Opinión El Mercurio , domingo 17 de octubre de 2004.

Sobre estrategias electorales

Harald Beyer |

Dan pocas ganas de votar a esta coalición por un nuevo período. De aprobarse el mandato de cuatro años significaría tener instalada a la Concertación por dos décadas a cargo del gobierno.

En estos momentos, Soledad Alvear y, especialmente, Michelle Bachelet son las únicas alternativas concertacionistas que emergen con alguna probabilidad de ganarle a Joaquín Lavín en diciembre de 2005.

Los representantes concertacionistas del sexo fuerte, en cambio, no lucen muy bien. Quizás, sus eventuales opciones aparecen ensombrecidas por la tremenda presencia de las precandidatas oficialistas.

De hecho, algo similar ha ocurrido en la derecha donde la sombra irradiada por Lavín no ha permitido que broten otras candidaturas.

Pero también puede ser el resultado de un desgaste concertacionista que las ex ministras han logrado capear, por ejemplo, por las expectativas que genera la posibilidad de tener en el país una Presidenta. Si estuviésemos en presencia de este segundo escenario resulta difícil pensar que después de una campaña electoral intensa tanto Alvear como Bachelet -que después de todo son parte del establishment concertacionista- puedan sustraerse como hasta ahora del deterioro electoral que estaría sufriendo la Concertación. Con todo, éste ha ido ocurriendo de manera muy gradual. Las próximas elecciones municipales seguramente representarán un nuevo retroceso para la Concertación, pero no por ello la Alianza podrá declararse ganadora. Por cierto, si la oposición ganase esta elección habrá dado un gran paso para instalarse en La Moneda.

Por estas razones, estas elecciones pueden tener un impacto político impensado. El Gobierno lo comprendió en su momento e hizo salir al ruedo a las precandidatas que estaban en su gabinete.

A poco más de 15 días de su salida del gabinete y a dos semanas de la elección no es evidente que las ex ministras estén teniendo un impacto demasiado significativo en la campaña municipal. En parte porque es difícil sostener la atención que tuvieron los primeros días después de producida su renuncia. También porque no tienen una plataforma específica desde la cual comunicarse con el país. Los demás candidatos hablan desde el Senado, la alcaldía u otras instituciones.

En cambio, las precandidaturas no generan per se una agenda propia. Pero la razón de esta aparente falta de brillo tiene que ver con la falta de una agenda en la coalición gobernante que mire desapasionadamente hacia adelante. Las ex ministras no han tenido tiempo para hilvanar una mínima agenda que estuviera en sintonía con las demandas ciudadanas.

No cabe duda de que éstas giran en torno al empleo y la delincuencia. En estas dimensiones la Concertación tiene algunas grietas que debilitan su estructura. Por ejemplo, en los últimos diez años se han creado apenas medio millón de empleos.

En términos gruesos este número significa que de cada 10 chilenos que llegan a la vida adulta sólo 3 estarían accediendo a un puesto de trabajo. Por otra parte, las estadísticas disponibles sugieren que en poco más de un millón y medio de ellos de los 3,3 millones de hogares urbanos que existen en el país alguno de sus miembros ha sido el último año víctima de un delito.

Un cuarto de éstos se habría incorporado a esta alarmante estadística en los últimos 4 años. Con estas cifras dan pocas ganas de votar a esta coalición por un nuevo período que, de aprobarse el mandato de cuatro años, significaría tener instalada a la Concertación por dos décadas a cargo de la gestión de gobierno.

Pero la Concertación no aparece demasiado preocupada en la campaña actual de hacerse cargo de estos problemas y revertir la desafección ciudadana.

Los distintos bloques políticos del oficialismo parecen más preocupados de medir sus fuerzas relativas en la elección de concejales que de construir una plataforma que entusiasme al votante marginal. Se presenta aquí una contradicción que se nota en el fuerte sesgo político que se aprecia en la campaña concertacionista. Ese sesgo tiene algún sentido porque la repartición de concejales para una y otra fuerza la va a decidir el votante duro de la Concertación.

Sin embargo, quien finalmente va a decidir las elecciones parlamentaria y presidencial de 2005 es el votante marginal. A ése difícilmente le llega el mensaje tan políticamente motivado de la Concertación. La oposición, en cambio, no deja de trabajar para ese votante. Por ello seguramente obtendrá una mucho mejor votación en alcaldes que en concejales.

Para avanzar en esta dirección, y dado que en ese frente la defensa de la Concertación parece hacer agua, no necesita una estrategia demasiado sofisticada: le basta con remarcar una y otra vez el desempleo, la política de indultos y los aumentos en la delincuencia.

Hasta ahora la Concertación, más allá de la fortaleza de sus candidatas, parece querer facilitarle la tarea a la oposición.

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