Opinión La Tercera Domingo 12 de septiembre de 2021

La banalidad del mal

Sylvia Eyzaguirre T. |
Foto: William Rojas

Inocentemente la banalidad del mal hace su pega, clausurando derechos como la libertad de expresión, de pensamiento e incluso a la vida.

En el libro Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt, filósofa judía radicada en Estados Unidos después de arrancar de la Alemania nazi, describe el desarrollo del juicio a Adolf Eichmann por genocidio contra el pueblo judío y analiza al individuo. Para Arendt, Eichmann no era un monstruo, tampoco un sicópata ni actuó por el gozo de provocar dolor como lo retrataba la prensa de aquel entonces. Eichmann no era otra cosa que un burócrata estatal, que cumplía las órdenes de sus superiores como un autómata, sin discernir sobre el bien o el mal. Eichmann no era ni mejor ni peor persona que otros. Tan solo había renunciado a discernir. Con ello Arendt no pretende exculpar a Eichmann de sus actos, tan sólo busca mostrar que no se requiere ser cruel o enfermo mental para cometer los crímenes más horrorosos, sino simplemente suspender el juicio y seguir órdenes, dejarse llevar por el efecto rebaño. “Fue como si en aquellos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.

La banalidad del mal y no la crueldad es probablemente lo que explica la decisión de la Comisión Provisoria del Reglamento de la Convención Constitucional para no incluir en el catálogo de derechos la libertad de enseñanza y el derecho preferente de los padres a educar a sus hijos.

Ambos derechos fueron consagrados como derechos humanos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948 como respuesta a los crímenes horrorosos acontecidos en la Segunda Guerra Mundial. Con ello se busca proteger a las minorías étnicas, raciales, culturales y religiosas. La educación juega un rol clave en el cultivo de la lengua, las tradiciones, la forma de comprender el mundo, en la formación religiosa y valórica. De ahí la defensa a que las diversas comunidades o pueblos puedan crear establecimientos escolares que les permitan transmitir a los miembros jóvenes de su comunidad su forma de estar en el mundo y los padres puedan escoger el proyecto educativo que mejor se adecua a su forma de vida. No nos olvidemos que las minorías religiosas, étnicas, raciales y culturales fueron perseguidas y asesinadas durante los regímenes comunistas y nazi (y en general en los gobiernos totalitarios); se les prohibió hablar su lengua, practicar su religión, vivir en función de sus tradiciones y valores. Cuando la Comisión decide eliminar la libertad de enseñanza y el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos, lo que realmente está haciendo es permitir la violación a derechos fundamentales del ser humano, atentando contra la pluralidad de pueblos y comunidades, contra su derecho a perpetuarse en el tiempo a través de la formación de sus hijos. De hecho, la clausura de estos derechos por regímenes totalitarios busca terminar con la pluralidad para homogeneizar la sociedad en función del ideal del tirano.

Los convencionales que votaron a favor de esta clausura, ¿estarán de acuerdo con lo que votaron? Lo dudo. Probablemente como Eichmann, sin discernimiento, apoyaron la moción de Hugo Gutiérrez con el fin de ganarle el gallito a la derecha, ignorando que Hugo Gutiérrez, fiel al pensamiento de su Partido Comunista, no cree en este y en otros derechos humanos fundamentales. Así, inocentemente la banalidad del mal hace su pega, clausurando derechos como la libertad de expresión, de pensamiento e incluso a la vida.

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