Opinión La Tercera Domingo 10 de mayo de 2020

Buen lejos, mal cerca

Sylvia Eyzaguirre T. |
Foto: William Rojas

La semana que viene se vota en el Congreso el proyecto de ley que limita la reelección de los parlamentarios. Este proyecto se suma a un paquete de medidas que tiene por objeto hacer frente a la crisis de confianza que atraviesa el Congreso. Sin embargo, no es evidente el beneficio de limitar la reelección de parlamentarios, más bien la evidencia indica que limitar su reelección deteriora aún más al poder Legislativo.

¿Cuáles son los efectos que se esperan de limitar la reelección parlamentaria? El primero y más evidente, el recambio de parlamentarios. ¿Por qué esto sería bueno? Un recambio permanente evita la corrupción y el clientelismo. Además, se espera que con un mayor recambio aumente la representación de mujeres, minorías y jóvenes. El hecho de ser más competitiva la elección también tendría un efecto positivo sobre los votantes, aumentando su participación. Pero el principal argumento es que permite que tomen decisiones impopulares pero necesarias precisamente porque no están preocupados de su reelección. Muy buenos argumentos para limitar la democracia, pues no debemos olvidarnos que limitar la reelección es quitarle poder a los ciudadanos al restringir las alternativas de representación.

Pero si limitar la reelección trae tantos beneficios, ¿por qué tan pocos países lo han implementado? ¿Por qué las democracias más sólidas no tienen este límite? Tal vez porque no lo necesitan o por los evidentes conflictos de interés que existen. Puede ser, pero también la evidencia muestra los riesgos que conlleva. ¿Qué nos dice esta?

Primero, limitar la reelección ha deteriorado la calidad del trabajo legislativo y con ello ha disminuido el poder del Congreso frente al Poder Ejecutivo. Hacer leyes es difícil y requiere de experiencia. Precisamente cuando los parlamentarios han adquirido las destrezas y conocimientos para desempeñar mejor su cargo es cuando deben abandonar el Congreso. También desincentiva a que los parlamentarios profundicen en un área determinada volviéndose especialistas, pues ese conocimiento fuera del Congreso suele perder relevancia. Además, está el síndrome del pato cojo, que muestra que cuando los parlamentarios no van a la reelección disminuyen notablemente su participación en el Congreso y las visitas al distrito.

Segundo, la evidencia muestra que la corrupción y el clientelismo no disminuyen, sino que aumentan. La puerta giratoria entre el sector privado y el público siempre ha sido un problema y este se acrecienta al limitar la reelección. Los políticos al estar obligados a reinsertarse en el mundo privado del trabajo son mucho más susceptibles a las presiones de lobistas y a los intereses de los empresarios de las regiones que representan.

Tercero, en los lugares donde se ha limitado la reelección no ha aumentado la presencia de mujeres o minorías en el Congreso, tampoco ha aumentado la diversidad política ni la participación ciudadana.

Una de las lecciones aprendidas en el siglo pasado fue la importancia de profesionalizar la política. Limitar la reelección no sólo va en la dirección contraria, sino que además desincentiva a profesionales altamente calificados a ingresar a ella. ¿Qué joven altamente calificado de 25 años ingresaría a una profesión que lo dejará cesante a los 50 años? La cacería de brujas en el Parlamento impide tener un debate con altura de miras donde se considere también la evidencia. Un proyecto sin duda con buen lejos, pero lamentablemente no se ve bien de cerca.

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