Opinión La Tercera, 9 de noviembre de 2014

Nuestros desencantos

Sebastián Edwards |

Roberto Ampuero ha escrito una novela magnífica.

“Detrás del Muro”, recientemente publicada por Editorial Sudamericana, narra las aventuras de un joven chileno atrapado en la República Democrática Alemana (RDA) entre 1974 y 1983. El protagonista de esta historia es un joven militante de las Juventudes Comunistas que después del Golpe de Estado decide afincarse en la RDA o Alemania comunista. Sus objetivos son estudiar literatura y marxismo leninismo, para así contribuir a la lucha contra la dictadura de Pinochet. Al poco tiempo se enamora de la hija de un jerarca cubano que estudia en la misma escuela de dirigentes. La sigue a Cuba donde se casan y tienen un hijo -la parte cubana de la historia fue narrada en la popular novela “Nuestros años verde olivo”-. Pero las cosas no andan bien y el joven se desencanta con el amor y la revolución. Regresa a la RDA donde vive mil peripecias, y donde su desencanto se profundiza a pasos agigantados. Quiere partir pero no puede. Está atrapado sin documentos, sin esperanzas y sin futuro; está atrapado detrás de un muro infranqueable, el que resguardan perros policiales y soldados armados con AK-47, dispuestos a matar.

El mayor mérito de esta obra es que se mueve a distintos niveles: es, al mismo tiempo, una autobiografía inventada, una historia de amor, un ensayo político sobre las vicisitudes de la Guerra Fría, una aguda denuncia de los burocratismos políticos y el dogmatismo, una radiografía del exilio, una historia de espías y un lamento sobre las traiciones.

El narrador de este libro no tiene nombre – o mejor dicho, el lector nunca llega a saberlo-, pero a medida que la historia avanza no cabe duda de que, como dijo Neruda sobre Joaquín Murieta, se trata de “un hombre encendido, natural, valeroso”.

Una multiplicidad de lecturas

¿Cuánto hay de ficción y cuánto de autobiografía? No lo sé, y no creo que la respuesta sea muy importante. Lo que sí es claro es que lectores de distintas generaciones harán lecturas diferentes.

Los más jóvenes pensarán que la mayoría de lo que aquí se cuenta es ficticio. Para empezar, gran parte de la acción sucede en un país que no existe, en un lugar de pesadillas que no puede ser más que “inventado”, un lugar llamado RDA, cuyo lugar en la historia de la literatura se encuentra, pensarán los lectores bisoños, junto a otros lugares ficticios (aunque menos terroríficos) como Macondo y Yoknapatawpha.

Pero la actual inexistencia del país RDA no es lo único que hará pensar a los jóvenes en que esto es pura ficción. Además, muchas de las cosas que suceden son tan bizarras y surrealistas, tan improbables y espeluznantes, que no pueden venir de la realidad; tienen que provenir de la imaginación del autor. Cuando el protagonista decide casarse con su novia Carolina -una preciosa traductora- debe pedir un doble permiso: al comité político de exilados chilenos, y a la terrorífica policía secreta, la Stasi. Nada de eso puede ser verdad, pensarán los jóvenes lectores; en la vida real uno se casa con quien quiere y cuando quiere, sin pedirle permiso ni a burócratas ni a policías. Para estos lectores lo narrado por Ampuero parecerá sacado de una distopia aterradora, al más puro estilo de Philip K. Dick (el permiso de la policía secreta no llega y el matrimonio no se concreta).

Para muchos de los lectores de la generación de Ampuero – aquellos que bordeaban los 20 años en el momento del Golpe de Estado -, la lectura será diferente. Se enfrentarán a su propia historia, a la historia de un desencanto, de un sueño devenido en pesadilla. Muchos de los que vivieron la tragedia del exilio recordarán las promesas y las esperanzas, los sacrificios y la asfixia, el dolor y la desesperación.

