conflicto sigue, y bandas de irregulares se han ido adueñando de arsenales sofisticados y letales. Y hace unos días, 298 personas inocentes a bordo de un 777 pagaron con sus vidas por la irresponsabilidad de los políticos.

Y hay más: la crisis política en Afganistán, país atrapado por el tribalismo y sumido en una corrupción de proporciones; las disputas territoriales en el Sudeste Asiático, donde China reclama tierras y control marítimo; y Corea del Norte, gobernada por un tirano de tercera generación, cuyos únicos intereses conocidos son los juegos de video y el básquetbol.

Pero el lugar que a mí más me preocupa y que me mantiene despierto durante algunas noches es Pakistán: una población crecientemente radicalizada, con profundos y fluidos contactos con el Reino Unido, y con un Estado cada vez más débil. Es en Pakistán donde se entrenan -y seguirán entrenando- los terroristas suicidas. Y es muy probable que sean jóvenes paquistaníes con pasaportes británicos los que acechen en los callejones, los que busquen resarcir años de ninguneo y discriminación (verdaderas o percibidas), los que decidan inmolarse por la causa del islam. Y si el Estado de Pakistán cae en manos extremistas, las cosas serían aún más peligrosas; un arsenal nuclear en manos de fanáticos.

Incompetencia

Y en el centro de esta inestabilidad se encuentra la incompetencia diplomática de los Estados Unidos. De la única superpotencia global uno esperaría decisiones inteligentes y bien razonadas. Sofisticación y mesura. Pero no vemos nada de eso. El último gran secretario de Estado fue George Shultz, quien tomó el puesto en 1982. Shultz fue instrumental en darle fin a la Guerra Fría. Desde entonces nada. Sólo improvisaciones y falta de rigor.

Esta falta de competencia en materias geopolíticas llegó a su máximo durante la presidencia de George W. Bush. Ineptitud e ingenuidad. La guerra de Irak fue un error garrafal que destruyó un equilibrio frágil y delicado. Y lo peor es que tanto sufrimiento no ha traído lo que se prometió: en vez de democracia y armonía, hoy prevalecen el terror y la corrupción. Se reemplazó un régimen terrible por otro peor.

A estas alturas, una partición de Irak en tres Estados independientes aparece como la única solución pragmática, la única manera de empezar a remediar los conflictos creados por las fronteras artificiales impuestas en la Conferencia de París de 1919. Esta idea, que fue rechazada de plano hace ocho años, poco a poco empieza a ganar terreno. ¿Solucionará todos los problemas? Desde luego que no, pero es posible que si se implementa adecuadamente, y bajo el monitoreo de una coalición internacional, empiece a bajar la tensión en el lugar más conflictivo del mundo.

Pero para alcanzar la paz y la estabilidad se necesitará mucho más que eso; se necesitará diplomacia activa, ideas audaces, nuevos paradigmas, y respeto por las culturas y tradiciones locales. Desafortunadamente, la posibilidad de que esto suceda, al menos en el corto plazo, es muy baja. Y así seguiremos viviendo sobre un polvorín, al borde del abismo. ¿Cuándo se reconocerá masivamente este peligro? No lo sé, pero cuando suceda, la economía mundial reaccionará con pánico. De eso estoy seguro.

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