Opinión La Tercera Domingo 23 de febrero de 2020

Violencia y democracia

Sylvia Eyzaguirre T. |
Foto: William Rojas

Las recientes manifestaciones violentas en el país nos muestran cómo la obediencia civil a la cual estamos acostumbrados se funda en primer lugar en el consenso y no en el miedo a la represión.

En Reflexiones sobre la violencia, Hannah Arendt contrapone la violencia al poder. A diferencia de la comprensión clásica, Arendt considera que la esencia del gobierno es el poder y no la violencia. La violencia es siempre instrumental y como tal requiere de una justificación; aquello que necesita de justificación no puede jamás ser esencia de nada. El poder, por el contrario, no necesita justificación, pues es inherente a la política, es la condición que permite la vida en comunidad; pero sí necesita legitimación. Este surge de la coordinación de un grupo de personas. Su legitimidad yace en ese consenso originario que permite la acción colectiva y no en la coacción. Solo donde hay ausencia de poder aparece la violencia en forma de represión para mantener el gobierno. La violencia tiene la capacidad de destruir el poder, pero es incapaz de crearlo.

Las recientes manifestaciones violentas en el país nos muestran cómo la obediencia civil a la cual estamos acostumbrados se funda en primer lugar en el consenso y no en el miedo a la represión. Los brotes de violencia civil son caóticos y por lo mismo difíciles de interpretar. Seguramente una parte de estos están organizados por grupos extremistas con agenda política, pero muchos de los jóvenes que participan de estos actos no pertenecen a ningún grupo y no tienen ninguna agenda, simplemente encontraron una forma de canalizar su frustración. Probablemente para sorpresa de ellos mismos, estos actos de violencia han dejado en evidencia la ausencia de poder que hay en el país producto de una crisis política que se arrastra hace ya varios años, pero es imposible que ellos llenen ese vacío de poder.

¿Qué está pasando en Chile? La violencia, en parte caótica en parte organizada, es siempre confusa y nos llena de incertidumbre. Pero si nos concentramos en otro fenómeno, en ese subterráneo, pero extendido malestar social, entonces tal vez estamos presenciado lo que Acemoglu y Robinson llaman un proceso de democratización. El hastío ciudadano de los abusos, tanto en el sector privado (colusiones, falta de competencia, evasiones, letra chica, discriminaciones, etc.) como en el estatal (corrupción, estafa, mal trato, ineficiencia, captura, clientelismo, polarización, etc.), no es otra cosa que un grito por una sociedad más justa, es decir, terminar con los privilegios de algunos para avanzar hacia una distribución más equitativa del poder. En el libro Los orígenes económicos de la dictadura y la democracia (2006), Acemoglu y Robinson nos explican que el proceso de democratización, que no es otra cosa que la transferencia de poder de las élites a la ciudadanía, es parte del proceso de consolidación de las democracias y va usualmente acompañado de violencia. Sin embargo, los autores nos advierten que cuando la clase política no logra encauzar institucionalmente el malestar ciudadano y los actos de violencia, estos pueden terminar en represión o revolución; en ambos casos la democracia retrocede.

Es difícil saber qué nos depara; la incertidumbre es inherente a estos procesos y las malas experiencias abundan en esta región del planeta. Sin embargo, el camino que nos ha ofrecido la clase política con el próximo plebiscito puede ser la puerta de entrada a un proceso de democratización que nos permita avanzar en consolidar nuestra democracia. El éxito de este proceso dependerá de la buena voluntad de todos, pero en especial de la clase política, que lamentablemente sigue siendo el principal problema.

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