Opinión La Tercera Domingo 4 de agosto de 2019

El ocaso de los ídolos

Sylvia Eyzaguirre T. |
Foto: Paula Díaz

Las violaciones cometidas por los sacerdotes solo muestran el origen bastardo del ser humano, pero el encubrimiento de estos hechos por la cúpula eclesiástica revela no solo traición a las víctimas y a los fieles, sino también traición a sus propios principios, traición a Dios.

Absortos, en medio de las ruinas, miramos a nuestro alrededor para ver qué ha quedado en pie, dónde podemos refugiarnos. La desolación es absoluta, nadie se salva, no hay guarida para el alma, habitamos un páramo. Y es que el informe que hace pocos días dio a conocer la congregación jesuita termina por destruir la imagen de otro “ídolo”, el padre Poblete. ¿Por qué duele tanto este caso en particular? ¿Será por la sensación de traición que deja la contradicción entre su vida y su obra? ¿Será porque nos resulta imposible concebir simultáneamente tanto mal y tanto bien? ¿Será porque nos duele seguir sintiendo afecto por alguien que debiésemos aborrecer? ¿O será la sensación de sacrilegio, de injusticia absoluta, la que nos revuelve el estómago? ¿Dónde están los cómplices? ¿Por qué los sacerdotes no se revelan contra este nido de ratas? Sin duda el dolor tiene que ver con esa escisión, con ese desgarro en el corazón. Y ese desgarro nos lleva a preguntarnos por la naturaleza humana y, si nos atrevemos, también por nosotros mismos. Y es que no puede ser casualidad que tantos de los que gozan poder e inmunidad terminen corrompidos.

¿Quiénes somos? Desde tiempos remotos la filosofía ha comprendido al hombre como un ser moral. La moralidad tiene como condición de posibilidad la libertad, libertad para actuar según el bien o el mal. Y es esta condición de seres morales la que posibilita la religión. La pregunta por Dios no es ética, sino epistemológica. Las religiones, en cambio, ofrecen respuestas éticas y metafísicas, que calman (a veces) la angustia de estar vivo. A diferencia de las leyes, las respuestas éticas que ofrecen las religiones tienen por fundamento a Dios, de ahí su irrefutabilidad. ¿Cómo cerciorarse de su veracidad? A través de la razón es imposible, de ahí la fe como único vehículo de acceso. He ahí el misterio, he ahí también la primera asimetría de poder.

Por eso los casos de abusos y aberraciones de los sacerdotes y monjas no tienen punto de comparación con todos los otros casos de abusos que hemos conocido. La Iglesia Católica dice representar a Dios en la Tierra y su misión es predicar el amor y la paz entre los hombres. Las violaciones cometidas por los sacerdotes solo muestran el origen bastardo del ser humano, pero el encubrimiento de estos hechos por la cúpula eclesiástica revela no solo traición a las víctimas y a los fieles, sino también traición a sus propios principios, traición a Dios. “¿Es el hombre tan solo un error de Dios? ¿O es Dios un error del hombre?”, pregunta Nietzsche en El ocaso de los dioses o cómo se filosofa a martillazos. ¿No será la respuesta a esta pregunta lo que en verdad nos duele? ¿No será que Dios no es más que una quimera? ¿Cómo creer en el Dios católico si su propia Iglesia actúa como si este no existiese? La duda aparece con más fuerza y ya no hay nadie allí fuera que nos pueda ayudar con ella.

Pero tal vez todo esto nos permite volver a conectarnos con nosotros mismos y nuestra comunidad. Nietzsche aconseja someter tempranamente a examen a todos nuestros ídolos. Agarre un martillo y golpee uno por uno a sus ídolos como si fuesen tinajas. El sonido revelará si están vacíos o no. Y una vez que no queden ídolos podremos querernos y cuidarnos más. “¡Quién sabe si el ocaso de los ídolos no será también un tipo más de «paz del alma»!”.

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