Opinión La Tercera Domingo 19 de enero de 2020

Estallido social

Sylvia Eyzaguirre T. |
Foto: William Rojas

Las nuevas formas de sociabilización a través de las redes sociales están chocando con la forma en que hacemos política. Esta tensión se expresa junto con las demandas sociales, quedando invisibilizada por estas.

Uno de los temas candentes en el “Diálogo Raisina”, que se realizó esta semana en Nueva Delhi, fueron las protestas sociales que están surgiendo en distintos rincones del planeta. Este fenómeno se presenta con características similares en los distintos países: las manifestaciones no tienen un líder ni una agenda clara, sino que surgen a partir de miles de pequeños grupos sin agendas homogéneas. Quienes participan son mayoritariamente jóvenes de distintas clases socioeconómicas. En las protestas ganan un sentido de pertenencia, una identidad. Los mueve la rabia y la frustración, pero por medio de la violencia convierten estos sentimientos en euforia, exaltación; sensaciones que son adictivas. Sin embargo, a la hora de las soluciones, los diferentes líderes políticos a nivel mundial se declaran confundidos.

¿Por qué tanta rabia en Chile? La Encuesta Bicentenario nos da algunas pistas. Primero, muestra un pesimismo que lleva varios años sobre la capacidad del país de progresar. Segundo, este año se observó una caída importante en la percepción de la meritocracia. Las personas perciben que la posibilidad de progresar gracias al esfuerzo propio es una ilusión: solo 16% cree que un pobre puede salir de la pobreza y 24% que una persona de clase media tiene altas probabilidades de alcanzar una buena situación económica. De ahí que sea de toda lógica el aumento que tuvo la percepción sobre la importancia del Estado para el progreso personal. Este escenario se vuelve crítico cuando el Estado carece de confianza ciudadana. Aquí entra el tercer elemento en juego y, en mi opinión, la clave para lo que está pasando: la grave crisis de confianza que sufren nuestras instituciones políticas.

Según la última encuesta CEP, ¡solo el 5% confía en el gobierno, 3% en los parlamentarios y 2% en los partidos políticos! Tenemos una crisis de Estado y no de gobierno. La solución no es obvia, toda vez que las instituciones que debieran conducir el proceso de salida del conflicto carecen de legitimidad ciudadana.

Estos factores permiten entender el malestar social, pero no explican la violencia. El ingrediente que falta es el generacional. Las nuevas generaciones son más propensas a justificar la violencia. Cómo no, si ellas tienen una historia exitosa en lograr objetivos por vías no democráticas: no nos olvidemos de la “revolución pingüina”, movimiento estudiantil, destrucción de liceos en la comuna de Santiago, tomas universitarias a propósito del movimiento feminista en 2017, y en 2018, la guinda de la torta, escolares tirando molotov y rociando con bencina a sus profesores en el Instituto Nacional.

La encuesta del Instituto de la Juventud revela que al 25% de los jóvenes le da lo mismo tener democracia o no, 15,5% cree que en ciertas circunstancias un régimen autoritario puede ser preferible a uno democrático y 15% no sabe o no responde.

Este fenómeno generacional no es exclusivo de Chile, se observa con matices también en España, Irán, Hong-Kong, Washington, India, etc. Los líderes políticos de los distintos países coinciden en que la democracia representativa está siendo fuertemente cuestionada. En ello inciden las redes sociales, que crean la ilusión de la representación directa. ¿Será que la política del siglo XXI pone en jaque la representación o la realidad virtual no es más que una ilusión, una imagen que no tiene correlato en el mundo material? Nadie tiene la respuesta.

Las nuevas formas de sociabilización a través de las redes sociales están chocando con la forma en que hacemos política. Esta tensión se expresa junto con las demandas sociales, quedando invisibilizada por estas. La democracia del siglo XX y sus instituciones parecen estar quedando obsoletas. Encontrar sus nuevas formas es probablemente el desafío principal al cual estamos convocados y que todavía no terminamos de entender.

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