Opinión La Tercera, 6 de julio de 2014

En defensa de Nicolás

Sebastián Edwards |

Pobre Nicolás, ya nadie lo quiere. Lo critican Ignacio Walker y Mariana Aylwin, los representantes de la Iglesia, los padres y apoderados, sus ex condiscípulos del Verbo Divino, JJ Brunner y Carlos Ominami, Carlos Peña (el Pepe Grillo chileno), Carlos Montes, los dirigentes estudiantiles, y miles de profesores experimentados.

Lo reprochan por no preocuparse de la calidad, por no entender al mundo popular, por “abajista,” por querer comprar los colegios, por querer expropiarlos, por no tocarlos, por no consultar al movimiento estudiantil, por ser un títere de los estudiantes, por oponerse a la libertad de educación, por mantener la segregación, por estar obsesionado con el lucro, por proteger a los emblemáticos, por atacarlos, por terminar con la selección, por no acabar con ella.

Nicolás acorralado.

Pero a pesar de todo, el ministro de Educación mantiene su sentido del humor. Sigue adelante como si no pasara nada.Agenda reuniones, da entrevistas, visita jardines infantiles y centros de formación profesional, tiene citas con parlamentarios y con líderes sindicales. Cada día, Nicolás hace su trabajo. Y resulta que el trabajo de Nicolás Eyzaguirre es el más complejo de Chile; más aún que el de Máximo Pacheco, y eso es mucho decir.

A Nicolás Eyzaguirre Guzmán le pidieron lo siguiente: (1) Mejorar la calidad de la educación. (2) Terminar con la segregación escolar. (3) Transformar la educación pública primaria y secundaria en verdaderamente pública -vale decir, en una educación gratuita-. (4) Desarrollar un sistema de educación preescolar y de salas cuna que cubra a todos los niños del territorio nacional. (5) Centralizar (y descentralizar) la educación nacional. (6) Integrar a las universidades al siglo 21. (7) Transformar a la educación superior en gratuita. Y, (8) hacer del sistema técnico-profesional, un sistema eficiente. Además, le dieron plazos absurdos -¡cien días! Y, como si fuera poco, tiene que lidiar con el Colegio de Profesores, con la Iglesia católica, con el Cruch, y con los dirigentes estudiantiles, esos jóvenes que a veces parecen sacados de un comic de los años 50.

Pero lo anterior no es nada. Lo que de verdad le pidieron es que, a través de las reformas, mejore la distribución del ingreso,aumente la productividad nacional, y fomente la cohesión social. Eyzaguirre está a cargo de transformar a Chile en un digno miembro de la Ocde.

El orden de los factores _x0007_sí altera el producto

Pongámonos por un momento en los zapatos de Nicolás. ¿Por dónde empezar las reformas? ¿Qué hacer primero, y qué después? ¿Cómo negociar con los distintos grupos de presión?

Claro, más de alguien podría decir que lo que Eyzaguirre debe hacer es cambiar de rumbo; olvidarse de las reformas y hacer otra cosa, cualquier cosa. Pero eso es hacer trampa. Para bien o para mal, le encomendaron ciertas labores que aparecen en el programa de la Nueva Mayoría, y su desempeño debe medirse en relación a cómo maneja esa agenda.

Un principio básico en la teoría de decisiones es que ante un problema complejo -y el de la educación chilena es complejísimo- hay que moverse en forma secuencial. Primero dar un paso, y luego otro; no hay que atolondrarse, ni hacer todas las cosas al mismo tiempo. En este caso, el orden de los factores sí altera el producto. Y si miramos las tareas que le asignaron a Nicolás, lo lógico es empezar por definir la estructura institucional. Nada se saca con cambiar los currículos si a los pocos meses se va a alterar la organización (o propiedad) del sistema educacional. Y eso es, precisamente, lo que ha hecho el ministro. Propuso un sistema que termina con la selección, elimina el copago, y aumenta el gasto público por estudiante.

Un segundo principio cardinal en teoría de decisiones es “no hacer cambios disruptivos en aquellas áreas donde las cosas funcionan relativamente bien”. En esto también ha acertado el ministro. A pesar de la presión de ciertos grupos, mantuvo la estructura básica de los colegios emblemáticos, establecimientos que, no obstante el abandono en el que están sumidos desde hace 40 años, cumplen heroicamente con su cometido.

