Opinión La Segunda, 5 de septiembre de 2017

Matrimonio igualitario

Sylvia Eyzaguirre T. |

"La institución del matrimonio es una convención que ha ido cambiando en el tiempo y que perfectamente puede adaptarse a las nuevas formas de familia"

Existen distintos argumentos para defender el matrimonio igualitario con derecho a filiación, pero me voy a referir a uno que, a mi juicio, es fundamental y, sin embargo, no ha estado presente en el debate: la igualdad de derecho de los niños.

Los avances tecnológicos han permitido en nuestro país que parejas homoparentales a través de fertilización asistida y vientres de alquiler puedan tener hijos. Más allá de la posición que cada uno tenga sobre la homosexualidad, hay un hecho irrebatible: hoy los hijos de parejas homoparentales están siendo discriminados por el Estado, reconociéndoles menos derechos que los hijos de parejas heteroparentales. La ley protege a los hijos con padre y madre, otorgando derechos a los hijos sobre ambos padres y estableciendo deberes para ambos padres en relación con su hijo. Sin embargo, los hijos de parejas constituidas por dos madres o dos padres no tienen estos mismos derechos. Estos niños sólo pueden ser reconocidos como hijos por uno de sus padres, teniendo la mitad de los derechos que tienen otros niños. Esto implica, por ejemplo, que el hijo de una pareja homoparental, en caso de fallecimiento de uno de los padres, no tenga derecho a herencia, o en el caso de una separación, no tenga derecho a exigir pensión alimenticia o derechos de visita. Para quienes creemos en la igualdad de derechos y que el Estado debe velar por el bien superior del niño, esta realidad nos resulta inaceptable.

Se podría argumentar que este es un problema de filiación y que puede resolverse permitiendo la adopción homoparental en el Acuerdo de Unión Civil. Es verdad, y aquello sería un avance. Pero todavía el Estado estaría discriminando a los hijos de parejas con dos madres o dos padres, al negarles la posibilidad de nacer o crecer dentro de un matrimonio, con la carga simbólica que ello conlleva.

Se objeta que el matrimonio es un contrato entre un hombre y una mujer. Pero este argumento carece de valor racional, pues la institución del matrimonio es una convención que ha ido cambiando en el tiempo y que perfectamente puede adaptarse a las nuevas formas de familia que hoy existen. Así ha ocurrido en otros países como Holanda, Canadá y Francia, e incluso en países muy católicos como México, Brasil y España. Es importante resguardar a las instituciones civiles de las valoraciones religiosas o personales que cada uno de nosotros tiene sobre éstas. El fin último del matrimonio es resguardar la familia y a los niños que nacen dentro de ella, y eso hoy no ocurre con todas las familias ni con todos los hijos.

Es contraproducente que quienes consideran importante el núcleo familiar y el bienestar de todos los niños no busquen proteger a las familias homoparentales y a sus hijos.

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