Recordarán – ya sea porque lo vivieron o porque lo escucharon – las penurias del exilio en la Europa Comunista, las humillaciones, la falta de libertad, el sometimiento a las voluntades arbitrarias de dirigentes venales. Recordarán los llantos, los suicidios, las añoranzas, y los esfuerzos tantas veces frustrados por ir a Occidente, por llegar a Roma o París, a Canadá o Bruselas, a cualquier lugar que no fuera controlado por el partido único. Recordarán las ansias de libertad, los deseos por viajar, por casarse con quien uno deseaba, por vivir, por respirar. Roberto Ampuero no es el primero en narrar esta historia -antes que él lo hicieron Carlos Orellana y Ernesto Ottone, entre otros-, pero Ampuero lo hace con una vehemencia difícil de superar.

Algunos miembros de la generación anterior -aquellos que tenían puestos dirigentes durante la Unidad Popular – harán otra lectura. Para ellos este será el libro de un desagradecido, de un hombre que no supo aquilatar la generosidad de los alemanes del Este con los exilados chilenos. Reconocerán el estalinismo y la falta de libertad, pero tendrán excusas y darán explicaciones. Hablarán de la necesidad del muro para resguardar los logros del ‘pueblo’, invocarán la Guerra Fría y mencionarán el asedio imperialista a las llamadas democracias populares”.

Pero aún aquellos que sientan cierta añoranza por ese pasado gris tendrán que reconocer la tristeza, la ineficiencia y la venalidad del régimen impuesto por los soviéticos sobre parte de Europa. Volverán a sentir angustia y claustrofobia al recordar a los soplones y, sin duda, sentirán vergüenza al acordarse de la vulgaridad del líder de la RDA, el obrero techador Erich Honecker, un hombre tosco y básico, adicto a la pornografía occidental y con esa absoluta falta de sentido del humor que Kurzio Malaparte le atribuye a todos los políticos alemanes.

Literatura, política y sentido de la realidad

Roberto Ampuero tiene una prosa limpia y expansiva. Este estilo ágil y directo contrasta con algunas de las modas que, últimamente, se han instalado en la literatura chilena: el hermetismo impenetrable que algunos reseñistas confunden con calidad literaria, el drama folletinesco que trata de pasar por crítica social y el minimalismo apático y esquelético que intenta ser elegante.

Lo de Ampuero no es nada de eso: estamos frente a una escritura sin dobleces ni segundas intenciones, una escritura al servicio de la historia que no pretende deslumbrar con extravíos banales ni trata de emular a otros. Es verdad que a veces pareciera que el estilo es un tanto circular, pero al poco andar es evidente que no son círculos sino que espirales que ascienden y descienden, que avanzan y retroceden, que enfatizan y recuerdan, siempre ayudando a que la historia siga su paso inexorable hacia un desenlace tan inesperado como terrible.

“Detrás del Muro” es una obra plagada de ese sentido de realidad que James Wood, el respetado crítico del New Yorker, le exige a una buena novela. Si bien algunas de las cosas que suceden son asombrosas – el soplonaje generalizado, por ejemplo -, los días de los personajes están cargados de eminente realidad. La búsqueda de un restaurante que sirva comida, la llegada de una postal desde Sudáfrica, los viajes en metro, las conversaciones entre exilados, las relaciones de pareja, el callado deseo por dejarlo todo y partir, las fiestas, las borracheras y las discusiones ideológicas van agregándose en sucesivas capas que conforman un todo esencialmente real, aunque angustiante.

El éxito de Chile de los últimos 25 años -éxito que hizo que el país se transformara en la estrella más brillante de América Latina- se debe, en gran parte, al desencanto que sintieron muchos dirigentes de izquierda con la quimera socialista. Durante los duros años del exilio los líderes de lo que llegaría a ser la Concertación desarrollaron un gran sentido de la realidad que les permitió zafarse de pensamientos utópicos y burocráticos, descartar el mecanicismo, olvidarse del partido único y de la ‘dictadura del proletariado’ y desarrollar un ideario republicano centrado en los ideales de la libertad y la igualdad”.

Estos “desencantados” tuvieron la visión y la valentía de trazar una ruta diferente, un camino democrático donde la integración de Chile al mundo occidental era la piedra angular del sistema económico y social. En ese sentido, el nuevo libro de Roberto Ampuero no es solo buena literatura sino que, además, proporciona un eslabón esencial y valiosísimo para entender la historia del Chile de fines del siglo 20 y principios del siglo 21.

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