Opinión La Tercera, 24 de junio de 2015

Mi frustración de precampaña

Sebastián Edwards |

El 5 de mayo del 2012 cené con Michelle Bachelet en Nueva York. Fue una cena privada sin agenda pre-establecida. Quedamos de reunirnos en un restaurante francés cerca del edificio de las Naciones Unidas. Llegué con diez minutos de anticipación y cuando le dije al maître que tenía una reserva a nombre de MB, me sonrió como si fuéramos viejos conocidos. Me llevó una de las mejores mesas en el establecimiento, y mientras retiraba la silla para que me sentara dijo, “aquí le gusta sentarse a la presidenta. Un lugar discreto, pero no apartado”.

Pedí un gin con tónica y me dediqué a mirar a mí alrededor. El comedor era amplio y elegante; las mesas estaban cubiertas con manteles almidonados de un blanco resplandeciente, sobre los que descansaban tres copas para los distintos vinos. Me pareció que era uno de esos lugares de moda que nunca están realmente de moda, al que regresan los conocedores una y otra vez.

Michelle Bachelet llegó a la hora exacta. Vestía un traje de dos piezas un tanto arrugado, y traía una cartera enorme de la que asomaban varios documentos. Nos saludamos con el beso chileno de rigor, y pidió un vino blanco. Cuando el mozo trajo la carta, ella le habló con simpatía y le preguntó por su familia y por el resto del personal.

Ordenamos y nos pusimos a conversar. Le pregunté por su trabajo y me dijo que le fascinaba, que sentía que estaba haciendo una verdadera contribución al desarrollo internacional. Me habló de las mujeres postergadas, de la discriminación y de la tragedia de los millones de niñas que apenas recibían educación básica. Luego hablamos de política internacional y de Hillary Clinton.

Al llegar el plato de fondo, ya habíamos aterrizado en la política nacional. Empezamos por Andrés Velasco. Si bien no lo criticó en forma abierta, me pareció que en su tono de voz había un mínimo reproche.

Aproveché para preguntarle si había tomado una decisión sobre su futuro político. Me sonrío, y me dijo que no había decidido nada, que trataba de pensar lo menos posible sobre el tema. Luego agregó que, de verdad, estaba muy contenta. Me habló de Ghana con entusiasmo y devoción; yo le conté sobre mi trabajo en Tanzania, y durante un largo rato hablamos sobre el África emergente.

De ahí pasamos a los desafíos que enfrentaba Chile y de la llamada “trampa de los ingresos medios”. Si bien tuvimos áreas de desacuerdos, la conversación fue grata y amable.

Al llegar los postres le dije que me parecía bueno que volviera a competir, y que en la izquierda no había nadie que concitara el entusiasmo que ella producía. Me agradeció, y volvió a insistir que faltaba mucho para las elecciones.

Luego hablamos sobre el financiamiento de la política en los Estados Unidos. Le conté que yo había contribuido el máximo legal a la candidatura de Obama – tanto en la primaria como en la general -, y que además había donado un dinero al partido demócrata.

Fue entonces cuando le pregunté qué podía hacer para contribuir a su próxima campaña, cómo podía ayudar a sufragar algunos de los gastos. Se puso seria y me dijo que no se podía, que no había mecanismo ni instancias para hacerlo. “Ni siquiera hay campaña”, me explicó. Yo insistí, y le dije que seguro que había algunos gastos. Aclaré que lo que tenía en mente era un aporte modesto – después de todo no soy más que un académico -, pero que como Obama había dicho toda contribución es útil. Luego agregué, “se podrá hablar con alguien, con algún equipo de avanzada, o tal vez con algún pionero”.

Me respondió que no había tal mecanismo, ni tal agente recaudador, y se puso de pie. Se despidió del maître y de los mozos, salimos a la calle, y caminamos hacia la 5ª avenida. De pronto me dijo, “qué lesera, no tengo plata para el taxi”. Ofrecí prestarle 40 dólares. Ella se río. y dijo, “no puedo aceptarlo. Podría ser mal interpretado”. Caminamos hasta un cajero automático del que sacó dinero. Un joven brasilero que pasaba por esa esquina la reconoció y preguntó si podían sacarse un “selfie”. Ella respondió que sí, que desde luego, y desplegó su famosa sonrisa.

Después, paró a un taxi amarillo y subió en él con su gran cartera repleta de documentos. Agitó la mano en forma de despedida y se perdió en la noche tibia y primaveral de Manhattan. Volví caminando a mi hotel, pensando en qué iba a gastar el dinero que ella no me había aceptado.