Opinión El Mercurio, 7 de de agosto de 2016

El crecimiento futuro depende de nosotros

Vittorio Corbo |

En el caso particular de Chile, lo que se requiere es reducir la incertidumbre; mantener la buena institucionalidad monetaria y fiscal

La economía global ha crecido a tasas mediocres en los últimos años, afectada por los problemas de los países avanzados, el ajuste y rebalanceo de la economía de China y la caída en el crecimiento de los países emergentes.

En los países avanzados el bajo crecimiento tiene factores estructurales y cíclicos. Entre los primeros destacan un menor crecimiento de la productividad desde fines de la década de los setenta del siglo pasado, y que se ha acentuado en los últimos años, una menor tasa de expansión de la fuerza de trabajo (como resultado de un descenso de las tasas de fertilidad), y el envejecimiento de la población.

Entre los factores cíclicos destacan aquellos heredados de la gran crisis financiera internacional del 2008-2009: alto endeudamiento privado primero y público después, bajas tasas de inversión y deterioro del capital humano como resultado de los largos episodios de desempleo que han experimentado numerosos trabajadores. Al mismo tiempo, el declive en la acumulación de capital físico y humano se ha sumado a la caída en la productividad, golpeando el crecimiento potencial de estos países.

La caída en el crecimiento de los países emergentes, en tanto, también tiene factores estructurales y cíclicos. Entre los primeros destacan la caída en el crecimiento de la productividad, en parte producto del avance del cierre de la brecha de producto per cápita con los países avanzados, y las dificultades en la implementación de reformas de segunda generación, que apuntalen tal crecimiento. Entre los segundos se incluyen el fin del superciclo de los precios de productos primarios, los ajustes que han tenido que introducir países importantes que presentaban grandes desequilibrios macroeconómicos, especialmente Brasil y Rusia.

A todo lo anterior se agrega, en ciertos casos, el deterioro del ambiente de negocios por la implementación de malas políticas domésticas.

Todo ello ha posibilitado que la economía global alcance la tasa de crecimiento más baja este año desde 2009, cuando la gran crisis financiera internacional estaba en pleno desarrollo. Para hacer frente a este escenario, retomar el crecimiento y evitar la deflación, los bancos centrales de los países avanzados han introducido políticas monetarias y financieras expansivas, las que han resultado en un período prolongado de bajas tasas de interés y movimientos abruptos en los flujos de capitales.

Mirando hacia delante, el escenario más probable para la economía mundial es uno de tasas de crecimiento mediocres, con una disipación gradual de los efectos de los factores cíclicos, pero aún bajo los efectos de los factores estructurales, mientras no se vislumbre un alza sostenida en la tasa de crecimiento de la productividad.

Sin embargo, el escenario central antes descrito enfrenta importantes riesgos. Entre estos destacan: (1) El Brexit puede terminar generando un shock global más severo a través de sus efectos secundarios en la banca europea y de posibles políticas populistas en otros países de la Unión Europea; (2) nuevas turbulencias en los mercados financieros producto del eventual reinicio del proceso de normalización monetaria en los Estados Unidos; (3) problemas en la gestión del ajuste y rebalanceo de la economía china; (4) problemas en Italia con su banca o por una eventual derrota de Renzi en el referéndum del cuarto trimestre de este año; (5) un eventual triunfo de Trump en las elecciones de los Estados Unidos, ataques terroristas, y una profundización de la crisis migratoria en Europa.

Como resultado, lo más probable es que se repitan episodios de volatilidad en los mercados, con efectos negativos en la inversión y el crecimiento. Por esta razón, los países emergentes tienen que prepararse para un escenario de precios bajos de los productos primarios, una economía mundial con un crecimiento bajo y turbulencias en los mercados financieros.

Simultáneamente, la economía mundial también experimenta otros cambios que no podemos ignorar. Tal vez el más relevante para nuestra discusión es la revolución de la tecnología digital, que está alterando profundamente el mercado laboral, con efectos ambiguos en el empleo. Como lo plantean en un trabajo reciente Acemoglu y Restrepo (2016), la dinámica del proceso que se genera con la introducción de la tecnología digital resulta de la lucha entre dos fuerzas, la automatización de las máquinas y la creación de nuevas y más complejas tareas para los humanos, como son las que desarrollan los ingenieros, los especialistas en tecnologías de la información y las comunicaciones, los terapeutas, los programadores, los emprendedores, los trabajadores especializados de la salud y la educación, los especialistas audiovisuales, administradores y analistas de grandes bases de datos entre otros.

Si la segunda fuerza es más fuerte que la primera, entonces aumenta el empleo y la participación del trabajo en el ingreso nacional. Este resultado es más probable en un mundo que privilegia la capacitación de la fuerza laboral, la formación de capital humano de calidad, la adaptabilidad laboral, la competencia y las oportunidades para iniciar y terminar un negocio.

Entonces, para enfrentar un escenario de precios de productos primarios bajos, un crecimiento mundial mediocre por un período prolongado, turbulencias financieras y la revolución de la tecnología digital, los países emergentes deben facilitar la adaptación y transformación de sus economías. Con este propósito, más que políticas contracíclicas, estos países deben concentrar su atención en fortalecer sus marcos de políticas e instituciones macrofinancieras, facilitar la adaptación de la tecnología digital, mejorar el ambiente de negocios, y buscar factores internos que permitan aumentar el crecimiento potencial.

En el caso particular de Chile, lo que se requiere es reducir la incertidumbre; mantener la buena institucionalidad monetaria y fiscal; reforzar la institucionalidad financiera; mejorar la calidad de la capacitación laboral; avanzar significativamente en mejorar la calidad y equidad de la educación preescolar, básica, media y técnica; facilitar la adaptabilidad laboral; promover la competencia, y seguir avanzando en la protección de los derechos de los consumidores. En paralelo, dada la historia reciente, ahora es más necesario que nunca mejorar la capacidad de diseño, implementación y evaluación de políticas públicas, guiados por una visión de largo plazo de lo que es bueno para el país y no por presiones de grupos de interés de fama del momento. Al respecto, una prueba importante en esta dirección será la forma en que se articule el debate que se ha abierto sobre las pensiones, tema al cual ya me referí en una columna anterior, donde resalté que en esto no hay atajos, y que para tener mejores pensiones hay que hacerse cargo del aumento significativo en las expectativas de vida, la baja sostenida en las tasas de interés de largo plazo, las lagunas previsionales, la educación previsional y el fortalecimiento del pilar solidario.