Hacer mejor las cosas

Pero el que Eyzaguirre haya hecho algunas cosas bien, no significa que el desempeño de su cartera sea el óptimo. Desde luego, se pueden hacer mejor. Es esencial que el ministro termine con la incertidumbre y cuide el lenguaje. Debe anunciar un plan de acción preciso, y explicar qué áreas no serán tocadas durante su gestión. Por ejemplo, debiera hacer una declaración escueta -quizás frente a un notario, para satisfacer nuestros complejos legalistas- aclarando que el gobierno no va a comprar colegios hoy en manos de los privados. Y esto debe hacerlo en forma mesurada, dejando las ironías y los sarcasmos de lado.

Y ahora que ha avanzado en el nuevo diseño institucional y protegió a los colegios emblemáticos, tiene que dar el paso decisivo: anunciar un programa para mejorar la calidad de la educación primaria y secundaria; un programa centrado en un cambio curricular y no en las burocracias -las mentadas superintendencias y agencias-. El ministro también debe reconocer que el tema de la calidad es complicadísimo, y que aunque empecemos a atacarlo en los próximos meses, su solución va a tomar, a lo menos, una década.

El cliché más repetido -y el más demagógico- es decir que tenemos que adoptar el sistema finlandés. Quien haya conocido a un par de profesores nórdicos, y haya tenido contacto con los profesores chilenos, sabe que esta proposición no es más que una tontería. Como también es una tontería querer copiar los sistemas de Singapur o Shanghai. El problema chileno hay que resolverlo a la chilena, con nuestros profesores, nuestros niños, y nuestros apoderados. En lo esencial, lo que hay que hacer es aumentar el número de horas lectivas dedicadas a las materias que desarrollan el pensamiento crítico, y que preparan a los estudiantes para expresarse (en forma oral y escrita) con claridad.

Una propuesta concreta: Qué tal si elegimos, ahora mismo, 100 establecimientos públicos en sectores vulnerables, y alargamos la jornada escolar en una hora por día. A la mitad de los alumnos se les asignan cinco horas adicionales de matemáticas cada semana; a la otra mitad, cinco horas adicionales de inglés. El programa empezaría en primero medio, y tendría un carácter experimental. Mi predicción es la siguiente: al cabo de cuatro años los estudiantes del programa reforzado obtendrían resultados mucho mejores, en todos los ámbitos, que los estudiantes de establecimientos similares que siguen el currículo tradicional. Los resultados serían tan buenos que tendríamos decenas de “puntajes nacionales” provenientes de hogares vulnerables y empobrecidos. Todo un acontecimiento.

Hablar con la verdad

Pero lo más importante es que el ministro use la capacidad comunicacional que heredó de su madre para hablar con la verdad. Debe decir que la lista es larga, que los temas son complejísimos, que no todos los objetivos se lograrán en cuatro años, que lo de Finlandia es un absurdo, que -como demostró la selección de fútbol- sólo se mejora la calidad trabajando más duro, que hay que entrenar bien a los profesores, que a los que no rinden hay que despedirlos, que las universidades chilenas son malitas, que la gratuidad de la educación superior va a empeorar la distribución del ingreso, que la libertad de educación es sagrada, que el gobierno no comprará colegios, que es respetable (y admirable) que los padres quieran lo mejor para sus hijos, y que no sabemos si la eliminación del copago va a mejorar la calidad. También debe concordar con Carlos Montes en que el “lucro” se define como ganancias excesivas y no como un retorno normal sobre el capital invertido.

Además, el ministro tiene que aprender a escuchar.

Si Nicolás habla con la verdad y escucha, lo volverán a querer. Generará apoyos y simpatías, y las probabilidades de éxito de su gestión serán altas. Y eso es bueno. Pero, claro, no basta con que el ministro siga ese camino. Para que el proyecto sea de verdad exitoso, tienen que acompañarlo los parlamentarios de la Nueva Mayoría. Y eso, desafortunadamente, se ve más difícil. Dicen que el asesor Andrés Palma ayudará en estos temas. Ojalá sea así, por el bien de la República.

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