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Reforma Educacional: Aciertos y desaciertos

Sylvia Eyzaguirre T. |

Con este primer proyecto de ley el Gobierno ha dado una señal política que es compleja. Su agenda inicial va a quedar marcada por asuntos de carácter normativo que dividen al país y cuyos cambios difícilmente corrigen los problemas de calidad y equidad de nuestro sistema educativo. Con todo, en el proyecto que termina con el lucro, el financiamiento compartido y la selección hay aspectos valiosos como son la creación de una subvención para los alumnos que pertenecen a la clase media, aumentando los recursos que invierte el Estado en estos alumnos a cambio de que los colegios no les cobren financiamiento compartido, y la creación de una subvención pro gratuidad, incentivando a los establecimientos a dejar de cobrar financiamiento compartido a cambio de estos mayores recursos. Éstas medidas pueden tener a la larga un impacto en calidad y equidad, siempre que la reforma en su conjunto esté bien diseñada y no incentive la migración de alumnos al sector particular pagado. Con todo, el gasto anunciado de 1.600 millones de dólares en educación escolar palidece al lado de las estimaciones de costo para la educación superior: del orden de 5 mil millones de dólares.

Al excesivo énfasis en los asuntos normativos, se suma una falta de compromiso implícita del Gobierno con la educación parvularia, precisamente la pieza clave a la hora de la lucha contra la desigualdad. Para ella, se propone una inversión de apenas 450 millones de dólares. Es decir, menos de la décima parte de los recursos que se destinarían a la educación superior. Esto refleja que para el Gobierno terminar con la desigualdad no es una prioridad. La evidencia disponible nos muestra que las diferencias en el desarrollo de un niño causadas por la cuna comienzan al año y medio de vida, y que asistir a una educación parvularia de calidad a partir de los dos o tres años logra reducir esas diferencias. Es por esto que resulta desconcertante, que se privilegie la educación superior por sobre la educación parvularia y que la inversión en educación parvularia se concentre en los niños de 0 a 2 años, donde la evidencia no es concluyente sobre sus beneficios, y no en los niños de 2 y 3 años, donde hoy la cobertura es muy baja y asistir a la educación parvularia sí tiene un impacto positivo. En todo caso es valioso que se esté considerando el término de la duplicidad de funciones de la JUNJI.

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