Opinión La Tercera Domingo 10 de enero de 2021

Una Constitución para Chile

Sylvia Eyzaguirre T. |
Foto: William Rojas

La nueva Constitución no es una varita mágica que de la noche a la mañana resolverá los problemas de escasez, injusticia, ineficiencia, pobreza, contaminación, etc., pero sí permite mejorar el funcionamiento de nuestra democracia y sus instituciones.

Mañana se inscriben los candidatos para la elección de los miembros de la convención constitucional, que tendrán la importante tarea de acordar una nueva Constitución para Chile. Como país tenemos un gran desafío por delante, el cual debemos asumir con responsabilidad y generosidad, pues de él depende no solo nuestro futuro, sino también el de las futuras generaciones.

La democracia como sistema de gobierno descansa sobre ciertos supuestos, que pueden parecer evidentes y, sin embargo, son difíciles de materializar. El primer supuesto es que todos los hombres son libres e iguales en derechos. Pero ¿qué tan libre e igual es una persona que vive en la pobreza? Es cosa de mirar nuestras cárceles para darnos cuenta cómo las condiciones materiales inciden en nuestras trayectorias de vida. La democracia no supone igualdad material, pero sí condiciones materiales y culturales suficientes, de manera que en cuanto ciudadanos seamos todos iguales y libres. No cabe duda de que nuestro país ha avanzado enormemente en esta dimensión. En los últimos 30 años se ha disminuido la pobreza, el machismo y la discriminación hacia los inmigrantes y minorías sexuales, pero todavía nos queda mucho por avanzar para ser una sociedad inclusiva. Este cambio exige mucho más que un cambio constitucional, pero la nueva Constitución es una oportunidad para profundizar nuestra democracia, protegiendo la diversidad de proyectos de vida, profundizando nuestra condición de iguales en derecho y reconociendo a nuestros pueblos originarios.

La democracia, a diferencia de la monarquía, oligarquía o dictaduras, entrega el gobierno del país a los ciudadanos. Nosotros somos responsables de autogobernarnos y eso supone, por una parte, ciudadanos con los conocimientos, destrezas y habilidades para gobernar y, por otra parte, justicia en el acceso a la adquisición de esos conocimientos y desarrollo de esas destrezas y habilidades. En esta dimensión también tenemos grandes desafíos. ¿Cómo avanzar hacia un país con igualdad de oportunidades, donde las diferencias dependan de nuestro esfuerzo y habilidades y no de la cuna? La protección de la primera infancia y la educación son claves para ello. Su materialización depende mucho más de la política que de la Constitución, pero su énfasis en la Constitución sería un mensaje potente que ningún gobierno debiera desoír.

Pero tal vez el supuesto más básico de la democracia sea el affectio societatis, es decir, el deseo de los ciudadanos de colaborar mutuamente y pertenecer a una misma sociedad. La democracia se funda en el diálogo y en la voluntad de la mayoría dentro de un marco de respeto por las minorías como camino para resolver los conflictos. En los últimos años nuestros representantes políticos parecen haber perdido este affectio societatis; la polarización que se vive en la clase política no parece coincidir con el sentir ciudadano. Me parece que recuperar esta affectio societatis, la amistad cívica, es una de nuestras principales tareas y la convención constitucional nos ofrece una oportunidad única.

La nueva Constitución no es una varita mágica que de la noche a la mañana resolverá los problemas de escasez, injusticia, ineficiencia, pobreza, contaminación, etc., pero sí permite mejorar el funcionamiento de nuestra democracia y sus instituciones, y avanzar en una mejor distribución del poder, que proteja de mejor manera los intereses de los ciudadanos y de nuestra naturaleza. La diversidad de intereses que nos mueven nos llevará a elegir representantes con distintas visiones de mundo. Estas diferencias no son una amenaza, por más grandes que sean, en la medida en que las concibamos como legítimas. El peligro más bien radica en la intolerancia, en la incapacidad de concebir al otro como un igual, en esa ciega superioridad moral. Dependerá de nosotros elegir no solo representantes que defiendan nuestra visión de mundo, sino sobre todo que respeten al otro, condición de posibilidad para el diálogo constitucional que se nos viene.

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