Opinión OPINIÓN / La Tercera Miércoles 13 de noviembre de 2019

Orden público

Jorge Burgos | Jorge Correa Sutil | Sylvia Eyzaguirre T. |
Foto: La Tercera

Los que protestan han probado su poder. Son ellos, más que las marchas multitudinarias los que han corrido el cerco. Eso cerco tiene un límite: la democracia.

Un alto porcentaje de las atenciones y operaciones médicas que estaban agendadas han sido canceladas en la gran mayoría de los hospitales públicos. Afectan a personas pobres, que han esperado por meses esas atenciones indispensables. De los muchos supermercados saqueados, ninguno en el barrio alto, probablemente varios no volverán a instalarse, pues las primas de los seguros subirán.

Las estaciones de Metro inutilizadas impiden uno de los pocos corredores que integran esta ciudad ultra segregada. No son los ricos los más afectados. Los pocos que andaban en Metro sacan sus autos o hacen tele trabajo. Son los pobres quienes deben caminar más, algunos son viejos. El orden público no es un talismán conservador. Quien lo reclama no pide volver a lo mismo, pide también que por la Plaza Baquedano, nudo vial de Santiago, puedan también circular por las tardes los camiones que abastecen las hospederías del Hogar de Cristo y los hogares del Sename. Tal vez la consigna más repetida en las marchas es que el pueblo está en las calles, exigiendo dignidad. Ciertamente el pueblo ha sufrido indignidades y muchas; como consumidor cuando los inescrupulosos se han coludido; como paciente, cada vez que debe levantarse oscuro para sacar número; cada vez que constata que lo birlaron en un contrato que no entiende; cuando el esfuerzo individual del hijo se frustra porque el porvenir tiene límites ya escritos. Todas esas indignidades, y muchas más, son ciertas; pero también lo es que la protesta ha causado esos otros daños a los sectores más vulnerables. En nombre de la dignidad del pueblo no se queman sus iglesias, sus supermercados, ni su transporte.
Tampoco en nombre de la dignidad se hace bailar a conductores atemorizados.

La protesta ha causado temor. Probablemente eso alegra a los que protestan. Pero los que temen han comprado dólares y lo seguirán haciendo. Eso hace subir el precio de esa divisa. Todos somos más pobres y lo seremos progresivamente mientras siga el temor. Son los ricos los que compran dólares. Ellos saben protegerse, tienen reservas. Los pobres sacarán la peor parte. Reclamar el orden público, adherir a él, condenar la violencia, no es reclamar la vuelta a la normalidad de antes. Reclamar el orden público no implica enemistarse con la libertad de expresión, ni de reunión. Reunirse y expresarse no es lo mismo que protestar y la protesta se ha hecho sinónimo de la violencia.

Los que protestan han probado su poder. Son ellos, más que las marchas multitudinarias los que han corrido el cerco. Eso cerco tiene un límite: la democracia. Si la protesta vale más que las urnas, dejamos de ser iguales en dignidad y derechos. Pasamos a ser rehenes de los que han logrado correr el cerco ejerciendo violencia. Lograr el orden público no es fácil. Las violaciones a los derechos humanos no puede ser el precio. No tenemos la fórmula, pero sí sabemos cuál es una de sus condiciones necesarias: que todas las fuerzas políticas condenen la violencia, sin legitimarla a ella ni valorar sus resultados.

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