Opinión El Mercurio, 11 de junio de 2014

Lecciones del Simce

Sylvia Eyzaguirre T. |

Mientras la tendencia en los países de alto rendimiento es a incorporar cada vez más instrumentos de evaluación, en nuestro país se discute eliminar el Simce. Es contradictorio exigir, por una parte, una educación de calidad y, por otra, demandar la eliminación de los instrumentos que evalúan dicha calidad. La única manera que tienen, por una parte, el Estado de saber la calidad de la educación que ofrece y, por otra, los estudiantes y apoderados de conocer la calidad de la educación que reciben, es a través de instrumentos de evaluación. Solo en virtud de la información que nos proporcionan estos instrumentos pueden el Estado y los sostenedores, junto con sus comunidades educativas, diseñar las estrategias necesarias para el mejoramiento continuo, y los padres ejercer de forma plena su libertad de elección.

De eliminarse el Simce, los más perjudicados serían los estudiantes de más bajo rendimiento, que lamentablemente se corresponden con los niños más vulnerables. Esto, empero, no nos excusa de preguntarnos si hoy estamos evaluando aquellos aspectos que consideramos más relevantes, si la forma en que los estamos evaluando es la adecuada y si estamos utilizando esta información de forma eficiente. Estas preguntas están lejos de buscar destruir el instrumento, más bien buscan perfeccionarlo de manera que este cumpla con su propósito: informar al Estado, a los sostenedores, a los docentes, a las familias, a los estudiantes, a la ciudadanía y a los académicos respecto de la calidad de la educación y así posibilitar el mejoramiento continuo de nuestro sistema educativo.

¿Qué nos dicen los resultados del Simce del año pasado?

Por primera vez, el Simce nos entrega información sobre aspectos del desarrollo personal y social de los estudiantes, que son claves para evaluar la calidad del sistema. En este respecto hay buenas y malas noticias. La buena noticia es que cerca del 90% de los estudiantes muestra una autoestima y motivación escolar adecuada, que se distribuye de forma pareja entre los niños de diferentes grupos socioeconómicos. La mala noticia es que menos del 20% de los alumnos percibe que el clima escolar de su colegio es alto. Esta apreciación varía según el nivel socioeconómico del colegio y según si el colegio es privado o municipal, siendo la percepción del clima escolar de estos últimos más baja que la de los privados para igual nivel socioeconómico.

La prueba de comprensión de lectura que se toma a los niños de ocho años nos muestra que ya a esta edad las diferencias que produce la cuna son enormes, distanciándose en más de 50 puntos los niños de alto nivel socioeconómico de los de bajo nivel socioeconómico. Este llamado de alerta nos señala que el esfuerzo debemos ponerlo principalmente antes de los ocho años, es decir, en la educación parvularia.

A partir de los resultados en las pruebas de Lectura, Matemática y Ciencias Naturales, observamos que más de un tercio de nuestros alumnos de 4° básico no tienen los conocimientos mínimos para su nivel escolar. Este porcentaje aumenta hasta casi el 40% en 8° básico para Lectura y Matemática. Estos niños son los que requieren más apoyo, y nuestras políticas deberían apuntar hacia ellos, buscando impactar en sus aprendizajes si efectivamente queremos alcanzar una sociedad más justa. Con todo, es importante resaltar que en los últimos 10 años se ha ido cerrando la brecha de conocimiento y habilidades entre niños de nivel socioeconómico alto y bajo, y, a saber, aumentando de forma significativa el rendimiento de los alumnos de nivel socioeconómico bajo.

Por último, no percibimos diferencias importantes entre establecimientos municipales y particulares subvencionados. Además, entre los planteles destacados de grupo socioeconómico medio bajo que publicó el Mineduc notamos que prácticamente la mitad son municipales y la otra mitad particulares subvencionados, entre los cuales hay varios con fines de lucro. Esta evidencia nos sugiere que no existe una gran diferencia en rendimiento entre el sector público y privado, y que, por ende, los esfuerzos del Gobierno deberían apuntar a elevar la calidad del sistema educativo en su conjunto, con especial foco en los estudiantes de peor rendimiento y, ojalá, a partir de la educación parvularia, que es cuando comienzan a manifestarse las diferencias.

Es de esperar que los proyectos de ley que se envíen durante el segundo semestre consideren esta evidencia y respondan a ella de forma efectiva, pues son estos aspectos los que nos llevarán a reducir la desigualdad y no los hasta ahora abordados.

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